“En 2009, cuatro estudiantes se quitaron la vida a causa del llamado bullying, en 2010 fueron 190 decesos motivados por este tipo de violencia en la Ciudad de México, elevándose la cifra en un 4,750%”

Esto ya no es un blog, parece un confesionario.

Todo lo que me he callado, parece brotar en estas páginas virtuales, haciéndome cada vez mas transparente, poniéndome mas al desnudo y pareciera que mas vulnerable. Pero raro, me ha hecho más fuerte.

Mis lectoras, mis queridas mimosas, han sido mis sacerdotes estos últimos siete meses, y al parecer, mis mejores amigas, con ganas de contarles mis cosas mas intimas.

Cuando tenía siete años, mis papás se separaron. Por razones de la vida y de situaciones que solo ellos saben, acabe viviendo con mi padre.

Antes de eso, era una princesa. Una pequeña reinita a la cual mi madre consentía. Usaba los vestidos mas ampones (Las que crecieron en los noventas me entenderán) y mi pelo era largo, rizado y rubio.

Pero cuando mi madre se fue, la cosa cambió. Eran tres varones en la casa, mi padre, mis dos hermanos y yo.

Mi papá apenas podía con las tres criaturas, mi hermano menor tenía tres años y había dejado de hablar durante largos meses.

Yo, siendo la mayor, me convertí en la madrastra. Me sentía madre sustituta responsable de dos pequeños que lloraban a escondidas en la noche, pidiendo a gritos a su progenitora.

Pero mi persona, apenas y podía con su infancia.

Lo primero que hizo mi padre, fue cortarme el pelo. No hablo de unos cuantos dedos, me refiero a un corte casi militar. Nos cambiamos de estado, empezamos de nuevo en otro lugar.

Estaba emocionada, tendría nuevos amigos y trataría ser feliz con ellos. Pero mi tercer año de primaria fue un infierno.

Los niños empezaron a hacerme burla de mi pelo. Además, mi papá no considero lo orejona que era al hacerme ese corte.

Un día, formada después del receso, un niño se me acercó y me dijo:

          ¿Por qué no te cambias de escuela? Es obvio que esta no es para ti, vete a la de enfrente, que es de niños solamente.

Y así empezó… era la rara, la que parecía niño, la dumbo y además, la que no tenía mamá.

Llegaba a mi casa y no podía llorar, mi papá era demasiado bueno, no podía angustiarlo con eso, y mis hermanos no debían verme caer.

Después, las niñas no me hablaron. Arriesgarse a hablar con alguien como yo, era condena social. Así que solo tenía unas cuantas amigas, las que como yo, eran diferentes.

Eso me hizo muy tímida, arisca, antisocial. Me empecé a vestir como mis hermanos, cambié los vestidos ampones por playeras grandes y pantalones.

No por lesbiana o marimacha, hubiese sido mas sencillo ese caso, sino porque me sentía mas cómoda en otra piel, otra vida que no fuese la mía.

Veía a las niñas de mi salón y las envidiaba. Iban bien peinadas por sus madres y tenían tareas perfectas porque alguien les ayudaba en casa. En mi caso, era la que peinaba y ayudaba.

No fui una víctima de mis circunstancias. Esa es la vida que me toco vivir, sin mas, sin menos, sin nada.

Con el tiempo, me volví una adolescente extraña. Me la pasaba leyendo, oyendo música clásica y dibujando cuando nadie me miraba.

A mis doce años mi padre decide mandarme a una escuela de legionarios en Rhode Island. No soy rica ni nunca lo fui, fue con grandes esfuerzos que me mandó para que tuviera la mejor educación. ¿Ven? No soy victima, también fui muy afortunada.

Ese año viaje muchísimo. Navidad en Roma, semana santa en Canadá y en enero aprendí a esquiar. Leí todos los libros de la escuela, de hecho a final de año gané un premio “El ratón de biblioteca”

Era feliz, estar en un ambiente lleno de mujeres me daba mucha protección.

Pero saliendo de ahí, regresaron los problemas.

De regreso a México, mi padre me metió a una escuela mixta, para que aprendiera a relacionarme.

La peor etapa de mi vida, el golpe mas duro… bullying (y en esa época la palabra no era famosa) a su máximo esplendor.

Como no hablaba con casi nadie, empezaron a decir que era tonta o con algún retraso mental.

Recuerdo como mi maestro de matemáticas me preguntó si realmente había estado en Overbrook (la escuela de legionarios) o si había estado en alguna escuela para niños “especiales”

¡Mi maestro! ¡Solo porque era una niña tímida! Sacaba puro nueve en su materia (gracias a mi papá ame el Baldor) pero no era suficiente para mi “superior”.

Callada, solo asentí y me fui a mi lugar. Solo quería irme a mi casa para leer otro libro, fugarme en fantasías y no vivir mi realidad.

No solo era retrasada, ¡oh no! También se dieron cuenta de mis enormes orejas… no exagero cuando digo enormes, en verdad que lo eran.

Entonces era la niña tonta con orejas gigantes que se vestía como niño y solo se la pasaba con sus libros.

Mi gran estatura y mi complexión robusta no ayudaban en lo absoluto. Mi adolescencia fue cruel conmigo. Me crecían cosas como mis orejas y otras no, como mis pechos.

Todos se burlaban de mí. Hicieron un día una encuesta los de mi salón…

Mi clasificación: una de las niñas más feas del mundo… con retraso.

Todas las noches lloraba en mi cama, pidiéndole a Dios que me hiciera bonita, interesante, que le gustara al niño que tanto me molestaba, que me hiciera una como ellos.

Tuve ganas de matarme muchas veces, de acabar con mi sufrimiento.

Pero un día…

Una persona me tendió una mano amiga, y lo hizo mucho tiempo, mi querida Dafne. Falleció hace dos años (Véase post DAFNE Y SEBASTIAN) pero sin su amistad, estoy segura, que yo no seguiría con vida. Se fue la de ella, pero me dio fe en la mía.

Que raro y misterioso es Dios.

Pasaron los años.

Si, me operé las orejas… esas malditas traicioneras que me dieron tantos dolores de cabeza… y ahora que lo pienso, creo que me hacían lucir hasta tierna.

Que tonta fui al operármelas, que pendeja.

Ahora me doy cuenta, que leer me hizo ser un poco culta, que escuchar música clásica me hizo ser romántica empedernida, que ser diferente… me hace UNICA.

Una vez, me encontré llorando en el baño de un bar, a la niña que había sido la mas popular de mi escuela… una de las tantas, que se había burlado de mi.

Me acerqué y le pregunté si estaba bien, ella no me reconoció, pero me contó un poco que era lo que le pasaba, un mal de amores, y la escuché, porque al final, todos tenemos una historia que contar.

Y ¿Quién sabe? A lo mejor por hablar conmigo se sintió mejor, pude brindarle un poco de consuelo, pude ser esa mano amiga, que un día a mi me salvó.

Porque, al final, son esos pequeños actos los que hacen la diferencia. No importa si eres el que molesta o el molestado…

Siempre habrá quien necesite tu mano, SER RESCATADO.

 Marcela 3