A mi de chiquita me enseñaron que si no era igual a todos, nadie me iba a querer y yo siempre fui distinta aunque no quisiera, aunque doliera el rechazo, ya qué. Aprendí a ser rarita, la que no se junta con las niñas, la que lleva morral en vez de mochila, a la que olvidan en la escuela, la que usa solo un arete, la que dice lo que piensa, la que cree que la maestra es su amiga, la que anda sola y no le importa.

Luego llega a la adolescencia y descubro que soy bonita y tengo que cargar con el muertito de llamar la atención en donde quiera. Me miro al espejo y me sorprendo, sí, soy bonita no una cosa que digas ¡Qué bruto, qué bonita! pero sí lo suficiente para no pasar desapercibida y entonces empiezo a sufrir aun más ser diferente, “Es una zorra, ya salió con tal y con tal otro” y me da igual, yo vivo, experimento y aprendo ¿No tienes más que hacer que juzgar a los que sí viven la vida? Vas, date disfruta y critica, igual voy a seguir haciendo lo que se me da la gana.

De pronto ya tengo los años suficientes para presumir que soy adulta y me doy cuenta que es un poco igual, siempre te juzgan porque te sales tantito del promedio, pero resulta también, que en el mundo adulto el diferente, se lleva la ventaja, nos gusta lo distinto y es una hermosa paradoja porque todos tenemos algo único que nos distingue desde que nacemos, puede ser muy claro o no, pero ninguno es igual a otro y en nombre de la educación te obligan a reprimir tu esencia para que encajes con el resto que también están reprimiéndose. Luego cuando creces el mercado te ofrece relojes, autos, experiencias nuevas para que te puedas sentir distinto, así de absurda es la mercadotecnia y le obedecen sin pensar en nada.

Tengo amigos que sufren porque no se encuentran y parece que ese es el trabajo mas arduo, encontrarse, pues cómo no va a ser difícil si llevan toda la vida tratando de ser iguales a todos para ser aceptados.

Hace ya casi tres años que no veo la televisión abierta y hoy decidí verla un poquito ¡Qué susto! Es violencia vestida de gala para una audiencia dispuesta a no pensar porque está cansada. Es un mensaje tras otro que dicen lo mismo, ¿Eres igual a todos? Prueba esto, seguro te vas a sentir único.

Bla bla bla…

Ya eres único. Solo necesitas recordarlo, cierra los ojos y piensa que tienes cinco años otra vez, recuerda los sabores de tus dulces favoritos y los juegos, la primer niña que te gustó, la manera en que veías el mundo, tus sueños para resolverlo todo, las palabras que ocupabas para expresar tus emociones, las risas que te atrevías a sentir, eres diferente, único, querías tener otros dos brazos para ser invencible, no un trasero operado para ser más sexy.

No se tú, pero yo nunca he recordado un culo o una espalda escultural cuando extraño el amor, recuerdo sus mirada profunda sobre mis ojos, las palabras que me decía solo a mí, el sonido de su risa, sus hermosos y únicos pensamientos, esas cosas que hacían de ella o de él una persona distinta, lo mágico que era ser parte de su mundo, ser importante en sus pensamientos de la mañana.

Estoy cumpliendo treinta y seis años y entiendo el mundo a mi manera, como siempre, como he podido, con todas mis rarezas, con todo eso de mí que no encaja en el mundo perfecto de los “normales” y te digo desde ya que es fantástico, he sentido la vida y el amor profundamente, a veces duele mucho, es cierto, pero vale la pena cada suspiro, cada momento, cada lágrima, cada mirada, cada casualidad fortuita.

Si tuviera que arrepentirme de algo porque eso dicen que hacen “los adultos”, sería quizá, haber dicho que no cuando mi alma gritaba que sí como una loca, porque a estas alturas sé que me voy a equivocar siempre, mi libre albedrio sirve solo para elegir en qué y disfrutar el paseo que el paisaje es una cosa divina.

Entonces brindo así nomás por mis nuevos treinta y seis añitos y que sea lo que yo quiera que sea, que para eso me pinto solita.

¡Salúd!

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