A las tres de la mañana el hospital se siente más frío, suelto despacito tu mano y salgo al pasillo, necesito respirar, ir al baño, hacerme tonta un poco, para hacer como que no pasa nada y volver a tomar tu mano, cuidarte y decirte sin que se me quiebre la voz, que todo acá afuera está bien, que no te preocupes de nada, que hagas lo que necesites hacer y que te vayas si es que te tienes que ir, sin culpa.

Que en tu camino, hiciste hasta de más, que te amamos todos y estamos al pendiente, que no estás solo y esas cosas, que el tanatólogo dice que son buenas para ti.

Pero me revienta verte dormido, tan lastimado, con cables por todas partes, sin poder hablar, sin poder moverte, débil como nunca y luchando por no ahogarte a cada segundo. Me siento impotente, desesperada, encabronada porque está siendo así, justo como tú no querías morir… en un hospital.

Hicimos lo que pudimos  pero no fue suficiente. Llevarte a casa ahora significa más dolor para ti y ya parece insoportable lo que estás pasando, pero acatamos tus reglas; no entubarte, no dializarte, no más tortura. Por ahora solo podemos darte mucha medicina para controlar el dolor y la compañía de los que te amamos, es todo y duele, pero así de pequeños somos.

Papá, no quiero soltar tu mano, no puedo, ya no sé si es por ti o por mí que lo hago, no quiero dejar de sentirte vivo, no quiero que te vayas y no quiero que sufras más. Supongo que todos tus hijos sentimos lo mismo, te amamos, nos has dado tanto y ya te tienes que ir y nos duele. Recuerdo cuando era muy niña, como de cinco años, cuando tu trabajo era viajar mucho y vernos poco, te ibas y yo sentía en el pecho el corazón agolpado y en los ojos llanto. Me costó años habituarme a tu ausencia, porque cuando llegabas a casa se ponían alegres todos, hacías de cenar las tortas de jamón más ricas del mundo, me peinabas para ir a la escuela, me dabas consejos, me dejabas tomar dinero de tu pantalón y me hacías sentir confiable y amada y me decías que tenías ochenta años y yo no podía creer que un hombre de ochenta años se viera tan fuerte. En tu presencia siempre me sentí protegida.

Ahora me siento por dentro, otra vez de cinco años y quiero llorar y me duele insoportablemente que te vayas; soy tu hija adulta de cinco años, por dentro niña, por fuera fuerte, para ti, porque ahora me toca a mí protegerte, pero ¿de qué? La cosa está hecha, viviste tu vida como pudiste, como se te dio la gana; libre, noble, necio y listo, como quiero ser algún día. Me enseñaste con el ejemplo lo que se debe hacer y lo que no, me dejaste aprender también de tus errores y qué dicha ser tu hija papá, qué dicha que me escogieras, porque tú y yo sabemos que me escogiste y me saqué la lotería contigo y con mi mamá que es la más fuerte, la valiente, tu fuiste la roca y ella es la vara de bambú.

Ya volví papá, han pasado dos días, has estado al cuidado de mis hermanos y de tus nietos, dicen los doctores que puedes escuchar, entonces ya lo sabes. También dicen que te tenemos que traer a un cura y a los parientes para que se despidan de ti, que es cuestión de horas o minutos. Ya llegó mi mamá, ahorita sube, yo voy por el padre.

Papá, los doctores dicen que no saben porque no te has ido, yo vengo a despedirme de ti otra vez, estuve allá abajo internada un día, me pusieron suero  y me sentí ridícula por no poder estar fuerte para ti, no alcanzo a dimensionar lo que sientes, como quisiera que ya parara todo esto. Te veo más flaquito y más tranquilo, que raro, parece que duermes y sueñas bonito, ya no te ahogas, si no te hubieran desahuciado cinco doctores. Podría jurar que te vas a recuperar. En secreto me hago ilusiones y te dejo un beso de buenas noches.

Papá, me apuré lo mas que pude, nos dijeron que ya no respirabas, pero que tenías pulso, entendí que había llegado el momento y te encuentro al lado del más solidario de tus nietos, sus ojitos están llorosos y toma tu mano fuerte y me explica, él es roca como tú, dulce, como tú y listo, como tú, y estoy orgullosa de su coraje y de su enorme corazón.

Papá, por azar o por destino me tocó firmar tu certificado de defunción, no pensé que incluía recibir tu cuerpo en la morgue y acompañar tu ataúd en una carroza fúnebre. Viejito, no entiendo porque está pasando así, pero egoísta que soy, me siento afortunada.

Pa, ya vamos en camino a que te incineren, todo ha sido tan rápido y tan lento como en una película surrealista, creemos que te habría gustado estar en tu pueblito así que haremos lo necesario para llevarte, ya no quiero verte en una caja tan grande, quiero recordarte con tu guayabera color vino y tu pelo negro, chino, abundante. Tu risa y tus manos fuertes. ¿Sabes? He pensado que quizá no te moriste antes, no porque necesitaras despedirte de todos, sino porque querías dejarnos tranquilos, sin ninguna palabra atorada en el pecho, eso creo y eso voy a creer siempre, gracias por ser tan fuerte hasta el final.

Papi, ya nos  entregaron tus cenizas, te llevo en mis brazos a casa, con mi mamá. Descansa. Te amo para siempre.

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