Soy Annie, tengo treinta y tres años, tengo una familia, trabajo, pago impuestos, trato de ser cívica, soy honesta, no me gusta la violencia, me gustan los animales, me gusta ayudar a las personas, tengo malos ratos pero son más los buenos, me gusta la Coca Cola.

 

Y escribo esto desde la comodidad de mi cama, la cama que comparto con la mujer de mi vida.

No siempre fue así. Días atrás me encontré diciéndole a mi pareja con quien tengo una relación desde hace casi cuatro años, lo afortunadas que somos por no haber sufrido nunca ningún tipo de discriminación, ni un crimen de odio, ni siquiera un insulto en la calle fuera de las típicas miradas de confusión y tal vez una que otra con tintes de desaire. Después de esa afirmación, recordé aquella vez hace muchos años vez en la que un hombre a quién ni siquiera le vi el rostro porque inmediatamente después de gritarnos “LESBIANAS” a mi noviecita en turno y a mí, se dio vuelta y huyó de forma cobarde. Recuerdo que me enojé y sentí mucha impotencia por sentirme agredida por ese “gran insulto”. Hoy, muchos años después, sé que mi sentir fue generado por mi propia falta de aceptación, en aquel entonces yo no podía ser abiertamente lesbiana.

Todo inicia cuando te das cuenta que tu manera de crear lazos con tu mismo género no es, digamos, la habitual. Yo siempre tuve esa imagen femenina a la cual me sentí atraída como un imán. Ya fuera una amiguita, a quienes besaba en la boca desde el kínder. O alguna artista famosa, Alejandra Guzmán en Verano Peligroso fue mi primer girl crush a los seis años. O una maestra, me enamoré perdidamente de mi maestra de inglés en la primaria, etc. Hasta que llegó la adolescencia y ahí me di cuenta de que mi comportamiento se salía de la norma.

Recuerdo nunca antes haber sentido tanto miedo que en ese momento en el que mi consciencia, se dio cuenta de que me atraían las mujeres. Así que hice lo que toda persona fuera de su equilibrio emocional haría, escondí esa verdad en un baúl, sin que nadie lo supiera y traté de seguir la norma. Tuve novios, de quienes nunca me enamoré, vamos, ni siquiera me enganché tantito. Pero recuerdo que tenía la imperiosa necesidad de ser como mis amigas y vivir el amor adolescente, y fingí.

Seguí fingiendo, hasta que por fin, ¡POR FIN, a los diecisiete llegó mi primer amor! Inició como todos: una linda amistad que empezó tímida y fue creciendo a base de pláticas, mensajes escritos en papelitos durante la clase, muchas risas y tonterías, mariposas en el estómago al saber que íbamos a vernos, formas variadas de decir “te quiero”, tomarse de la mano al caminar, pasar de un “te quiero” a un “te amo” porque ya no era suficiente, soñar con un futuro a su lado, etc. ¡Eso que mis amigas habían conocido hace años por fin me había llegado! Lo viví sin darme cuenta, sin reparar en que eso era lo que estaba pasando, me llegó el amor. Me llegó el amor real envuelto en la forma de mi mejor amiga.

Lo supe cuando nos besamos, lo confirmé al pasar la noche juntas, lo sentí en su totalidad cuando me dijo que me amaba mucho y no se arrepentía de nada pero que ella no era “así”. Mi primer amor fue muy doloroso, le lloré, sufrí, y todas esas cosas que nos pasa a todos con el primer amor. En mi caso, por haberlo tenido y que hubiera terminado, pero también porque sabía que no había vuelta atrás y moría de terror al saberlo… Era lesbiana.

Era mi gran secreto, nadie debía saberlo.

Poco después tuve mi primera novia, una niña muy tierna, cariñosa y detallista, justo uno de sus detalles desató el caos en mi vida. Me escribió una carta de amor y la olvidó en su escritorio. Su mamá la encontró.

Esa noche está borrosa en mi memoria y tampoco quiero seguir alargando la historia. Su mamá utilizó esa carta y todos los detallitos románticos que encontró entre sus cosas como evidencia, y acompañada de una abogada amiga suya, llegó a mi casa gritando que me iba a demandar por pervertir a su hija. Recuerdo a la señora decir cosas terribles sobre mí, recuerdo a la noviecita llorando y gritando que me amaba, recuerdo a mi papá pálido con expresión circunspecta, pero sobre todo recuerdo a mi mamá llorando como si yo, su hija, su única niña estuviera muerta frente a sus ojos.

A partir de ese momento tuve que vivir mi vida amorosa de la puerta de mi casa hacia afuera, mis papás tomaron el camino de la negación y cuando yo no era lo bastante precavida o discreta y me “cachaban” en alguna relación con otra chica, estallaba la guerra. Y así fue, y no cambió durante los siguientes 13 años. Tiempo en el que yo misma me censuré volví a salir con hombres, años en los que viví sorteando y dejando ir comentarios como “cuando encuentres un buen hombre”, “cuando te cases con tu esposo” y “tú no eras así, ese amigo te mal influenció”, etc. De la boca de mis padres, de las personas que más amo, y a quienes más necesitaba.

Les tengo noticias, nunca encontré a mi hombre. Encontré A MI MUJER. Después de tantos años de cansancio emocional, de hacernos pedazos, de darnos cuenta todos, yo incluida, de que no era sólo una etapa; estoy por primera vez en una relación que mis padres aceptan. Una relación que inició cuando levanté la cara y le pregunté a mi mamá si por fin estaba lista para TENER UNA NUERA. Una relación que me ha hecho tan feliz y me ha dado tanto, que se me escurre la sonrisa. Esta relación que me liberó y que a todas las personas que me quieren les provoca felicidad porque saben que nunca había sido tan feliz.

Hoy, es difícil mantener el pensamiento de que nunca he sufrido de discriminación. Trece años de vivir en silencio, de esconderme, de llorar, de querer no ser “así”, de obligarme a cambiar, de no defender lo que era, de permitir que me dijeran que ser yo era malo y de no amarme… Si eso no es discriminación, no sé qué es.

¿Soy afortunada? Sí, mucho. Hay personas que por amar a una persona de su mismo género son condenadas al abandono de sus familias, insultadas, golpeadas, violadas y asesinadas a sangre fría. Condenadas por una religión, por falsos valores, por vergüenza, ¿Por qué algo tan bello como el amor podría causar vergüenza, repulsión, odio? ¿Por qué el amor podría representar una amenaza para alguien? ¿Por qué negarnos derechos y garantías como si no perteneciéramos a la clase humana? IGNORANCIA. Esa es la razón.

Ya no estoy resentida con mis papás, hoy entiendo que hicieron lo que a ellos les parecía mejor, hoy entiendo que siguieron lo que mis abuelos les inculcaron. Entiendo que pasaron años de sus vidas tratando de construir la mía y que cualquier cosa que amenazara mi felicidad los aterraba. Hoy sé que sufrieron lo mismo que yo, que mis lágrimas fueron sus lágrimas, que mi vergüenza fue su vergüenza, que su mi miedo fue su miedo. Hoy los amo y los comprendo, pero sobre todo:

HOY ME AMO Y ME COMPRENDO.

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