Tengo que confesar que el concepto de “matrimonio” siempre me ha dado mucho miedo, sí, miedo, no hay mejor palabra para describir lo que siento. Miedo a diferentes cosas, algunas racionales y algunas totalmente fuera de la realidad o fuera de mi alcance por lo menos. Lo que estoy a punto de revelarles a lo largo del post es algo sumamente íntimo que he ido desmenuzando con el tiempo, y que me ha permitido llegar a conclusiones acerca del por qué tengo miedo, qué es lo que quiero, y qué es lo que debo sanar para poder obtenerlo.

Hasta hace más o menos un año, tenía la firme idea de que el amor no era para mí, lo había intentado varias veces, pero simplemente no servía para mí, o por lo menos no se adecuaba para nada a la idea que yo tenía del amor. De cierta manera, relación tras relación me quedaba con la sensación de que 1. Yo soy muy exigente, 2. El otro es un tanto imbécil, 3. Probablemente no exista nadie que pueda llenar mis expectativas medianamente (puesto que soy muy exigente). Recalco el tema de la exigencia porque es algo que hoy en día me caga haberme creído: que el problema era yo, que tenía los estándares muy altos y que jamás iba a dejar entrar a alguien a mi corazón si seguía así.

El punto es que llegué a la conclusión que en verdad esa persona no existía, y que era mejor hacerme a la idea que la mejor combinación para mí tal vez era, divertirme con parejas casuales o semi casuales, y los problemas y cuestiones más íntimas y emocionales compartirlos con mis amigas hermosas que siempre me escuchan. Buena combinación ¿no? Sin darme cuenta, eso mismo me hizo soltar la idea de conformarme con una relación medianamente feliz porque al final del día estaba aceptando lo que realmente quería, y si eso no existía, entonces dejar de buscarlo en las parejas incorrectas, a dejar de idealizarlas y quitarles esa gran carga emocional que era sólo mía, esa carga de cumplir con mis expectativas. Eso me ayudó muchísimo a ver a la gente por lo que es, y a partir de ahí, decidir yo qué tipo de relación quería con esa persona.

Pienso que el ser tan exigente es un mecanismo de defensa que elimina variables en las que yo terminé con el corazón roto, creo que eso es el punto de cualquier persona perfeccionista, tratamos de evitar que las cosas se salgan de control y nos puedan lastimar. Hoy he aprendido a confiar en mi misma, a darme cuenta que no puedo mantener todo bajo control, ni todo ni nada. He aprendido a soltar el control (cada vez que puedo) y a confiar en mi capacidad de resolver. Eso para mí ha sido una de las grandes claves en mi vida, confiar en todo el aprendizaje que he tenido a lo largo de mi vida y de tanto madrazo, saber que voy a poder resolver lo que se me presente, sea lo que sea.

Cuando empecé a soltar la idea de buscar en cualquiera la relación perfecta, empecé realmente a disfrutar lo que se me presentaba, fuera algo casual o algo con aire de formalidad; empecé a vivir el momento, a dejarme ir como gorda en tobogán, sabiendo a qué tipo de alberca me estaba aventando.

Hoy escribo este post con un anillo de compromiso en el dedo. Le dije que sí al hombre que pensé que no existía, que llegó a mi vida en el momento en el que ya lo podía apreciar, en el momento exacto en el que necesitaba que llegara, cuando ya estaba lista para no cagarla con él. Llegó a mi vida y me di cuenta que no es que yo fuera exigente, es que le pedía a los demás cosas que sólo él me podía dar, sin ni siquiera tenérselas que pedir, incluso cosas que yo no sabía que quería o que me fueran a gustar, como este anillo que vino a ser un hermoso detalle en una relación que para los dos, ya era un para siempre.

Hoy me agradezco infinitamente haber escuchado a mi corazón y no haber aceptado menos de lo que quería o sentía que merecía, el no haberme conformado con alguien que me quisiera un chingo aunque yo sólo fuera medianamente feliz.

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