Hace un par de meses estaba en Cancún, en el paraíso, frente al mar y pensé con tristeza: “No siento nada”. Comenzó un espiral de preguntas en mi mente “¿Cuál es mi misión? ¿Qué tengo que hacer con mi vida? ¿Estoy bien en mi relación? ¿Por qué, si según yo tomo las decisiones correctas, me siento tan vacía? Un mes después, mi novio me dejó.

Hace una semana no podía respirar, estaba en mi cuarto en la oscuridad, sin entender porque sentía que me habían quitado un pedazo de mi alma. Un pedazo de mi ser cuando él se fue. Algo me dijo: “Vete de aquí”.

Esto no es “Rezar, comer, amar”, no tengo dinero a veces para la renta, así que no tengo para irme a Bali y conocer a Javier Bardem. Esto lo debía hacer con los pocos recursos que tenía. Con las pocas fuerzas que me quedaban, con el poco amor que restaba para mí. Tomé mi dinero y le dije a mi roomie, que llamaremos Violeta, que fuéramos a la playa. Para lo único que me alcanzaba era Acapulco, el lugar donde nací, pero ahí estaban los recuerdos con él, cada mes íbamos a disfrutarnos. Así que desde la carretera fue una tortura. Todo me recordaba nuestro gran amor. Y cuando entramos a Acapulco sonaron los Bee Gees, nuestro himno que bailamos abrazados en la terraza de su departamento mientras imaginábamos nuestra boda que nunca se realizaría.

Sonó en el coche “More than a woman” y mi corazón se estremeció. No iba a lograr este viaje.

Al día siguiente Violeta y yo fuimos al mar, caminamos mucho para conseguir un Oxxo e irnos a la playa a meditar. Cuando conseguimos entrar a la tienda y estaba formada para comprar mis cigarros me puse a llorar. Cuando le dije a él que iba a realizar este viaje nunca me preguntó a dónde iba ni con quién. Simplemente no le importaba. Y en esa fila, frente a todos, me destruí. Salimos y me dijo Viole: “Estás lista”. Nos sentamos frente al mar y empezó a guiar mi meditación. Revisamos mi alma, cuerpo y mente. Y lo que vi, era demasiado, me turbó.

Me paré y fui al mar a llorar, lloré hasta que no pude más y grité: “Te amo”. Salí del mar y solo ver la imagen de Violeta a lo lejos me dio risa; tenía un sombrero gigante, lentes oscuros, una pipa en su mano y posición de Rafiki del Rey León. Me recibió con una sonrisa y me dijo: ¿Seguimos?

No, no quiero quitarlo de mi sistema, el recuerdo de su amor me hace vivir. Cerré los ojos, sentí el sol y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Recordé algo que yo sabía desde hace mucho, algo que aprendí en Sogem mientras estudiaba creación literaria, algo que me hizo dejar de comer carne, algo que olvidé por dejarme llevar por tanta superficialidad: Somos un círculo perfecto. El animal que te comes hoy, lo que te da vida, un día lo serás. Es tan importante el sol como el grano de arena. Es tan sencillo y a la vez tan complejo que el ser humano se resiste a entenderlo; pues lo sabemos. Nosotros somos dios. Los animales son dios. La tierra es dios. Tenemos que ver hacia arriba para creer que somos inferiores a él, pero no vemos el poder que tenemos. Recordé todas las veces que le pedí cosas a Dios: en un balcón, en mi cuarto, en mi cama, las veces que me enojé con él, cuando le reproché y todo ese tiempo me hablaba a mí, me pedía a mí, me regañaba a mí.

Regresé a ese día que estaba en Cancún frente al mar y dije: “No siento nada”. Y un golpe me sacó de mi centro. Yo pedí sentir de nuevo, pedí encontrar algo para saber si mi relación tenía futuro y una noche, a las cuatro de la mañana; lo encontré. Mi relación no podía seguir. A pesar de mi llanto, a pesar de mis ruegos, no podía tener esa relación porque encontré no una, sino dos señales por las cuales no podía continuar. Me lo pedí y se me concedió. Así de poderosa soy. Yo terminé esa relación.

Descubrí que un día quiero ser madre; un pavor que sorteo desde hace años, que esquivo con pretextos: No estoy lista, no quiero dejar de tomar, no quiero dejar de fumar, no quiero amar a alguien tanto, no tengo dinero… miles de pretextos, pero la realidad es que no he encontrado a la persona con la que quiero establecerme y tener un hijo al que le pueda enseñar las maravillas de estar vivo. Un día quiero ser madre. Llano y simple, y él no me lo podía dar; siempre lo supe, mi ser lo sabía desde el día uno, aunque él me decía que quería una Marcelita, solo era un sueño, una fantasía hermosa, pero que nunca iba a pasar. Y me encontré diciendo estás palabras: Quiero un hijo y darle el regalo más bello del mundo; tener el mejor padre. Ese será su regalito de mi parte.

