Sebastián tenía la edad suficiente, pelo en la cara y odiaba a la gente. Perseguía cualquier tipo de música, pero Nirvana era su grupo favorito, todo el tiempo lo escuchaba en su recámara mientras cobijaba sus instintos. Vivía aún con su madre y no tenía prisa por cambiarse. Siempre lo mismo, volaba con sus pinturas por las tardes; lluvia sobre el mar y un velero peleando con las aves.

Todos los días son iguales hasta que llegó uno distinto; tapó su cara con el pelo, sentía un ardor en la piel sin saber qué era; lo pudo identificar después, eran las ganas de no respirar, de morir sin mirar atrás.

Dafne era alegre, delgada y bella, lograba bailar aunque no hubiera música que la viera. Su sonrisa iluminaba cualquier habitación, sola e independiente miraba cómo pasaban los días como reloj contando; es tiempo robado, tenía que aprovecharlo. La madre de Dafne era su hada madrina, cuando le veía las mejillas rojizas, hora de preocuparse, no encontraba su medicina.

Un día en la mañana Dafne no respiraba, sus manos no se movían. Ya no se movía la pequeña bailarina. Llegaron al hospital Dafne y su hada madrina, la primera con un poco de aliento, la segunda rogándole al Señor que no se la llevara, reclamándole que todavía no era el momento.

Sebastián estaba en la entrada de la sala de emergencias en una negra y recién estrenada silla de ruedas. Sus ganas de morir habían quedado frustradas, sólo se había roto las piernas y tenia las costillas quebradas. Su madre entrometida lo había salvado. Mujer egoísta, pensó, me dio la vida y no quiere quitármela.

Sebastián vio a lo lejos como una joven luchaba por resistir, en ese momento Dafne lo miró directamente a los ojos y empezó a sufrir. Su cuerpo se convulsionó hasta quedar paralizada, aun así, la pequeña bailarina ya respiraba.

Llevaron el cuerpo frio y delicado de la bailarina hasta el quinto piso. Ahí se quedó hasta que pudo despertar unos días después. Lo primero que dijo fue:

–  ¡Quiero que me pongan música y que me traigan un pastel!

Sebastián tuvo que quedarse un mes completo en el hospital, tenían que estar seguros que el intento de suicidio no le hubiera dejado secuelas en los pulmones. Aun así, cada vez que podía, salía a fumar a la terraza del hospital, simplemente no quería vivir más. Dafne salió a la terraza a caminar, sus doctores le habían dicho que tenía que salir a que sus pulmones aprendieran solitos a respirar. La verdad, ella sólo salía a soñar.

Vio a un muchacho desgarbado sentado en una banca tosiendo. Tenía botas oscuras y la cara completamente cubierta de pelo.

Tiene un pelo hermoso, pensó Dafne.

El levantó la mirada y ella sonriendo le preguntó:

– ¿Puedo sentarme contigo? Solo tienes que dejar de fumar porque mis pulmones están débiles, prometo no molestar.–

El gruño y siguió fumando. Dafne insistió.

– ¿Cuántos años tienes? Eres muy raro, oscuro y amargo – dijo Dafne mientras reía sola de su chiste evidentemente malo.

– ¿Nadie te ha dicho que hablas demasiado?  –  le contestó molesto Sebastián.

– Bueno, creo que ya me puedo ahorrar la pregunta “¿tienes novia?”, con ese carácter la respuesta es demasiado obvia.

Dafne quitó un mechón de pelo de la cara de Sebastián e inmediatamente él se giró. Es cuando por fin Dafne entendió.

Sebastián estaba totalmente quemado del lado izquierdo. Dafne sonrió y le dijo con un tono muy sereno.

– Me encanta tu pelo.

Sebastián quedó en silencio, nadie le había hecho un cumplido; no desde los seis años. Todavía recordaba el calor y el crujir de la madera, el llanto de su madre cuando regresó del trabajo para descubrir a su moribundo hijo entre las cenizas.

– ¿Puedo saber cómo fue?- preguntó Dafne

– No.

– Al fin que ni quería saber. Lo que haya sido fue cosa de un momento, ahora estas vivo y eso es un premio. Me quiero robar un pastel de la cocina ¿me acompañas? No me quieren dar azúcar, estúpida fibrosis.

Él la miro extrañado, “esta vieja está loca” pensó “no me ve con asco ni con miedo, y lo peor del caso es que sólo pienso en el pastel y en que tengo bonito pelo, ¿qué pedo?”

Se paró y la acompañó. Robaron cuatro pedazos esa tarde y desde ese momento fueron inseparables; ella con sus risas y él con sus gruñidos volvían locos a todos los miembros del hospital.

Una mañana Dafne llegó con unas tijeras, y le preguntó sin tapujos y sin reservas:

– ¿Me dejas cortarte el pelo? Me encanta, solo quiero un mechoncito para mí.

¿Mi pelo? Pensó Sebastián, es mi único escudo para tapar mi monstruosidad.

– No.

– Ash Sebastián, ¿no sabes decir otra cosa que no sea no?

– No.

Y ahí, en la luz del sol reflejando su pelo oscuro, Dafne cortó un gran mechón.

Tomó la cara de Sebastián y lo besó. El primer beso de Sebastián. El décimo de Dafne.

– ¿Ves? Así te ves súper guapetón. Ya decidí que seré cuando muera Sebas, un delfín.-

– No me digas Sebas.

– Quiero nadar en el mar ya que mis pulmones no me dejan, es lo único que quiero hacer cuando muera, ¿me das otro beso? creo que estoy enamorada.

Sebastián se lo dio sintiendo un gran vuelco en el corazón. Dafne tenía razón, que vida más bella y esto que los unió.

– Dame más Sebas, ¡dame muchos por favor!

Y por primera vez Dafne vio la sonrisa de Sebastián, “gracias por hacerme sentir esto gruñón”, no lo dijo, no quería oírse cursi, sólo lo pensó.

Esa noche, un cuarto del quinto piso se desocupó.

Unos días después, el hada madrina de Dafne, su madre, y Sebastián tiraban las cenizas de la bailarina al mar.

Sebastián tiró al mar el mechón de pelo que Dafne había cortado, y mientras soltaba una lágrima sonrió… un delfín saltó en ese momento.

 

 

 

DEDICADO A DAFNE CORTES ALAFITA, que de sus últimos deseos, fue enamorarse.

 

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