¿Saben ese sentimiento de soltar a alguien, pero odiarlo? ¡No existe eso, mentirosos! Maldita maldición. Ahí estoy, haciéndome la fuerte “ya no lo amo, ya no pienso en él, pero ojalá que le de muerte de cuna”, bueno, no tanto como muerte, pero sí tantito dolor, que el karma llegue a su puerta y le de una cachetada fuerte, maciza, a la mexicana. Respiro y pienso, “Marce, tú eres mejor que eso, piensa que todo lo que crees, creas. Si deseas el mal, se te pudre el tamal”. ¿Qué pensaron? ¿Que estaban leyendo Aristóteles? No amigos, esto es Marcela Lecuona.

Lo más fuerte de soltar a alguien, es que el universo te lo presenta en alguna canción, película, historias en Instagram de amigos y viene el odio vomitivo; vienen a tu cabeza todas las razones por las cuales lo odias.

Por ejemplo, me invitaron un fin de semana a Bacalar. Lo primero que vino a mi cabeza fue que hace tres años, mi ex novio y yo iríamos a pasar nuestro aniversario porque era un lugar que yo quería conocer. Poco contaba que dos semanas antes de cumplir un año, el señor me dejaría en mi casa después de una borrachera en la madrugada, para irse a base de mentiras y quedarse de ver con otra mujer. Ser infiel le llaman. Esperen, eso no fue lo peor, él sí se fue a Bacalar, pero con su familia, mientras yo veía Netflix y lloraba sin comer, eso sí, tomando alcohol al estilo Bridget Jones.

Oye, Marcela, eso ya pasó, lo perdonaste, regresaste con él. Sí, sí, todo sí, pero son esas malditas ganas de ser agresiva hasta contigo, pues ya no tienes al pelado para que lo sea él, así que tu sola te das ese veneno.

Me fui a Bacalar al cumpleaños de una amiga, y ahí estaba, llena de parejas, con mujeres lesbianas (hay un por qué el especificar que son lesbianas), fabulosas, empoderadas, amorosas. Vi el paisaje en esa casa espectacular y lo primero que pasó por mi cabeza fue: “Ese tipo era una basura de persona, cómo pudo venir después de ponerme el cuerno y subir fotos con el lema “Aquí en el paraíso”, ¿qué clase de monstruo hace cosas así? Sí, el mismo que se acuesta con sus fans…”

¡Por Dios! Cuánto asco me di al pensar eso y cacharme sintiéndome mal conmigo misma, cuánta lástima sentí por mí, me di pena ajena. Él ya hace su vida, desde hace mucho, ¿por qué me costaba tanto trabajo entender su decisión de no amarme? Si ya no lo amaba y ya no quería saber nada de él, ¿por qué no podía desearle el bien?

¡Porque no soy pinche Yoda, gente!

Porque el ego nos juega chueco, y el aceptar que alguien que yo había amado mucho, no me había amado de vuelta, que me había rechazado tantas veces, lastimaba a mi niña interior. Esa niña que sólo quiere que la quieran. Cuánto cliché, ya sueno a Paulo Coelho.

Y me dije a mi misma, (porque el hablar sola ya es de mis cosas favoritas): “Mi misma, disfruta el viaje, de verdad, no puede ser que no sepas ser feliz con las cosas tan hermosas que te ofrece el puto universo, así que en este viaje o perdonas, o perdonas. Y lo más importante, perdónate a ti, maldita sea, me lleva la chingada.”

Hablar conmigo misma no siempre es fácil, Marcela es un poco perra.

Decidí estar en el momento; escuché historias de mujeres fuertes, de cómo salieron del closet, como enfrentaron su libertad. Escuché sobre música, sobre componer historias. Filosofé la existencia del hombre en la tierra, nuestras ganas de los aplausos del exterior, de cómo recorremos el viaje del héroe, pero que no necesitamos cumplir ninguna misión en particular, es transitar esta vida, de una manera digna, amorosa, chida hacia uno y hacia los demás. Los únicos aplausos que merecen la pena, son los del alma.

