Nací sin saber a qué mundo venía.
Uno en el que no está planeado si tienes vagina.
Mi madre, una mujer inexperta
No tuvo opción.
A los veinte años tuvo que dar a luz y su destino cambió.
No sabía, que con el tiempo, su hija se cuestionaría el por qué las mujeres tienen que ser como les marca la sociedad.
Mamá no tenía idea que podía aspirar a más.
No fui tan rebelde, me encantaba ser princesa, mi cuarto rosa, cortinas de corazones. Soñaba con un príncipe y no tener que pensar.

Jamás se me comunicó que podía conquistar la luna, treparme a un árbol, ponerme pantalones, correr, ser única, especial.
No recuerdo cuando empecé a compararme con otras niñas de mi edad, pero mis amiguitas de la infancia tenían la atención de aquellos a los que debíamos atrapar, ellos, los niños.

Quería con todo mi corazón, tener un poco de esa luz, desde muy pequeña entendí que lo único importaba era ser bella en esta sociedad.

No tu conocimiento, no tu ingenio… tu sensualidad.

A los diez años llegó mi abuso sexual.

Mi padrastro. Siempre es, por lo regular, un familiar.

Comencé a rechazar mi cuerpo, a vestirme como niño, que no se me viera el poco busto que me brotaba, en mi mente estaba la palabra: Culpable.

No podía comprender que había pasado, ¿había sido porque deseé ser bonita? Estaba confundida, mi cuerpo era una moneda de dos caras, podía tener la mirada de los hombres, pero de los buenos y malos. Una palabra que entendería con los años; consensuado.

Adolescencia, la parte de mi vida poco original, me veía al espejo y mi reflejo era un monstruo. Orejas grandes, niña espaldona, chinos rebeldes. La princesa se convertía en sapo y los problemas comenzaron.

Primer novio, primer faje, primera relación sexual. Mi cuerpo sólo era para ser querida, para recibir un abrazo, una especie de amor, era un intercambio, moneda de cambio.

Nadie me explicó que no era un objeto sexual, que era un sujeto que podía ejercer mi sexualidad con libertad.

Y cuidado que las personas supieran que hacías en la intimidad, podías ser llamada zorra, puta, loca, todo menos una persona.

“Ve cómo va vestida, con razón nadie la toma enserio”, esas palabras salieron de mi boca.

El karma nunca aleja su mirada, después, por mi manera de vestir, me llamarían prostituta, me pintarían dedo y se dudaría de mi talento.

Cuando insultas a una mujer, te insultas a ti misma.

En una etapa de mi vida, estuve en escuela de legionarios y quería ser consagrada.

En otra trabajé de mesera en un Angus y quise ser cortesana.

En alguna otra, quise ser esposa sumisa y no cuestionar nada.

Todo giraba con la falta de opciones, o eres puta o una santa.

Libre o madre abnegada.

Blanco o negro.

No había medio color en nada.

El patriarcado no concibe una mujer culta que le guste estar escotada.

Años de tener hombres a mi lado que no me aportaban nada, me perdoné y entendí que el abuso sexual no tenía que seguirlo pagando en mi cama.

Decidí tener una voz y vestirme como me diera la gana.

Me dediqué a las palabras.

Escritas y habladas.

Y cometí el sacrilegio de ser chistosa.

Nunca creí que el ingenio fuera cobrado de la manera más cara.

Hace poco, mi ex novio apareció en un programa hablando cosas intimas de la relación, pero lo que más me afectó: “Le hubieras insultado diciendo que no era chistosa”, le dijeron. Él rio.

Desvalorar la voz de una mujer, en mi caso, la voz cómica, es el arma mortal del machismo y el patriarcado. Es decirte, “no hables, no tiene ni caso”.

No rayes, no destruyas, no te enojes, no grites, no te alteres, no seas tú. Suprimida, amiga, porque de todas formas no vas a lograr nada, vete a lavar los trastes y tender la cama.

Tener la fuerza de ser fuerte a pesar de los golpes, requiere de valentía.

Rechazar la aprobación de los hombres, no es sencillo.

Seamos honestas, ¿Quién no quiere estar del lado ganador?

Mirar a las perdedoras del partido, jugar para ellas, sentarte en la banca o de repente, por el trabajo en equipo, con esfuerzo, meter un gol, es una decisión.

No todas debemos ser amigas, hermanas, solidarias, con ser compasivas unas con las otras, basta.

Si a ti te violan, a mí me matan.

Las reglas las escribimos en la marcha.

Mientras lloramos, ensangrentadas al ritmo de una batucada.

Paliacate verde, significa control del cuerpo, queremos que sea nuestro.

Hay hombres que disfrutan ponernos en contra, hay mujeres que sienten plenitud al ser más que otras, nada podemos hacer, pues todos somos machistas, está en nuestra sangre, es la más temida oscuridad.

He decidido, a esta altura de mi vida, comunicarme, conectar con mi género, amo a los hombres, esto no es cuestión de ganar, es humanidad, equidad.

Hablar de lo que nunca pude hablar: El abuso, la confusión, la menstruación, masturbación, tu nómbralo, esos tabúes que me frenaron tantos años, pues al asumir mi poder sexual y juntarlo con mi nivel espiritual y mental, muevo mi vibración y me convierto en súper mujer.

Estoy conectada con el universo, con la luna y la marea.

Soy bruja.

Soy madre tierra.

Que hablen, que señalen, que violen, que hablen en programas, que maltraten, que humillen, que maten, las que sobrevivimos, no merecemos compasión alguna, nosotras “nos buscamos lo que nos pasa”, ya sea por el tamaño de nuestra falda o por ponernos “locas” en una marcha.

Por eso nos quemaban.

Por hacer medicina, por unirnos, por tratar de sanar.

El apoderarte de tu cuerpo en esta dimensión llena de sexo, pero para los hombres, en cualquier revista o espectacular, el decidir ser mamá o parar el proceso de una forma legal, jamás va a gustar.

Ojalá mi mamá hubiera tenido la opción. Aunque yo no hubiera nacido, no cambio por nada su felicidad. Mi madre es la primera mujer que me tardé en admirar, pero que hoy, la veo con los ojos de una guerrera, como mis abuelas, mi madrastra, mis hermanas, amigas y enemigas.

No pido otra cosa para ellas que plenitud en esta tierra.

Nunca creí que llegar a este mundo con vagina fuera tan difícil.

Niñas vendidas por sus padres, secuestradas para trata de personas, violadas por sus familiares, acosadas en las calles. Matadas por tomar un taxi.

Mujeres indígenas siendo maltratadas, mujeres negras siendo marginadas. Al final, soy una mujer blanca privilegiada.

Nunca pensé que tener vagina era pecado mortal, toma la manzana Adán, seré castigada por toda la eternidad.

Soy mala feminista porque me tardé en aceptar, que nacer con vagina fue lo mejor que me pudo pasar.

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