Cuando terminas una relación, piensas en el futuro que ya no será en pareja; será sola. Y después de un par de semanas te das cuenta que no has tenido sexo, que ya nunca tocarás su piel, que no vas a despertar a su lado nunca más, que no habrán besos de sus labios, ni te hará cariños en la espalda, que jamás volverá hacerte el amor. Ese pensamiento me acechó; ya no caminaré desnuda frente a él y me dirá que me acueste a su lado pues no puede resistir las ganas de tocarme. Alguien más disfrutará su cuerpo, sentirá su piel contra la suya, tendrá la yema de sus dedos sobre su torso desnudo, alguien más le tocará el pelo, el cuello… paré.

Debía parar esos pensamientos, tenía que dejar de sentirme menos. Un tema que me ha mortificado toda la vida es mi cuerpo y al estar con alguien diez años más chico llegue a sentirme fea y vieja. No podía comprender como él, que podía estar con cualquier niña de su edad, prefería estar conmigo. No es que me considere el jorobado de Notre Dame, pero no es lo mismo cuando tu novio tiene tu misma edad, han vivido casi las mismas cosas y sus cuerpos se ven remotamente similares; se siente el paso del tiempo. No, yo tenía que “competir” (lo pongo entre comillas porque las mujeres no debemos competir entre nosotras, ese es la mentira más grande que nos han querido vender para separarnos), con pequeñas versiones de veintidós años. Empecé a engordar, me dejé de tal manera porque según él yo le gustaba como fuera y eso me dio un poco de confianza. Comía lo que él, dejé de caminar una hora diaria como lo hacía antes, subí casi diez kilos. Y sin darme cuenta, ya no era la mujer que él había conocido. Sus amigas y conocidas me traumaban, no soportaba que le dijeran guapo en alguna red social, no podía ser igual que ellas, porque ellas tenían algo que yo no: juventud.

Me deprimía mi edad, quería nacer de nuevo para tener la misma edad que él y tener la seguridad que te da la juventud. Esa libertad de ponerte unos pequeños shorts y que no se te vea celulitis. El no tener estrías o no tener arrugas. Ellas me ganaban por mucho, pero él juraba que solo tenía ojos para mí. Resultó ser solo un espejismo, pues en el momento de terminar, demostró que ya le gustaban todas esas niñas a las que a mí me daban miedo. Y al no tenerlo a mi lado, mi ansiedad sobre la edad se disparó. Mi poca autoestima cobró otras dimensiones. Mi peso me deprimió a tal magnitud que tenía que pesarme en la báscula todos los días y rezar por bajar de peso para que él regresara a mí y no fuera a ellas. Yo había perdido por creer que era un oasis a sus ojos que resultó ser solo un charco.

Pero la culpa no era suya, era mía. Todos los días de mí vida me he dicho lo mismo: Odio mi cuerpo; odio mi estatura, odio mi nula cintura, odio mis pies grandes, mis hombros anchos, mi poco busto, mis nalgas aguadas, mis piernas, mis estrías, mi celulitis, mi cara, mi pelo. Odio mi color de piel, mis arrugas marcadas. Y ahora odiaba no ser joven y perfecta o en su defecto, odiaba no saber poner filtros como las niñas que le gustaban y verme sensual.

Hace unos días en la playa, mientras el sol me bañaba y el mar me hablaba, con mucho dolor traté de entender el por qué era tan insegura, porque no me gustaba ni un poco y recordé que hace años, un hombre de “confianza” abusó de mí cuando yo tenía diez años. Me quitó todo el amor que una niña debe sentir a esa edad por su cuerpo. Odio mi cuerpo porque mi primer recuerdo sobre el, fue eso. Entendí que tenía que soltarlo. Pero, ¿Cómo le pides a tu niña que deje ir algo tan doloroso y que empiece a amarse cuando nunca lo ha hecho? ¿Cómo sentirme sensual cuando a los diez años lo sensual estaba implícito con lo asqueroso? ¿Cómo abrazar a esa niña y decirle que era bella a pesar de todo?

Comprendí por qué odiaba mi cuerpo y me dio nauseas solo pensar a todas las cosas a lo que lo había expuesto; años de destrucción… usar mi cuerpo para que me amaran, acostarme con hombres que solo me usaban, fumar en exceso, tomar hasta caerme y causarme cicatrices. Me di cuenta lo poco que amaba mi cuerpecito y el solo ha tratado de defenderse como puede.

Mi cuerpo no tiene la culpa de que a veces me digan que parezco travesti o que me llamen gorda o que mi ex consideré a otras más hermosas, mi cuerpo solo avanza y hace que mi corazón lata, a pesar de los golpes, está completo y de pie.

Pueden decirle lo que sea, pero es hora que tenga alguien que lo defienda, es hora que alguien lo vea hermoso y lo consienta. Verme al espejo y decirle: ¡Eres precioso! Es hora que camine desnuda, pero no para nadie más, sino para el, para que se sienta libre sin prejuicios. Es hora de hacer ejercicio para que este fuerte y firme y se sienta bien consigo mismo, es hora que nadie más lo quiera solo por una noche, para un fin de semana o un año, mi cuerpo desea sentirse amado, no solo para un rato, sino para toda la eternidad.

Porque mi edad no es el problema, tengo orgullosamente treinta y dos años, seguirá envejeciendo y necesita a un compañero que no le den miedo las arrugas y que se quede a pesar de los años. Necesita que yo lo ame y lo proteja de gente mala.

Me di un beso en el hombro y le dije a mi cuerpo, a mí ser: Un día alguien te amará, te hará cariñitos, te besará de nuevo, te hará el amor, tocará cada peca y despertará abrazándote. Pero mientras eso pasa, lo haré yo.

Perdonarme es el primer paso para volverme amar.

En la noche me acosté, puse mis manos sobre mi corazón, lo sentí latir y pensé: Bien, mientras yo te sienta y tú a mí, nada nos volverá a lastimar. Templo mío, gracias por existir.

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