Y en luna llena, decidí hacer un ritual de perdón. Saqué de mi cartera una de las pocas posesiones que tenía de él, una carta.

Él, ese mismo fin de semana, también se había ido a la playa, lo vi en las historias de Instagram de una de sus amigas que sigo, pues es una mujer increíble, y empezó el odio: “Antes de andar conmigo, nunca iba a Acapulco, yo lo obligaba, y ahora resulta que va cada quince días, cabrón, sin personalidad, maldito…” y justo rompí esa carta y recordé que me la había hecho en Acapulco una noche que  yo estaba dibujando en el comedor (la verdad, soy muy cabrona en el dibujo, y humilde al parecer), y él, al verme ser buena en eso, me dijo tranquilo; “yo te voy a dibujar a ti” y me dibujó en una hoja de papel con aspecto a monstruo, pelo parado, dientes filosos, ojos horribles. Me puse a llorar, pues sentí que él así me veía. Esa carta, en mi cartera, era para pedirme perdón por haberme dibujado de esa manera. Rompí la carta y dije frente a la luna; “Monstruo tú, maldito psicópata sin sentimientos”

¡Que te de muerte de cuna!

Ahí mi ritual ante la preciosa luna. Un ritual lleno de odio.

Pero el perdón llega cuando le da la gana, y en mi último día, arriba de una moto acuática, mientras veía esa laguna de siete colores me puse a llorar por él, pero no por extrañarlo, no por querer regresar con él, por compasión.

Me dije a mi misma de nuevo: “Él hizo lo mejor que pudo, no tenía nada que darte, tu pedías dólares y el sólo tenía peso cubano. Él, aunque no parezca, la ha pasado mal en la vida, ha tenido todo material, pero ha estado muy solo. No puedes ser tan culera con alguien que amaste, que trataste proteger, él vive otro proceso al tuyo. Él ya no está en tu vida, esa es la buena noticia, la mala es… que estás enojada, pero no con él, contigo, porque lo amaste. Que el amor y la compasión estén encima de cualquier cosa, nunca volverás a tocarlo, a reír con él, a ver películas con él, pero cuando sientas odio, tristeza o nostalgia, grita desde el fondo: Te deseo plenitud, amor y que te de muerte de cuna… osh, ok, no, te deseo que crezca tu alma en este plano para que ya no lastimes y tengas paz.”

A veces Marcela también es chida. Me cae bien la loca.

En medio de la nada, mientras abrazaba a la mujer que manejaba la moto, me di cuenta que había tenido mi viaje romántico a Bacalar, que así lo tenía que conocer, con mujeres a las cuales pude conocer y admirar, con este sentimiento de poder sobre mí, sobre mis decisiones y sobre todo, mis pensamientos. Yo controlo no sólo lo que me pasa afuera, también lo que me pasa adentro.

Ya no le deseo muerte de cuna a nadie, deseo mucho amor cuando me llegan pensamientos negativos, porque él también merece ser feliz, porque la gente que nos lastima también ha sufrido, porque debemos entender el contexto del dolor ajeno, pues todos estamos heridos, rotos, y nada es personal cuando nos joden el corazón. Las personas “malas” nos dan carencias, y uno debe decidir irse cuando pasa eso, pero por lo regular nos quedamos para que reafirmen nuestra propia carencia.

Yo quiero una historia de amor como la que me contaron esas mujeres, que alguien esté loco por mi, pero desde el corazón trabajado; que no tenga necesidad de poner el cuerno, mentir o lastimarme, pues ya sabe que es lo que quiere. Quiero a alguien que haya ido a terapia aunque sea, así ya son mis expectativas sobre el amor.

Sonreí cuando me limpiaba las lágrimas, pues empezó a llover en la laguna y me veía rodeada de agua.

Me dije a mi misma, “Ve que bonita vida te has construido, ve que afortunada eres, eres valiente, ante adversidades, consigues darte el paraíso”.

Y el paraíso es vivir en el presente.

El paraíso es saber perdonar.

 

 

Pero que le de muerte de cuna… OH QUE LA…

 

TWITTER: @marcelecuona 

INSTAGRAM: marce_lecuona