El sentirse importante es una verdadera tiranía, sin embargo estamos sumergidos en un mundo que nos dice exactamente cómo se ve el éxito: hay que tener una talla ideal y tener una vida perfecta retratada en todas tus redes sociales. No es obligatorio, pero se recomienda andar con alguien que también entre en un perfil de éxito, si tiene su propia empresa, mejor. Muy importante viajar, pero estar preocupada por los asuntos de tu país. Es imperativo, alguna vez me dijeron, que tengas un canal en YouTube, porque en estos días cuando no tienes un canal en YouTube, no eres nadie.

Todos estamos retratados en una pose sin fin que nos sumerge en un personaje que hace las veces de nosotros y parece vivir nuestra vida.

Lo que me gusta de vivir poco tiene que ver con el personaje retratado en mis redes sociales o la versión que tienen otros de mí, lo que más me gusta de vivir es totalmente mío. Son esos momentos en los que la magia se desdobla. Es la cúpula de esa Iglesia o la vista desde arriba del tepozteco. Es presenciar algo que me vuela los sesos, tener aventuras, correr en aeropuertos, hacer reír, cantar en la carretera con mi mejor amigo. Son cosas tremendamente simples.

Mantener un estado idílico de felicidad parece ser la meta que todos tenemos, pero nadie sabe cómo llegar ahí. Parece que ser honesto con uno mismo es la montaña más grande a escalar. Salir de la propia negación y entrarle a la verdad, cualquiera que esta sea, parece una tarea que nos toma toda la vida.

En los libros de Castañeda que corresponden a Las enseñanzas de Don Juan, hay un apartado específico para una práctica que aplica a todas las aristas de la brujería, esta práctica es conocida como el acecho.

Yo escuché del acecho hace algunas semanas, concretamente el último 10 de Mayo en el que en la foto familiar, mi prima procedió a gritarme frente a toda la familia que yo no tenía por qué salir en  la foto familiar si yo no tengo hijos.

Me hirvió la sangre y estaba dispuesta a entrar en una disputa con la voz alzada y frente a todos, pero mi hermana me sacó de la contienda y me llevó “a la tienda”, que básicamente significa que fumamos marihuana en la calle. Mientras lo hacíamos, ella me contó de este libro y cómo para el aprendiz de brujo, es fundamental aprender el arte del acecho que indica ser despiadado, astuto, paciente y simpático en todo momento.

Estos cuatro fundamentos conforman la manera en la que el sujeto aprende a relacionarse con su entorno, sin poner en peligro su equilibrio. Pero antes, me dijo mi hermana, el guerrero debe aprender a acecharse a sí mismo.

Esa noche corrí a mi casa a leer todo lo que encontrara sobre el tema ¿Cómo que existe una manera no solo para no engancharme con los demás, sino para vivir mi vida de una manera plena y que pase lo que pase las cosas no me afecten? En la información que encontré, el tema se trataba como un manual de caza, en el que el brujo básicamente estudia todas las situaciones de su vida, como un depredador estudiaría a su presa. Con paciencia, desapego, frialdad y simpatía. La primera parte a dominar siempre es el acecho de tus propias conductas.

Ahí me detuve un poco, eso quiere decir que para ser asertivo al tener una opinión respecto otros, tengo que ser honesta conmigo primero. No a ver, otra vez. Entonces si yo me asumo como feminista, tendría que empezar por acechar el arraigo de mis conductas misóginas antes que señalar a los demás.

Tendría que tener claro cómo participo de cada una de las cosas que no me gustan del mundo.

“Don Juan dijo que su benefactor lo entrenaba diariamente en las cuatro facetas, los cuatro modos del acecho e insistía en que don Juan comprendiera que no tener compasión no significaba ser grosero; ser astuto no significaba ser cruel; tener paciencia no significaba ser negligente y ser simpático no significaba ser estúpido. Le enseñó que esas cuatro disposiciones de ánimo debían ser perfeccionadas hasta que fueran tan sutiles que nadie las pudiera notar.

El arte del acecho es aprender todas las singularidades de tu disfraz.”

Vivir con la certeza de que todo lo que nos rodea es un misterio insondable y es nuestro deber descifrarlo para después, asumirnos como uno, es la razón del acecho. Para poder ocupar el disfraz a nuestro beneficio y no comprarnos el personaje que creamos cuando nos enfrentamos a la vida.

Don Juan habla del concepto de recapitulación, que no es otra cosa que el acto simple de la reflexión sobre lo vivido, respirando. La respiración como una clave que descodifica la mente, como si fuera el password de nuestro poder personal.

Habla también del desatino controlado, el arte de separarse de todo sin dejar de formar parte integral de todo.

“Florinda mantenía que para practicar el desatino controlado, puesto que no está hecho para engañar a la gente, uno tiene que ser capaz de reírse de sí mismo. Florinda me dijo que uno de los resultados de la recapitulación detallada es la capacidad para estallar en risa genuina cuando uno se encuentra cara a cara con las aburridas repeticiones que el yo personal hace acerca de su importancia.”

Ahí me volví a detener. Las aburridas repeticiones del yo personal. Como cuando me pregunto ¿Por qué no bajé otro kilo esta semana?, ¿Por qué solo me pasa esto a mí? o ¿Cuando voy a llenar el Auditorio Nacional?

La renuncia al ego debe ser como el crossfit, tienes que estar dispuesto a hacerlo todos los días.

No estoy segura, porque nunca he hecho crossfit.

Uno tiene que ser capaz de reírse de sí mismo, dice Doña Florinda. Ahí sonreí, porque eso es lo que trato de hacer de mi vida. Ser capaz de cagarme de risa de las cosas no tan buenas y de las buenas también. Porque no hay nada más aburrido que tomarte en serio.

Esa es como la luz al final del túnel, es el camino amarillo que desemboca en OZ. Reír, soltar, creer en la belleza de las cosas simples y valorar cada segundo que nos es posible vivir.

Somos guerreros y los guerreros tienen una sola cosa en mente: ser libres.

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