Querida mía.

Te extraño tanto, deseo como un loco tus brazos y tus besos, tus únicos y maravillosos besos teletransportadores, ningún mundo como el nuestro entre las sábanas, ¡Si lo sabré yo!

Sin embargo me hace más falta tu sonrisa, tu mano apretando la mía, incluso tus lágrimas; me gustaba cuando te permitías ser vulnerable y llorabas porque la vida duele y luego hablábamos, nos abrazábamos y sonreías. Cuando sonreías, el mundo entero se quedaba quieto, se volvía nada; todo lo fulminaba tu hermosa sonrisa. Desde que te fuiste, nadie sonríe así para mí. De verdad te extraño.

He pasado por tanto buscándote, después de  los primeros seis meses dije: ¡Al diablo! Me llené de enojo y ansiedad, quise olvidarte y me propuse cogerme a todas las mujeres del mundo para que desaparecieras, rubias, morenas, tristes, felices, intensas, jóvenes, tontas, apasionadas, distraídas, listas… bajé como diez kilos, intenté dejar en ellas todas mis fuerzas, toda mi furia, toda el hambre que tenía de ti, pero no resultó y te odié tanto ¡Yo te amaba y me dejaste! Y soy tan idiota que no puedo encontrar a nadie que sea mejor que tú ¡y sí que las hay! Más guapas, más listas, menos testarudas, más interesantes, más nobles, menos locas ¿Por qué no puedo? ¡Es esta maldita cosa que sentía cuando estaba a tu lado! ¡Ésta única sensación indescriptible, imborrable y maravillosa que no siento con nadie más!

Después me detuve, me fui del mundo a pensarte hasta cansarme, pasaba noches enteras  recordando cómo después de hacernos el amor, como lo hacíamos solo tú y yo, como animales, igual de salvajes,  igual de sigilosos y quietos, mirándonos, volando juntos,  arropados por un ritmo perfecto; decía sin pensar que aceptaba como cierto que Dios nos hacía en pares a sabiendas de que soy ateo.

Recordaba todo de una manera enferma, cada encuentro, cada palabra, cada gesto, cada sonrisa, trataba inútilmente de entender las causas de tu partida y en cambio lograba dejarte entrar más en mí, no importaba que tan lejos estuvieras.

Tras seis años acepté que esto me superaba y seguí buscándote, una vez creí encontrarte en esa chica maravillosa, Laura, ella tenía una curiosidad por todo, era perspicaz y valiente, le gustaba mantenerme interesado y lloraba cuando me veía triste, era apasionada y hasta un poco loca como tú, pero después de dos años, que para la pobre debieron ser un suplicio, acepté que no era tú y la deje marcharse. Ni siquiera me dolió un poco su ausencia.

No quise ser un infierno para ninguna otra y me quedé solo, era mejor no verte que encontrar apenas un eco tuyo en todas ellas.

Han pasado veinte años ya y sigo extrañándote todos los días, aún más todas las noches, le haces falta a mi cama, a mi mesa y a mi alma. Te necesito aquí en donde empieza mi miedo, contigo podía sentir miedo sin dejar de ser hombre, contigo me sentía fuerte y libre, a tu lado era simple la vida ¡Al demonio con lo progresista! Tú me completabas.

Estoy sentado frente a nuestra mesa (soy tan ridículo que no he logrado que la casa deje de ser nuestra y me he mudado ya doce veces) escribiéndote esta carta para que no le quepan dudas a nadie, sobre este último viaje; me voy a buscarte con las fuerzas que me quedan, la maleta está hecha, ya me tomé todas las pastillas, tengo setenta años, si las pastillas no me dejan ir a tu encuentro, seguro me da un infarto y con eso logro pasar al otro lado.

Ojalá tuviera la certeza de  por fin encontrarte y no la tengo, en su lugar tengo miedo y tristeza, pero la muerte es el único sitio en donde no te he buscado y ese fue el camino por donde te fuiste hace todos los años que llevo sin ser feliz, así que para mí tiene sentido.

Querida mía, si estás del otro lado esperándome, cuando llegue a abrazarte, no te rías mucho de que tu marido fue un tonto al que no se le ocurrió esto hace veinte años, al cabo nos queda la eternidad para amarnos.

Y si acaso no estás y del otro lado encuentro nada, oscuridad o a un Dios cruel, que piensa que mi vida fue una broma, quedaré satisfecho de haber hecho honestamente todo, por volver a besarte.

Hasta siempre, mi amada, mi amadísima, mi insospechadamente amada.

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