Pero a él no podía sacarlo de mi cabeza, no podía dejar de amarlo de la noche a la mañana, no podía dejarlo ir. Todo me recordaba a él; Acapulco, el mar, la noche, el día, Bee Gees, tomar coco, pues todo lo hacía junto a él y entendí que Acapulco no es suyo, es mío, él puede tener departamento ahí, pero yo nací aquí, es mi origen, los Bee Gees eran míos desde que los oí por primera vez, tomo coco desde que soy niña, él me los daba cuando veníamos, pero son míos. Solo le regalé mis gustos, mis costumbres, mi poca o mucha sabiduría, no son de él, no son nuestros, son míos. Yo le di mi luz, mi magia, como él me dio la suya. Magia que llevo en un pedazo de mis sentidos. Un día él amará de nuevo y le dará un poco de lo que le enseñé a otra persona, porque yo lo guíe y le demostré como es tratar a una mujer. Estamos en diferentes sincronías y eso es algo que yo no puedo cambiar. Estamos sanando de manera distinta y me parezca buena o mala la suya, es muy su crecimiento. Espiritual o no, no es mí lucha. Ya no puedo ser su maestra ni darle esa magia que poseo, porque ahora es mía.

Debía dejar esos recuerdos atrás. Atesorarlos y dejarlos ir para que nunca me volvieran a atormentar. Entré al mar y recordé:

Él en el coche, tomándome de la mano, diciéndome que nunca había viajado solo con una mujer. Llegar a Acapulco, ir al súper, que me bese en cada pasillo, llegar al departamento, hermoso, vista extraordinaria, una cena acompañada de vino. Que me ponga Frank Sinatra y me saque a bailar. Que me diga al oído, eres lo mejor que me ha pasado. Te amo. Besarnos en el jacuzzi, en la alberca. Pedirme que baje a la playa en la noche con él y que haya una fogata con vino y me diga, siéntate a mi lado. Ver las estrellas, pedir deseos, hacernos el amor. Estar en la hamaca y tomarnos fotos que nunca subiríamos.

Bailar pegados con los Bee Gees y que me diga al oído: Mi amor, gracias por existir. Voltear, verlo, tocarle la cara que tanto amo y decirle, gracias por decirme eso, es cierto, existo, toco corazones, soy especial. Gracias por verlo y recordarme que soy única, y si eso genero en ti, lo puedo generar en mucha gente. Existo, no soy de palo, me estás lastimando con tus acciones, pero te perdono, por este momento que me diste y muchos otros. Te amo, y nunca lo dejaré de hacer, solo que un día dejará de doler.

Ahora estaba en la playa, semanas después de haberla compartido con él, cerré los ojos y entré al mar. Lloré de nuevo, pero esta vez sentí el agua, la espuma y le dije en voz alta al mar: “Gracias, eres hermoso, te siento de nuevo”. Alcé mi vista al sol para hablar con Dios y recordé que para ver a Dios no tienes que levantar la vista, no eres su siervo, no eres su amo; él es el sol, pero también la arena, es el mar. Eres tú y todo lo bello que te rodea. La naturaleza. Toqué las olas del mar y sonó de repente en mi mente: “How deep it´s your love” de mis Bee Gees. Y sí, que profundo debe ser mi amor por mí.

Y cuando llegue ese hombre que le regalaré a mi hijo; debe ser culto, amable, sensible, sencillo, sin una gota de ego ni superficialidad, que ame viajar a mi lado, fiel, que tenga clara su vida y sobre todo, que quiera compartirla conmigo. Cuando llegue ese hombre debo estar lista, en mi centro, brillar, estar preparada para compartir magia juntos. Nada de oscuridad, solo luz.

Como un último regalo de redescubrimiento, una palabra en letras mayúsculas, una especie de subtítulos, se quedó clavada en mi vista. Era la misión de mi vida, lo que había pedido hace meses, llegó tan claro y era algo tan obvio que me reí.

Vi a mi roomie atrás de mí, sentada en la playa fumando mota, me sonrió y me dio un telepático, todo va a estar bien. Caminé hacía ella, me senté a su lado, prendí un cigarro y pensé en esa palabra que se me apareció en el mar:

ESCRIBIR.

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