¿Qué haces aquí? Se agachó a preguntarle a Sofía.

“Estoy buscando a Dios”, contestó ella con la voz muy alta. El padre se llevó a la niña al confesionario y le preguntó si ya había comulgado. Sofía le dijo que no. Le preguntó por qué quería saber dónde vivía Dios. Pues porque lo estoy buscando, quiero hablar con él, le dijo.

El padre le explicó que era un momento perfecto para buscarlo porque era domingo de ramos y le ofreció una ramita que Sofía se acercó a la cara. Le dijo que tenía que esperarse al catecismo y la comunión para saber más y le preguntó que si alguna vez había leído La Biblia. Sofía le dijo que no y el padre le ofreció la suya con la condición de que el domingo siguiente regresara a misa y se la devolviera. Esa fue la última vez que Sofía y El Padre se vieron en la vida.

Sofía esperó a que todos se durmieran en su casa y prendió la lámpara para leer este libro místico que había conseguido. No entendió nada. Todo le parecía aburrido. Estuvo navegando en esas letras diminutas y ese papel delgado durante un rato hasta que se le ocurrió ir de atrás hacia adelante. Se encontró entonces con la Carta a San Juan.

 

1:1

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído,

lo que hemos visto con nuestros ojos,

lo que hemos contemplado

y lo que hemos tocado con nuestras manos

acerca de la Palabra de Vida,

es lo que les anunciamos.

 

En esa sección había descripciones de peleas épicas con monstruos de siete cabezas, lluvias de fuego, plagas, peste, se estaba poniendo cada vez más interesante. Pero Sofí siempre fue una niña sensible y empezó a sentir miedo en las noches. Todo parecía bien en el día, pero cuando cerraba los ojos sentía que todo se podía terminar en cualquier momento. Estaba segura que iba a morir muy pronto, que todos nos íbamos a ir en una pesadilla violenta. Todas las sombras de la habitación eran una danza siniestra. Su corazón iba cada vez más rápido, se levantó quien sabe cómo a prender la luz.

Tenía un cuadro sobre su cama con la imagen de Jesús como un niño pequeño, siendo tomado por el hombro derecho por María y por el hombro izquierdo por José. Bajó la imagen de la pared y la abrazó. Cerraba los ojos y veía fuego y destrucción, así que se acostumbró a ver un punto fijo en la luz hasta quedarse dormida.

En la escuela tocaba la clase de catecismo, así que se acercó al maestro al final de la clase a preguntarle qué hacer. El maestro le habló del sacrificio de Jesús y de cómo sufrió en la cruz. Le dijo con muchos detalles sobre las maneras horribles en las que Jesús fue torturado en la crucifixión y cuando Sofía no pudo soportar más, le preguntó por qué, ¿qué monstruo le había hecho tanto daño a ese hombre tan bueno? ¿Había sido por culpa del monstruo de siete cabezas?

“Fue por ti”, le dijo el maestro. Sofía se quedó pasmada, se le olvidó como respirar. El maestro le habló del perdón de los pecados y cómo Jesús por adelantado habría sufrido todo eso para que nosotros no tuviéramos que sufrir.

Sofía estaba procurando no llorar, apretaba los puños. Le preguntó al maestro cómo podía hacer para pagarle a Jesús y el maestro le dijo que ella también podía hacer su propio sacrificio.

Se fue a su casa esa tarde decidida a sacrificarse. Se le ocurrían toda clase de cosas, algunas que sabía que su mamá no le iba a permitir como dejar de comer o lastimarse para tener heridas, después de todo Jesús tiene muchas heridas. Pero su mamá se iba a alarmar y las cosas se podían poner peor. No. Tenía que ser algo que pudiera pasar desapercibido y por eso todas las noches después de que su mamá la despedía acostada en la cama, Sofía se salía de la cama y se acostaba en el piso. Las primeras veces consideró un lujo la almohada y las cobijas, pero le daba mucho frío. Todo el tiempo Sofía era solemne y muy seria se ponía a rezar en voz bajita, porque si su mamá la escuchaba rezar iba a decir que estaba loca.

