Este mes por diferentes razones tuve que tomar cinco vuelos de avión, así que pasé bastante tiempo en aeropuertos en la dinámica ya conocida por todos de llegar con tiempo (ósea tarde), hacer la fila para documentar para llegar casi al mostrador y que te pregunten si traes tu pase de abordar impreso y no lo traigas y te tengas que ir a otra fila, documentar tus maletas (tienes sobrepeso… y aparte kilos de más en la maleta) y tienes que redistribuir ahí mismo en el mostrador todo entre tu maleta grande y tu maleta de mano. Lo mejor es cuando abres la maleta grande y lo primero que se ven son tus calzones de pantera o de abuelita, en su defecto.

Desde siempre me ha gustado ver a las personas en los aeropuertos; cómo se mueven (existe un pánico colectivo que nos hace revisar diecisiete veces si traemos todos los documentos necesarios), qué traen puesto (mientras haces tu maleta, eliges casi siempre muy bien tu outfit de vuelo, que sea cómodo y que te sirva al mismo tiempo para usar en donde vas a estar los siguientes días) y analizar e imaginar a dónde van… tal vez a un lugar paradisiaco de luna de miel tipo Mykonos, o tal vez sólo les alcanzó para algo estilo Tepetongo, pero eres optimista. Si ya van de regreso de un viaje de negocios y van a ver a su familia, a su perro fiel que los espera en casa o también me pregunto si alguien los extrañó, qué tan importantes son para los demás, si son felices. Todas esas cosas me pregunto, y eso sólo en las salas de espera.

Cuando ya estoy subiendo al avión y camino por el pasillo para tomar mi lugar, veo a todas las personas y me pregunto quién de ellos sobreviviría si el avión llegara a caer y también veo si hay alguno que me guste por si es necesario hacer esfuerzos para conservar la especie en caso de caer en una isla desierta, tipo Lost. Obvio yo sobreviviría, es mi historia.

Mientras tomo mi lugar, acomodo mis cosas debajo del asiento de enfrente y me pongo el cinturón, me da por pensar en todas las posibilidades que podrían pasar, ¿se caerá el avión? ¿Así moriré? ¿Qué diría mi lápida? Nunca le dije a nadie que quería que dijera mi lápida (seguro me podrían algo así como: “Aquí yace Pachis… casi nada intensa y exagerada”). También pensaba; qué bueno que soy pequeña porque Volaris tiene un concepto muy raro de la anatomía de los seres humanos. Abajo una ilustración que me pareció muy atinada.

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Los despegues y el aterrizaje me ponen un tanto nerviosa, entonces a medida que nos vamos alejando de la tierra o acercando, voy midiendo y pensando “bueno, si se cae desde aquí igual y no me muero, o bueno, chance y nomás los de adelante” o si cae de panza igual y si me muero yo.

Creo que hay situaciones en la vida que te hacen reflexionar, cosas bien profundas como pueden ver, pero al final de la dinámica, es decir, mientras espero mi maleta con sobrepeso en la banda correspondiente, siempre puedo reconocer en la cara de los demás viajantes, esta sensación de tranquilidad, sé que todos están pensando “qué bueno que no se cayó el avión” y se sienten agradecidos por lo menos unos instantes de estar vivos.

Mientras escribo esto, me doy cuenta que tal vez no es tan común ni tan normal tener este tipo de “piensos”, pero pues ¿a quién quiero engañar?, así funciona mi cabecita, es bastante divertido la mayoría de las veces, sobre todo cuando lo imagino con música mucha ficción y un narrador.

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