Que si las mujeres están locas, que si se sienten cautivas en un matrimonio, pero ¿cómo dejar a los niños sin su papá?, que si ser mujer es difícil, que si ser madre y trabajar no está bien visto, que si ella era una chingona, pero se hacía menos para que él no se ofendiera, que si mejor no uso escote porque él se enoja, que si mejor uso tacones aunque el dolor me torture, pero que me digan bonita, que si ser madre soltera te hace sentir menos aunque seas más, que si… ¡Ya paren!

Y nada que paran, ya veo venir a las que se están poniendo el saco y piensan: “Me voy a ofender un chingo porque Nancy seguro está hablando de todas las mujeres y como yo soy mujer y me encanta usar tacones, pues ya la odio.”

Entiendo que hay mujeres que aunque quieran no pueden, porque hay vidas que son muy duras y claro que yo no he vivido lo que ellas. Por eso escribo sobre mí, sobre mi forma de ver el mundo y lo que siento al respecto.

Cuando cumplí dieciocho años me regalé un primer esposo; era de esos que se ponen celosos hasta de la servilleta que te limpia la boca, pero que en la primera oportunidad  que tienen se tiran a cualquiera de tus amigas, conocidas, vecinas, la muchacha que atiende la farmacia o lo que se mueva poquito.

De pronto la única amiga que me quedó fue mi mamá (ojalá estuviera inventando eso), y él se enojaba de que llegara contenta de verla porque eso lo hacía suponer que mi mamá tenía en su sala un hombre para mí cada ocho días que yo la visitaba.

Siendo una adolescente tomé las riendas de mi vida solo para entregárselas a un  hombre que no las merecía. Tuve el matrimonio tradicional con su suegra opinamanipuladora, un perro, dos gatos, un carro, una casa, deudas; éramos tan tradicionalistas que hasta teníamos un hijo fuera del matrimonio; abrías la puerta y ahí estaba el niño llorando porque no veía a su papá y digo teníamos, porque yo jugaba con él, lo quería, lo cuidaba a veces, éramos amigos. Pues claro, tenía dieciocho años, mi mentalidad era tan madura que podía entenderme perfecto con un niño de cuatro años.

Yo fui esa que pensaba que era una chingona, pero me hacía menos para no ofenderlo,  aunque francamente era más que eso, yo tenía miedo y no estaba dispuesta a arriesgarme sola, por eso no lo hacía, así aseguraba en mi cabeza una imagen de mí que nunca había perdido y bloqueaba el hecho de que nunca lo había intentado.

Y pasó que cumplimos un sexenio, el tiempo suficiente para echar a perder un país o un matrimonio si te esmeras lo suficiente. Me fui sin nada, bueno, me llevé a los gatos porque una madre que abandona a sus hijos con un hombre no tiene perdón de Dios y yo heredé la culpa de mi educación católica y como buena católica que no va a misa, se los fui a dejar a mi mamá y me fui lejos a vivir la vida, a intentarlo sola, ¡Ah! pero los visitaba cada ocho días y seguía regresando contenta de ver a mi mamá aunque no hubiera para mí en su sala ningún hombre cada vez.

Me tocó crecer en serio, ya no era una niña que jugaba a ser perversa y adulta, a mis veinticinco ya era una mujer divorciada de esas que están mal vistas, de esas que son peligrosas para las otras mujeres porque son libres y putas. Aunque yo tenía un bono por no tener hijos, me decían siempre que podía rehacer mi vida porque no había nada que me atara, (en realidad pensaban que era estéril y lo decían a mis espaldas, algunas mujeres casadas hablan a las espaldas de otras porque están acostumbradas a ir siempre atrás de alguien.)

Y pasó que mi vida sin rehacer me empezó a gustar, descubrí que no era horrible estar sola, que caminar ligera sin tener que tomar la mano de nadie le hacía bien a mi alma, noté que no era necesario pensar en los otros para “rehacer” la vida porque casi siempre los que critican son los que no saben resolver, los que sí saben están ocupados resolviendo.  Para una persona inteligente, criticar sin proponer es perder el tiempo.

Cuando estás sola y algo no funciona, sabes que es tu problema, no hay a quien culpar, así que aceptas tu responsabilidad y haces algo al respecto o te haces bien pendeja,  pero igual  sabes que vas a resentir los resultados de tus actos.

También soy esa que usaba tacones porque se creía mas bonita, porque la miraban y eso la hacía sentir segura, luego se me ocurrió que era un poco idiota sentirme más valiosa porque los tipos en la calle al verme podían pensar que estaría rico hacerme el amor y luego nunca más llamarme porque eso es muy sexy en un hombre, sobre todo si una queda embarazada.

Ahora uso tacones porque de vez en cuando me gusta jugar el juego de la cosificación y lo hago con plena conciencia. Es cierto que usar tacones te da beneficios sociales, es como cambiar de estatus; de pronto se vuelve más amable el mundo, quizá algunos sean compasivos porque saben que estás sufriendo un dolor horrendo, pero si sufres dolor por decisión propia, no mereces compasión; es como si me diera de topes en la pared  hasta sangrar, pero como a los hombres les parece sexy una mujer golpeada, me trataran con dulzura,  me cedieran el asiento y me regalaran flores con culpa.

¿Aprendí a soportar el dolor de usar tacones? No, aprendí a ahorrar dinero para comprarme tacones que no lastiman, también uso tenis, botas, huaraches, mocasines o lo que se me antoje y no me siento menos guapa o más guapa porque con lo que me ponga soy la misma persona, porque si fuera la luna, estaría bellísima casi en mi cuarto menguante y haber llegado a poquito antes de la mitad de mi vida me hace sentir, díganme loca, con  el pleno derecho de regir mi vida como se me dé la gana.

Ese pleno derecho lo he tenido siempre, es que no sabía usarlo; sentía que no me lo merecía, tenía pánico de cometer errores. Me he equivocado muchas veces, me he caído, he sido mediocre y me siento fuerte, honesta, cínica y  feliz.

Tengo este presentimiento profundo de que estoy usando mi vida casi abusivamente y  me la voy a terminar toda, voy a tocar lo que brille ante mis ojos y me voy a curar las llagas que dejen los incendios que confunda con diamantes de vez en cuando.

Solo para disfrutar el placer de la experiencia.

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