La jeringa atravesó tu piel sin mayor problema. Respiraste profundo. Por unas cuantas horas estabas salvada. La vida tenía sentido al fin. El hombre te miró desconcertado. Le dijiste: le voy a pagar como lo prometí. Sonrió el desgraciado. Transpiraba por todos lados, casi vomitas, pero no había escapatoria. Le bajaste el cierre y pagaste tu deuda.

Saliste del departamento y el contacto con el viento te pegó en la cara como mil navajas. Cerraste los botones de tu abrigo rojo y sentiste como cada botón entraba perfectamente en su ojal. Eras feliz, pero sabías que esa felicidad era momentánea. A las cuatro de la tarde ya estabas en tu departamento vacío. Tu ex novio solo te había dejado el colchón y algunos trastes. Te acostaste en el colchón sin sabanas, tenías demasiado sueño.

El accidente. Te dio coraje haber pagado la droga para que tropezaran esas cosas en tu cabeza. Tú en el volante mientras que a tu madre la aplastaba el metal. ¿Los coches están hechos de metal? “¡Qué estupidez pensar en eso!” balbuceaste. Te levantaste de la cama y te dirigiste al baño. Miraste fijamente al espejo; estabas en los huesos, con la piel seca y los ojos desorbitados desde hace meses. Por un momento te reconociste, me reconociste, o eso creíste. Comenzaste a llorar, te sentaste en el piso del baño y pusiste tus manos sobre la cara. No sabías como ibas a enfrentar el futuro cuando eras incapaz de dejar el pasado; el presente no existía para ti, no había forma de querer vivir, no así, no ahora.

El suicidio pasó por tu cabeza, pero el miedo al purgatorio te hizo dudar. Tu madre había sido muy enfática en el tema: “No hagas pendejadas, tú sabes que Dios no te lo perdonaría jamás”. Reíste quitando las manos de tu cara: “Bueno Sofía (solías llamar a tú madre por su nombre), ¿crees que me perdone Dios el suicidio si maté a mi propia madre?” Pusiste tu mano derecha en la oreja a la espera de una respuesta. “Eso pensé”.

No sabes cuándo empezaste a ser así. Toda tu vida creíste que no tenías motivos para vivir. Que no tenías nada por que luchar; naciste cansada, harta, fastidiada. Varias veces intentaste matarte, pero Sofía te rescataba a tiempo para demostrar que eras inútil hasta para eso. “La vida está sobrevaluada” le decías continuamente mientras ella limpiaba tus vómitos.

Ese día en el coche iban peleando; no regresarías a rehabilitación y ella debió entenderlo en ese momento. Ibas demasiado alterada. No te habías drogado en semanas gracias a que Sofía había hecho guardia. Te dijo algo que alteró tus sentidos. Hoy por hoy, no recuerdas que fue lo que dijo. Volteaste, y sin pensarlo, le diste una cachetada. Ella ni siquiera gritó. Puso su mano en el cachete golpeado y le salieron dos lágrimas despavoridas. Esa fue la última vez que la viste con vida. Perdiste el control del coche y el auto se volteó aplastando el lado del copiloto.

Despertaste sentada en el baño completamente a oscuras. Habían pasado cuatro horas desde tu inyección. Guardaste silencio mientras tocabas tu vientre en la habitación vacía. “Estúpido Dios. Estúpida Sofía. Estúpido hijo, estúpida vida.”

Morías por otra inyección. Saliste de tu casa, pero esta vez dejaste tu abrigo abierto mientras caminabas por la calle. Los botones se pegaban unos con otros, pero tú tenías demasiada prisa, no los meterías en su ojal.

Tocaste el departamento número cuatro. Abrió el desgraciado que transpiraba más que cualquiera. “Necesito de nuevo” le dijiste abriendo la puerta de un golpe. “Estoy ocupado, no eres mi única clienta”. “No me entendiste, necesito más y estoy dispuesta a pagar de la forma que sea”. No sabías como seguía aceptando esa forma de pago, estabas en los huesos, con la piel seca y los ojos desorbitados desde hace meses.

“Está bien, pero no vengas en una semana, ¿entendiste?”. La jeringa traspasó tu piel y sentiste euforia en cuestión de segundos.

Abriste los ojos.

Te arrastrabas sobre pasto.

Pestañeaste.

Volabas sobre el mar.

Pestañeaste.

Movías ondulantemente el cuerpo.

Pestañeaste.

Pasabas de una situación a otra, no entendías nada, pero estabas consciente.

Pestañeaste.

Otra vez arrastrándote, pero esta vez sobre un piso blanco.

“¿Qué estaba pasando?” Cada vez que pestañeabas estabas en un lugar distinto.

Tardaste un poco, pero después de catorce mil parpadeos, lo entendiste: eras diferentes animales, estabas pasando diferentes vidas. Todo pasaba tan rápido. Con asombro te diste cuenta que la vida del animal era efímera a comparación a la del hombre, y de pronto, tuviste un sobresalto. Lo comprendiste: habías muerto.

¿Este es el infierno? Te preguntaste, o me preguntaste. Pasaste por cada animal habitante en la tierra. Vivías una vida entera, pero apenas parecía un segundo. Todo era un ciclo, tenías que pasar por la inconsciencia del animal. Y aunque cada vida era un pestañeo, pasar por todos los animales que existen, te tomó una eternidad. Eso era vivir por vivir. Sin metas, sin logros, sin sueños, sin amor, sin nada. Ahora por fin lo experimentabas.

Abriste los ojos. Flotabas. ¿Me he ganado el cielo? pensaste.

¡Qué lejos estabas de eso!

Viste tus manos, eran chicas y se veían gelatinosas. Te sorprendiste.

Ahora lo entendías todo, sabías el secreto del ser humano, del hombre, de Dios; tenías todos los misterios sobre la existencia en la palma de tu mano.

Recordaste la mano gelatinosa.

Oíste ruidos en tu exterior, pegaste lo más fuerte que pudiste para poder salir y decir todo lo que habías vivido.

Pensaste orgullosa en Sofía, la extrañabas demasiado. Si tan solo pudiera verte. “Perdóname madre, perdóname.”

¿Sofía? ¿Sofía quién?

Primero se desvanecieron tus recuerdos, luego toda tú memoria.

Te perdiste en el misterio de tu manita y jugaste con el cordón umbilical.

Lo único que te entretenía y conocías, era el latido de tu corazón. Se fueron perdiendo las palabras que importaban, las que tanto quisiste retener: Vida, misterio, reencarnación, amor, Sofía, Dios.

La última palabra que recordaste fue: Yo.

Treinta años después, en un momento de desesperación, me volviste a preguntar: “¿A qué chingados vine a esta vida?”

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