Este año ha sido el más difícil de mi vida. Antes, podía huir de mis problemas; irme a la playa a vivir, tomar alcohol hasta no acordarme, tener novio, uno tras otro, al final, si yo no podía amarme, alguien más lo haría por mí. Estos meses, doce para ser exactos, he caído y recaído mil veces. En las mismas situaciones, con la misma gente. A veces, me ayudaba mi familia, otras, mis amigas, y, en el peor de los casos, recurría a mí misma. Aprendí a poner límites a la gente que me había lastimado, pero a la única que no le puse limites, fue a mí.  

Se me olvidó ser feliz con lo que tenía. Suena fácil: sé y estate contenta con lo que tienes. Sé agradecida. Fui a terapia, pude encontrar patrones de mi infancia, el por qué me comportaba como lo hacía, el por qué presionaba tanto a la gente a que me quisiera. Recordé que en mi cumpleaños pasado fumé sapo a la hora que nací (creo firmemente en las drogas naturales como hongos o fumar sapo, también en la meditación, en terapia, todo sirve) y lo que pedí esa vez, fue amar en libertad.  

Al ser humano le cuesta soltar, nada es nuestro, solo el presente. Una amiga hace poco me dijo: se nos olvida que nada es de nosotros, hasta lo que comemos en unas horas lo estamos desechando. Días, si eres estreñida como yo. En unos años, yo no existiré, ni las cosas que me causan tristeza, la gente que amo morirá también, somos polvo y solo estamos en un momento tan breve en la existencia como seres humanos que es absurdo pensar que cosas como followers nos afecte, o que el ego nos controle. Kurt Cobain se vuelve a matar si se enterara que hay cosas como instagram o ser influencer 

El ego es el que te dice al oído: no eres buena, estás gorda o eres fantástica, nadie te merece. El ego es ese demonio que puede ser para “bien” o para “mal”, ese ego que en el desierto le dijo a Jesús: eres don chingón, sálvate, salte de esta situación. Jesús no escuchó e hizo lo que tenía que hacer, aguantar vara. No me refiero a esto como si creyera o no que Jesús existió, lo digo como la más bella de las historias. No hacer caso al ego, a ese demonio que te dice: el amor no existe, lo material es lo que importa, el sentirte superior. El ego es el que nos hace olvidarnos que no somos nada y a la vez somos todo, somos uno.  

Seguro algunos leerán esto y dirán: Marcela, qué hueva, vete a coger y cuéntanos sobre eso, ya no haces reír en tus posts. Gente que me lee: No puedo. A veces me despierto con ganas de morirme, nada en particular, no escojo cuerda o pistola, solo no tener ganas de luchar más. No querer más la validación de la gente para saber si soy buena en lo que hago, ni si soy bella o fea, este mundo horrible de gente mala, no querer ser más víctima o la victimaria, no tener nada estable en mi vida. Estas ganas constantes de no disfrutar un día lindo con pájaros cantando. No es la falta de pasión o la falta de amor en mi vida, es sentir demasiado, que sea asfixiante tanto dolor o tanto agotamiento mental.  

Es dar gritos de ayuda y que la gente que he ayudado me dé la espalda. Que la deslealtad sea el lema de algunos. A veces pienso que lo que he hecho en la vida no sirve, no tiene sentido dar amor porque hay gente que no le importa eso, que actúa desde el ego, que hiere cuando más hundida estás. 

Y pensé en mi propósito, amar en libertad. ¿Realmente amo en libertad? A mí, a mis parejas, a mis amigas, a mi familia. ¿Doy amor sin pedir nada a cambio? No, quiero que se me resuelva este vacío que yo misma me provoco, quiero que me amen de regreso. Eso no es amor. Lo digo con lágrimas en los ojos, porque al final, todos tenemos nuestros demonios y a veces no sabes lo que una palabra de aliento, un abrazo, una flor puede hacerle a alguien que está luchando en su propia oscuridad. Ser empáticos es la muestra de amor a otro ser humano, somos lo mismo. Que el ego no te diga lo contrario. Trato igual al productor de una serie que al mesero de un bar. Defiendo a los míos de la gente que los trata mal, pero a la vez quiero y trabajo la compasión para no odiar a nadie. Trato, no soy Jesús en el desierto, solo soy Marcela.  

