Sentí mi cuerpo diferente, no sé cómo describirlo, diferente. Mis pechos me dolían, me irritaba todo lo que me decían y tenía sueño todo el día.  Llamé a mis amigas: “No sé que me pasa, me siento rara, triste.”

Una hora después, una de ellas estaba en mi casa.

Me vio unos minutos en silencio y dijo “Creo que estas embarazada.” ¿Cómo? No es posible, nos cuidamos. Además, no lo he visto en semanas. Pensé, conté los días, la situación, esa noche en mi cuarto. “Tienes todos los síntomas, vamos por una prueba de embarazo a la farmacia.”

Lo que comenzó como una duda, se convirtió en una pesadilla.

– Cómprala – le dije – no tengo el coraje para darle la cara a la de la caja.

Mi amiga me vio con enojo, veía en su cara reprobación, una mezcla de coraje y decepción. Sabía lo que pensaba: Esto te lo hubieras ahorrado su hubieras usado condón.

Todavía podía oler su piel, esa piel que me recuerda sólo a él. Esa noche había sido increíble, la verdad no sé si fue esa noche o una noche después, solo sé que no tuvimos tiempo de ponernos condón; no, siempre hay tiempo, el tiempo es un pretexto que me inventé. Entró sin problemas, ¿a quién quiero mentir? Ni él ni yo nos quisimos proteger. A lo mejor fue un deseo inconsciente, no, no hubo tiempo de comprar un condón, no, sí hubo, ¿ya dije que siempre hay tiempo? No lo quiero reconocer. Pero cuando hay tanto amor, tanta pasión, crees que a ti no te va a pasar. Crees que si pasa, será porque Dios, el universo o Darwin lo quisieron, que ellos no hacen la cosas sin razón.

He ahí el libre albedrío; a Dios le importa un pepino si te pones condón o no, esa es ya tu decisión.

Me senté en el baño con la prueba de embarazo entre mis piernas. No quería que saliera una sola gota de pipí. Salió.

¿Cuántas veces oí que la que se embaraza hoy en día es porque quiere? Hueva de conversación, ya sé de los métodos anticonceptivos, ya sé de las enfermedades, ya sé sobre los riesgos, pero ahí estaba él desnudo, no hubo tiempo, no hubo tiempo de decir que no, sí, ya sé, siempre hay tiempo, ¿entienden la contradicción?

Salí del baño con el semblante cambiado. Si la prueba se ponía con dos rayas rosas había embarazo, si salía sólo una me había salvado.

Había una raya. Lloré de felicidad.

Lloré demasiado pronto. Cinco minutos después vi la prueba de nuevo; había una segunda raya muy tenue, pero concreta. No podía creer cómo había sido tan pendeja.

Tomé el teléfono y me comuniqué con él, teníamos que tomarnos un café. Se sentó y por mi tono de voz adivinó que era, supongo que no era la primera. Lloró, me dijo que haríamos lo que yo quisiera, pero que en su opinión era muy pronto, contaría con él, pero que no era el momento. Ahí estaba su postura, al final, haríamos lo que yo decidiera.

Me dijo “No hubo tiempo de protegernos ¿te acuerdas?”

¿Protegernos? ¿Somos Harry Potter o qué? Siempre hay tiempo, pensé, ya no importa, sólo quiero que desaparezca el problema. Me abrazó, pero no lo sentí sincero, creo que él quería terminar con el tema.

“Necesito tiempo de pensarlo”, le expliqué.

“No hay mucho que pensar, ya lo decidimos, piensa en tu carrera, no es tiempo de tener hijos.”

“Te amo” fueron sus últimas palabras, “te juro vas a contar conmigo, dime cuanto será el monto te lo suplico.”

Llegué a mi casa, me tumbé en la cama y tocándome la panza hablé a la nada, ¿si no lo tengo me iré al infierno? Cambié mi discurso por algo mas honesto: “Dios, estoy que me cago de miedo.”

Lloré dos días enteros hasta que él me llamó; había llegado la hora de tomar una decisión.

No quiero hacerlo, pero no puedo tenerlo, no quiero tener el remordimiento de conciencia, pero no puedo tener un hijo con ese padre y con mi idiotez extrema, ¿puedo NO tener este problema? Un hijo no debería ser una tortura así, debería ser motivo de alegría y felicidad. Si este era el principio de su llegada, ¿cuál sería su final?

Egoístamente elegí que su existencia la iba cuartear, no paraba de llorar. No es un bebé, son células, ¿por qué me siento tan mal? Por fin podía tener a alguien que me amará de verdad y no tenía los pantalones de amarlo igual.

¿Soy un pedazo de basura? ¿Y si luego no puedo tener hijos? No me puedo ni mantener, ¿por qué no me puse condón? No hubo tiempo. Yo y mi maldito tiempo.

Lo último que recuerdo es estar en un hospital con las piernas abiertas, casi no veía de la hinchazón en los ojos. Un anestesiólogo me tomó del brazo y me dijo: “No te espantes, sólo verás pitufos rojos” con una sonrisa en la cara. Tremendo idiota, eso no calma a nadie.

Creo que fue una broma, pero en ese instante derramé unas lágrimas.

¡Ya no quiero… me arrepiento! Fue muy tarde, yo ya estaba en un profundo sueño.

Él salió de mi vida después y cómo huracán, causó estragos irreparables cuando se fue. El segundo, ese tiempo, ese mugroso tiempo preciado que no tuve para ponerme un condón, lo tendré para sanar, pero en lugar de segundo, se volverá una eternidad.

Un hombre que pasa por un aborto no lo entiende, ¿una mujer? Bueno, esa es una historia diferente. Y pensé en todas las mujeres que han pasado por esto, ¿cuántas seremos? Pensé en las que no tienen la posibilidad de decidir por ellas mismas; por falta de dinero, de permiso del gobierno, por el tabú de no decidir sobre sus cuerpos. El remordimiento o falta de este, es de cada quien. Pobres mujeres que no pueden tomar decisión de su propia vida y pensé “jamás me volverá a pasar.”

Sonó el timbre, me limpié los ojos y con mi cuerpo tambaleante de veinte años, entré al salón de clases.

 

DEDICADO A TODAS LAS MIMOSAS QUE HAN SIDO FUERTES, DÉBILES, PERO SOBRE TODO, GRANDES MUJERES.

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