Sonó el despertador. Siete de la mañana. Tu amiga flojera invadió tu cuerpo, era hora de empezar el día, tus deudas no se pagaban solas. Pero primero, entraste al Facebook. Nada interesante, lo mismo de siempre, éxito de algunos, parejas y compromisos nupciales, bebés. Todos parecían avanzar, menos tú. Aun así pusiste de status: “Plena y realizada, ¿Qué más le puedo pedir a la vida?”

Te levantaste, te pusiste tus pantuflas y te dirigiste al baño. Al ver tu reflejo, no pudiste evitar exclamar: “Con razón estoy sola”. Eras el vivo retrato de tu padre, pero sin la chispa que a él lo caracterizaba. Y ahí estaba ella, la báscula, tu peor enemiga. Te subiste y mientras metías la panza, contenías la respiración, se vio el número sesenta y cinco kilos. Si seguías así no ibas a poderlos bajar después. Hoy es el día, te repetiste en la cabeza.

No contabas que tu mamá había hecho pancita para desayunar. Sí, seguías viviendo con tu mamá.

– Mamá, así nunca voy a bajar de peso. –

– Comételo, es pancita, puro caldito. –

Te lo comiste de igual manera. Ni modo de dejarlo. Le diste beso a tu mamá y te fuiste a trabajar. El mismo trabajo pedorro de siempre. Te sentaste en el escritorio y te hiciste pendeja unos minutos en el WhatsApp. Bajaste las conversaciones. La de él ya era de las últimas, pues ya había pasado una semana desde que te mandó un mensaje. Viste su foto de perfil y pensaste: “¿Por qué no me buscas? ¿Por qué no te soy suficiente?” Tu jefa interrumpió tus pensamientos al pedirte las cotizaciones que llevabas días postergando.

Fuiste por una Coca a la maquinita y al meter las monedas, oíste la conversación de dos de tus compañeras que se encontraban en el cuarto contiguo.

– Esa vieja me da pena. Es una amargada, se la pasa jodiendo todo el día pues no hay quien le tire un pedo. – comentó Susana.

– Me urge que la corran. – dijo Verónica.

Salieron del cuarto y te vieron recibiendo la Coca-Cola de parte de la máquina. Les diste una sonrisa forzada, abriste la Coca y te fuiste a tu lugar.

A las ocho de la noche en punto, ya no había nadie en la oficina. Todos se habían ido. Tú seguías frente a la computadora, perdida. Abriste tu WhatsApp y fuiste directo a la conversación de él. La frase matadora En línea parpadeaba arriba del chat al lado de su foto. Ibas a escribirle, pero ¿para qué? Él lo había dejado muy claro, no quería que fueran más que amigos.  Se la pasaba diciéndote que no creía que tuvieran muchas cosas en común; que podrías mejorar tu status económico, tu carácter, hasta tus nalgas, pues carecías de estas. Recordaste sus palabras y cerraste el chat.

Estabas desesperada, pero no tanto.

Fuiste al Yoga, lo único que te relajaba, el espacio donde podías ser tú misma. Y, en medio de la clase, mientras hacías la posición de “Tadasana”, sonó tu celular. No lo pusiste en vibrar.

Toda la gente en la clase te vio feo, disculpándote con una sonrisa, fuiste a tu bolsa y lo pusiste en silencio. Solo pudiste ver un mensaje de tu mejor amiga con una foto de ella sonriendo y un anillo en el dedo. El mensaje era sencillo: “¡Amiga, me caso!”

Tomaste tu bolsa y saliste de la clase.

Condujiste sin sentido, salieron lágrimas de tus ojos, y en un semáforo en rojo, le llamaste.

No a tu amiga. A él.

– ¿Nos vemos? –

– No sé guapa, estoy muy ocupado…-

– Me urge. –

– De acuerdo, pero en mi depa. Toca el timbre y te aviento las llaves por la ventana.-

El muy patán no era ni para bajar a abrirte la puerta. Tú lo sabías, tus amigas lo sabían, todos lo sabían.

Después de un saludo incómodo, lo hicieron. Primero tocó tus inexistentes nalgas, te besó apresuradamente, y en cinco minutos ya había acabado.

Tendidos sobre la cama, lo veías pensando que eran perfectos el uno para el otro.  Él se volteó dándote la espalda. No pudiste evitar que te saliera una lágrima. No la vio, ni siquiera se dio cuenta. En el momento que él roncaba, tú ya estabas afuera de su casa. Te dirigías a la tuya.

Subiste al segundo piso y te cruzó por la cabeza. Nadie te extrañaría, a nadie le importaría si te ibas. “Aviéntate, no seas cobarde”, pensaste “Será el final romántico que tanto has querido”.

Claro, no lo hiciste. Llegaste a tu casa, te bañaste, te cepillaste el pelo, te acostaste, apagaste el celular y en la oscuridad, con los ojos abiertos, observaste como se pasaba tu vida; nada de afuera te llenaba, había una calma sin riesgos en tu existencia, un espacio vacío en tu interior.

Pero eso, era mejor que nada.

 

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