Recurrí a Dios, tenía mucho de no hablar con él; antes pensaba que la gente que creía en Dios era ignorante, pero Dios soy yo y es la luz que habita en mí. El otro día que algo no salió como le pedí a Dios que saliera, me acosté y le dije: Ya olvídalo, no sirves para nada. Unos minutos después le pedí perdón, no por miedo, sino porque esas palabras me las dije a mí. Y sí, sirvo para algunas cosas, por ejemplo: lavar trastes. Soy buena, no es broma.  

Y el fin de semana, que pasé un golpe fuerte emocional, una amiga me dijo que fuera a su casa. Me escuchó, consoló, me hizo reír y al día siguiente me dijo: “No siento nada. Creo que estoy vacía por dentro.”  

El año pasado así empezó este viaje para mí, diciendo: No siento nada. Mi novio me dejó a los días, me quedé sin trabajo, me quedé sola. Y vaya, que empecé a sentir. Los padres de mi amiga ya murieron, hace poco terminó con su novio, tiene un buen trabajo… y pensé: ¿qué tiene que pasarle para que vuelva a sentir?  

¡Eso es lo que me pasaba! ¡Sentía todo! El amor, el odio, la traición, la decepción, la deslealtad, el desprecio, el cariño, la compasión, ahora siento todo y aunque es demasiado, lo prefiero a no volver a sentir. Si una mañana me quiero morir, no pasa nada, porque un día quiero vivir, ¿qué sería de la vida si fuera tan sencilla como vivirla y ya? 

El acertijo de ser humano: huir del ego, encuentra tu luz, de la manera que sea, no huyas en redes sociales, no aprendas a vivir con capas o máscaras, sé tú. Lo más fiel que puedas. Vive, con todas tus tristezas, con cada lágrima, risa o desamor. Es decir: Me rifo, voy a vivir, pero voy a vivir en serio.  

Ya no me haré tonta, ni le daré valor a las personas que me lastiman: No es personal, si alguien me lastima, es daño colateral de algo que seguro esa persona también sufre o sufrió.  

Incluyéndome, ya no me haré daño yo.  

Cuando mi amiga me dijo que no sentía nada, pensé en mi año tan difícil y no lo cambio nada. No cambio cada café con alguien que me quiso ayudar, subir la montaña con mi roomie y que me lea el tarot, no cambio ser vulnerable y decirles a comediantes: denme trabajo, por favor. No cambio irme a Mazunte y conocer un grupo de mujeres fuertes e independientes, no cambio el llorar hasta quedarme exhausta, no cambio mi primer show sola en Veracruz y la mujer que creyó en mí cuando yo no creía en lo absoluto, no cambio el temblor que me recordó lo frágil que soy, por ningún motivo cambio pláticas con mi mamá o con mi papá, que un día no van a estar y sus consejos son bálsamos de sabiduría, los perdono por sus “errores” y los honro por su amor. No cambio buscar ayuda con mi terapeuta, ir a un casting que no quería ir que cambió el rumbo de mi vida. No cambio el haber llorado por un hombre hasta dormirme con su ropa puesta para olerla, no cambio haber ido tantas veces a la playa a sentir el mar, conocer a una persona diferente que me regaló un libro que me enseñó la historia de Fátima, ni por un segundo cambió sentir de nuevo, perdonar, regresar con mi ex novio, volverlo a besar, volver a reír con él, volver a decirle palabras de amor y volver a perderlo. Pero pude volver a abrazarlo en la noche y pensar: “Que este momento dure para siempre” y estar consciente que ese abrazo iba a terminar en la mañana, que ese momento era ese momento y que así es la vida, segundos de presente, que se hacen pasado y que atesoramos para el futuro.  

Y al morir, ni siquiera te los llevas, los recuerdos también se van, y es la fuente más grande de aprender a soltar. El acertijo… 

Amar en libertad.  

 

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