Al principio le costaba concentrarse con el Padre Nuestro. Era como una canción que ocurría en la parte de atrás de su cabeza, pero no entendía lo que estaba diciendo. Un día vio en la televisión a una chiquilla rezando con sus propias palabras y decidió intentarlo. Siempre empezaba con un “Hola Dios, soy yo, Sofía. Perdona que te moleste…” y empezaban las peticiones; “Por los perritos, por mi familia, porque mi mamá tenga otro bebé y sea niña, por la gente que no tiene que comer, por los que tienen frío, por los que están peleados, por los que se sienten solos, por mí, porque Bruno el de Segundo B me invite de su Boing, por mi maestra de Historia que me gusta cómo me explica las cosas, por mi Tía Queta que está enferma del riñón, porque mi abue no se muera nunca, amén.”

Y así pasaron los días y Sofí dejó de temer que el mundo iba a terminarse, seguía durmiendo en el piso y hablándole a Dios como si fuera Santa Claus o los Reyes Magos. Se puso a pensar que quizás si le tocaría ver el fin de los tiempos, pero no ahorita, sino cuando cumpliera dieciséis. Era totalmente lógico porque a los dieciséis iba a ser el año dos mil y seguramente todo se acabaría entonces, pero faltaba mucho para que los cumpliera, así que iba a vivir lo suficiente.

Sofí habló con Dios mucho tiempo, pero poco a poco se le fue olvidando cómo, pasaron los años y otras cosas sucedieron que la distrajeron. Los patines de hielo, la música, Jorge el de la secundaria, la tele. Entonces cumplió 16 y pensó en ese momento en el que sintió totalmente real que pudiera acabarse el mundo. Recordó todo lo que quería vivir para el momento en el que cumpliera 16. Volvió a pensar en su muerte y en Dios. Se preguntó qué pasaría si se muriera hoy mismo, esta noche. Le dieron escalofríos. Fue al librero y encontró esa Biblia que nunca le regresó al padre, la volvió a abrir y a tocar esas suaves y delicadas páginas, a oler esa tinta, a leer esa letra diminuta. Entendía un poco mejor que antes, pero todavía no entendía mucho. Quiso acercarse a la última parte y prefirió cerrar el libro y guardarlo donde no pudiera verlo.

Han pasado dieciséis años más, Sofí tiene treinta y dos años y está prendiendo un incienso en su departamento un 19 de septiembre del 2017, se prepara para hacer yoga, estira su tapete y siente que la tierra bajo sus pies se mueve. Sale corriendo de la habitación y se sienta junto a la barra de la cocina, como le dijeron en internet. Cruza las piernas, cierra los ojos. Sus compañeras de departamento salen gritando y se sientan con ella, se abrazan. Sofí respira profundo, nadie dice nada. Todo se está cayendo, los cuadros, los floreros, los libros salen volando hasta el otro lado de la habitación. Sofí vuelve a pensar en su muerte. Esta vez ya no es una fantasía en un libro, ni una suposición en la oscuridad, es una posibilidad y está ocurriendo ahora mismo. Espera que no duela, espera que sea rápido. La tierra sigue temblando y Sofí baja las manos y las pone mirando hacia arriba. Escucha el quebrar de sus cimientos. Vuelve a hablar con Dios. “Hola Dios soy yo, Sofía. Perdona que te moleste. Estoy aquí y yo también estoy temblando. Tengo miedo, pero también tengo amor. Siento dolor y fuerza al mismo tiempo. Quiero llorar y reír. ¿Ya me quedé loca, Dios? ¿Existes? ¿Estás ahí?”

Y mientras seguían rompiéndose cosas y quebrándose los muros, el tiempo físico se detuvo. Un segundo que duró una hora se extendió por la mente de Sofía. Se miró cuando niña y a los dieciséis, se miró ahora y como una anciana. Todo estaba ocurriendo al mismo tiempo, aquí y ahora. Todo lo que pasaba era un telar que estaba tejido con los más finos hilos y que ya había pasado y estaba pasando, porque el tiempo no existe. Sofí es tiempo y por eso va a morir. Tal vez no hoy pero tampoco en un momento que pueda planear o controlar. Por eso sólo se tiene a sí misma y solo está viviendo en este momento. Porque lo eterno es lo único real y lo único eterno es ahora.

Dejó de temblar, Sofí empezó a vivir de nuevo.

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