Yo inicié una relación hace años, enamoradísima y encaprichadísima, así hubiera cosas que no me parecieran o me hicieran daño, yo no me iba a dar por vencida.

Y no lo voy a negar, valió la pena porque si bien las personas no cambian, sí mejoran, y es el chiste también de una relación, ir creciendo y aprender a pensar en el otro sin dejar a un lado tu personalidad ni vida.

Pero debo de confesar que esto me dejó algo afectada en el cómo relacionarme con los hombres, y me cuesta trabajo encontrar el punto medio entre complaciente y conquístenme.

Para ser más clara y contarles bien lo que me pasó… soy una persona que desde siempre me ha gustado ser agradable y servicial, es decir, constantemente estoy pensando en que quieren, piensan o necesitan los demás… y no estoy diciendo que sea malo ni tampoco que sea yo una geisha, la bronca es que a veces suelo poner esto antes que mis necesidades o pensamientos. Me cuesta trabajo decir ‘no’,’ no me parece’, ‘no quiero’ y todos sus derivados. No soy ninguna víctima, claro que sé poner un alto y sé que cosas me gustan y que cosas de plano no, pero bueno, son de esas fallas con las que uno lucha.

Además en estos momentos, mi característica indecisión y tsunami emocional no me ayudan mucho, pero he descubierto que un patán es un patán, lo veas o no.

Es un tipo que se presenta como el mejor partido del mundo, y promete y habla demás pero a la hora de accionar es tan opuesto a lo que había dicho y a veces nulo, que te hace sentir o que estás loca y alucinaste palabras por whatsapp o te conformas con tal de no aceptar la realidad.

Empezó a mensajearme y desde ahí me debería  de haber dado cuenta, no tengo nada en contra de whatsapp, pero que puedo esperar de alguien que ni una vez llama por teléfono, ¿cierto?  Nos vimos 3 o 4 veces y de ahí siempre hubo un pretexto.

Les juro que ahorita que lo veo escrito hasta me doy pena, de cómo no me di cuenta y no puse un alto. Los mensajes eran algo cariñosos y como si hubiera una relación de por medio, a veces hasta decía que me extrañaba, pero cómo me puede extrañar si prácticamente ni me conoce y ni nos hemos visto. Aun así yo me convencía a mí misma que seguramente yo estaba haciendo algo mal, o que no había entendido bien el mensaje y caía de nuevo en contestarle  o buscarlo, pero en el fondo sabía que algo no encajaba.

Finalmente y con un poco de temor lo confronté y pues obvio no obtuve respuesta… las señales siempre estuvieron sólo que no quise verlas.

No culpo a nadie, ni a mí misma, ni al patán de este caso ni al de ningún otro. Simplemente así son las cosas, así como hay personas que valen la pena también hay las que no.

Lo que aprendo de esto es a valorarme, a quitarme ese rollo de la cabeza de que si algo no está funcionando es mi culpa, a dejar de poner pretextos cuando algo nada más no cuadra y a no tener miedo de pedir algo más cuando sé que estoy dispuesta a dar lo mismo.

Y lo puse al principio, suelo confundir enamoramiento con encaprichamiento, a veces es una mezcla de los dos, típico que a veces entre más trabajo cueste más lo quieres o te aferras a que debe de ser…  un miedo a fallar o querer agradar a todo mundo, pero ahora comprendo que un ‘no’ no me hace menos ni una relación fallida me hace una leprosa emocional.

La verdad es que la patanería, falta de huevos y demás, es tanto de hombres como mujeres, así como ellos nosotras también seguramente le hemos fallado a alguien por ser ‘demasiado intenso’ o ‘ no me gustaba tanto pero pues porque no’ y en mis últimos casos en específico, siendo yo parte del experimento,  me cae el veinte en estos momentos de todo lo que vengo escribiendo desde hace meses y que he compartido con ustedes… aprender de mis errores, saber que quiero y que no, no tener miedo, aceptar las distintas etapas en la vida, no por miedo a la soledad aceptar a cualquier tipo, disfrutar lo que tengo y soltar las cosas que ya pasaron.

Así me relacionaba antes, a partir de ahora soy ese punto medio y perfecto.

twitter: @luciana_deli

 

Luciana