Estoy sentada en la sala de espera de un laboratorio, es incómoda como de pisa y corre, no he desayunado ¡y no tengo mi café en la mano! Recién me sacaron sangre y “hay que esperar unos minutitos más aquí en la salita” dice la recepcionista con su uniforme blanco, sus pantimedias negras y su ensayada atención al cliente. Yo porto un bonito pants guango, una bata azul de hospital y mi ensayado trato a los extraños, ambas somos amables por conveniencias geográficas.

Me parece que los minutos no corren, más bien se derriten, los ambientes hospitalarios tienen ese efecto en mí, siento que la muerte es inminente para por lo menos tres de los que sea que estemos reunidos en ese sitio, los observo y gasto la espera pensando en sus funerales, ya sé, es cruel pero también es muy entretenido. Ahora mismo hay una viejita caminando frente a mí apoyada en el hombro del que, o es su nieto, o es su clon, el chico no rebasa los diecisiete años, la señora sí que los rebasa, es probable que tenga como cien más y camina en slow motion. Su nieto lo intenta, pero las hormonas lo empujan hacia el futuro inevitablemente. Yo creo que la viejita camina así de lento porque está saboreando cada paso, uno nunca sabe, podría ser el último… como sea, ella procura no caminar hacia el futuro. Y ahí van haciendo para mí una bonita fotografía de cómo la vida es un suspiro.

Espero que ella no sea una de los tres que se van a morir, me cae bien porque se aferra con fuerza a sus pasos lentos, tiene carácter, mira de frente y se delinea los ojos sin ayuda de nadie, sería muy feo que alguien le pintara los ojos tan chueco a propósito.

A veces soy esta persona que es mala  en sus pensamientos por ocio… la verdad, a veces soy esta persona que es mala en sus pensamientos por miedo. Me dijeron que viniera acompañada, que una amenaza de cáncer es cosa seria, que hace falta una mano de la cual tomar fuerza y no quise, hace un año pasé por esto, hice todo lo que me recomendaron, decreté en positivo, pedí que el cáncer no pasara por ninguno de mis chacras (si el cáncer de seno es horrible ¿te imaginas tener cáncer del tercer chacra que es más conceptual?) Me hice acompañar de una amiga, la pobre estaba tan aprensiva por ayudarme que me quiso distraer contándome sus problemas y eso no ayudó mucho porque además de sentirme vulnerable, tenía la obligación de ser buena amiga y aconsejar a partir de sus muy insistentes: ¿Y tu que harías en mi lugar?

“Pues mira yo, si no tuviera cáncer en las tetas por ejemplo, dejaría a ese imbécil  y andaría libre sonriendo por la vida y si sí tuviera cáncer igual lo dejaría, ya te dijo que no te quiere de mil maneras, te ha dejado plantada, es grosero, quiere que tu pagues todo, ¿Qué esperas que pase? ¿Qué le dé cáncer y además de aguantar sus malos tratos también sientas culpa por querer dejarlo? Y no lo vas a dejar, ya sé, solo preguntas para pasar el tiempo, espero que de verdad coja muy chingón porque desde afuera no se le ve ningún talento y si luego me entero de que ni eso hace bien voy a reconsiderar nuestra amistad, te aviso.” Ya sé, que mala soy, pero era mi día de sufrir a gusto con la posibilidad del cáncer y no iba a dejar que nadie me quitara ese placer.

Entonces está vez mejor sola, sin café, pero con música y la libertad de pensar lo que se me dé la gana de quien se me dé la gana o de lo que se me dé la gana sin que me interrumpan para  recordarme que hay que pensar en positivo y olvidar que duele un chingo que te metan las tetas en una prensa por ejemplo, porque tengo derecho a sentir miedo a solas y tengo derecho a pensar en lo peor, eso no significa que me voy a enfermar al rato porque lo decrete, significa que tengo miedo y ya, significa que entre más claro sea el horizonte más firmes pueden ser mis pasos.

Pienso en esas a las que llaman guerreras, que luchan contra el cáncer y lo vencen, siempre las imagino con armadura y su listoncito rosa llenas de dolor (de ese chingón que si desmaya, que te hace vomitar), llenas de  todos los ahorros familiares, atacando a un monstruo gigante purulento y deforme que escupe ácido capaz de derretir tetas,  pezones y cuentas bancarias. Admiro mucho a esas mujeres y entiendo su cinismo, las que no son cínicas , las que lloran todo el día y necesitan que los otros les tengan lástima, se mueren primero, nadie se quiere morir primero.

Yo estoy segura de que a mí no me va a pasar eso, mi familia no tiene ahorros ni yo tengo cuentas bancarias, así que si me da cáncer va a ser toda una experiencia surrealista, en este país no es legal la eutanasia, tampoco los suicidios, pero a ver que me alcancen para castigarme, sería  practico nadie gasta de más, ni dolor, ni dinero, ni tiempo, así de golpe como en un accidente y la ventaja de verme joven siempre en la memoria de los que me conocieron, bueno si haces a los treinta y seis lo que debías hacer a los noventa, sí que lo hiciste joven ¿O no?

En el fondo creo que voy a salir bien otra vez y lo creo porque necesito creerlo y punto, porque cuando tengo miedo me pongo muy siniestra hasta conmigo pero también me amo y me pongo de buenas porque sí, porque mi vida es un espectáculo divino… para mí.  Si no, desde antes no hubiera comprado este boleto de primera fila.

Ya me están llamando para el ultrasonido, voy a ver cómo van los bebés de mis tetas, espero que estén más pequeñitos o por lo menos sigan siendo benignos.

Ya salí, ahora toca la mastografía y esto tarda tanto que descargue APPS  para ver que tan guapa es mi cara y a que artista me parezco, según los resultados tengo tres caras y una de mis tetas es la suma de Cameron Díaz y Pitbull.

 

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