Mi viaje comenzó como todos los viajes: Empacando. Hace tiempo que no viajaba sola. Siempre con un hombre al lado. Me embargó una sensación de soledad inmensa.

Toda mi vida he viajado y de repente tuve miedo de subirme al avión sola, ¡Hazme el favor!, pero yo, feminista de vocación, decidí treparme al avión. El problema es que soy machista de corazón.

Al pasar mi cuerpecito por el detector de metal y mi bolsa por el de rayos x (qué bueno que no fue al revés, porque si ven como estoy por dentro seguro no me dejan pasar). La señorita de seguridad sacó cosas de mi bolsa.

Y sí, sí, sí y sí: ahí estaba delatándome, mi libro “REZAR, COMER, AMAR” (que ni es mío, cuando mi amiga lea esto me va a reclamar). La señorita me vio con una cara de lástima, como si supiera que venía con el corazón roto.

“¿Pues qué le importa tarada juzgona?” No le dije, lo pensé, ando de lo más espiritual. Me subí al avión, por fin sola.

Y él… Pensé en él de nuevo. Mi droga. Es como cuando probé el alcohol la primera vez. Neta, me cae, debí decir que no.

Si yo hubiera sabido que después de esa probada, estaría diez años  (bueno van veinte años, está bien) el alcohol iba a ser el amor de mi vida, me cae que no lo pruebo.

ÉL… ¡Carajo! ¡Sal de mi pensamiento! Sus manos, su aliento, su olor, su cuerpo. Maldita maldición, cuánto lo extraño y quiero.

Y él… indiferente, en silencio, serio… como un hielo. ¿Me amó? Nunca lo sabré.

Lo que sí sé es que mi cuerpo y mi ser no resisten una vez más el jaloneo, si me estira un poco más sí me cuarteo. Sé que no tiene sentido, la drogadicción ya me hizo un daño severo en el cerebro.

¡Quiero mi droga ahora mismo! Las lágrimas me brotan. Qué vergüenza. ¿Qué importa, carajo? ¡Estoy sola! Estoy harta de jugar este papel, estoy harta de llorar, de fingir, de sonreír.

¡Que alguien me de mi droga, pero ya! Veo mi celular, nada. A veces me gustaría que no hubiera tecnología. Antes podías echarle la culpa a tu hermana:

“Es que me llamó, pero seguro sonó ocupado”. O a que le diste mal un número, o que no está en su casa o que tiene mucho trabajo. Pero ahora que tengo facebook, whatsapp, mail, y claro esta… mi línea, neta sólo me queda echarle la culpa a Slim.

“Seguro ese maldito gordo anda de huevón y Telcel se jodió”.

Pero no. Mi droga no llamó.

Esto es lo que yo llamo: El momento de odiarlo.

Pero esos ojos, esas manos.

¡Ya! No le importa, ni le importó ni le importará! ¡Para ya! Espera, recordé el por qué del viaje. No es su culpa, él no sabe lo que hace. Yo, yo tengo que sanar.

AEROMOZA: ¿Qué le ofrezco?

YO: ¿Podría traerme mi FUCKING droga con hielos?

Como me gustaría que tomara mi mano, que me dijera con esa voz suave que tiene: “Que suerte tengo de viajar contigo, única, persona irremplazable, mi mujer, mi dueña, siempre estarás conmigo”.

Espera, él no está, pero aquí estoy yo.

“Qué suerte tengo de viajar contigo,

única, persona irremplazable,

mi mujer, mi dueña,

Mi único compromiso: siempre contigo”.

¡Ah mashin! Se me enchinó la piel. Esa declaración estuvo fuerte. Me tiemblan las manos

Droga, droga droga, es lo único que quiere mi mente. El avión esta a punto de aterrizar.

Cerré los ojos. Tengo miedo a lo que me voy a enfrentar.

Amor, por favor no me dejes. Soledad no me aceches.

Las llantas tocaron el suelo.

¿Marcela, estás lista?

Silencio. Abrí los ojos.

 

TWITTER: @marcelecuona 

INSTAGRAM: marce_lecuona