-¡Ay Caperucita!-

Me dijo mi mamá por primera vez en el año 2013 mientras viajábamos por Chile. Era domingo, todo estaba cerrado en Pucón, incluyendo los parques nacionales. Pero eso no detuvo a mi madre, íbamos a estar sólo dos días ahí y ella quería subir el volcán Puyehue. Eran cerca de las cinco de la tarde cuando nos subimos al coche y tomamos el camino hacia el coloso. Pasamos por una pequeña caseta y nos extrañó un poco que no hubiera nadie controlando la entrada, seguimos las señalizaciones y en menos de dos minutos nos encontrábamos en un angosto camino terroso y lleno de curvas.

-Mamito, ¿crees que vamos bien?, es que no veo a nadie más y ya está empezando a oscurecer-

Ella sólo me contestaba con un breve

-Yo creo que ya merito llegamos, mira que cerca se ve-.

Yo volteaba a ver a todos lados y lo único que veía era tierra, grandes árboles y muchas curvas, pero luego la veía a ella y me conmovía su entusiasmo y sentido de aventura, a ella nada la detiene, a sus cincuenta y nueve años tiene más pasión por la vida que cualquier otra persona que haya conocido.

-Mamito, ¿pero estás segura verdad?

Es obvio que confío en ella, pero quería oírlo, finalmente el miedo estaba haciendo de las suyas en mi cabeza. No sé si al estar con ella adopto el papel de pequeña, en dónde necesito su cobijo y  protección, o tal vez sí necesito desapegarme más de las cosas para no ser tan miedosa, no lo sé, pero ella siempre ha sido buena para calmarme.

-Ay Caperucita, ¡pus aquí no hay lobo! Aparte mira. ¡Ya llegamos!

Levanté la mirada y al ver el volcán desde sus faldas entendí tantas cosas que mi madre me quería decir con ese apodo. No necesité más para entender la fe con la que vive la vida. Donde hay fe, no cabe el miedo. Nos estacionamos en el lugar asignado y nos sentamos en una piedra gigante media hora a contemplarlo hasta que empezó el atardecer, un hermoso atardecer.

-Ay Caperucita, ¡ya vámonos a cenar!

El camino de regreso se pasó rapidísimo y en menos de lo que pensé ya estábamos cenando una deliciosa pasta en un restaurante vegetariano, con la mesa llena de mapas planeando la ruta del día siguiente rumbo a la Patagonia, en donde encontraríamos más aventuras y aprendizajes.

Ay Caperucita, no dejes de vivir, no dejes de sorprenderte y de soñar, que tu intensidad en la vida no te haga privarte de nuevas experiencias y que siempre encuentres la manera de vivirlas con todo lo que conllevan. Ten fe.

INSTRAGRAM: lalalapony

TWITTER: lalalapony_

IMG_6901

promocarrie