Los treinta y cinco años me pegaron. Vinieron con meses difíciles, una depresión profunda, operación de apéndice, dejé el alcohol, el termino de mi relación de más de tres años con alguien que no me amaba, pero sobre todo, el indicio de mi vejez inminente y la muerte.

No me morí, maldita sea, y matarme no era opción porque no quiero reencarnar. La adultez es una época en la que nadie te prepara, es espantosa. Veo mi cara y las líneas de expresión no engañan a nadie, ya me veo grande. Sonrío y me sale una estría, ¿Cómo es eso humanamente posible? Todas mis amigas están en el dilema de la edad, casadas o solteras, vemos nuestro cuerpo y caras cambiando, nuestra energía decayendo, y nuestros sueños nos ven de frente “No has logrado ni la mitad que querías lograr.”

Yo, por mi parte, no salí durante meses, porque no puedo tomar y eso me generaba ansiedad. No quería salir con hombres porque no me sentía lista. Así que la vejez pegó más. Adopté un gato, lo que sigue es aprender a tejer.

Aún así, cada día me sentía más fuerte para salir a antros, conocer hombres y ser la Marcela que me había caracterizado. Marcela divertida.

Tener una primer cita me angustiaba, ya no tomo alcohol, así que me di cuenta que sería difícil conocer a alguien que quisiera tener una cita con la aburrida abuelita en la que me había convertido. Pero sobre todo, me di cuenta que nunca, y cuando digo nunca es nunca, había tenido sexo por primera vez con alguien.

Sobria, quise poner un punto para que pensaran que era virgen. ¿Lo logré?

Tocar una piel distinta, besar a alguien, que me vean desnuda, el alcohol me ayudaba, no sabía como actuaría sobria. ¿Y si el sexo me dejaba de gustar también?

Me llené de trabajo para no pensar en mis problemas de mujer blanca privilegiada, decidí hacer shows benéficos más seguido y ayudar a la gente (el otro día invité a un show a quince personas de una fundación que ayuda a gente discriminada. No fueron. Ellos me discriminaron a mí. Miren, ya mejor le doy vueltas otra vez a lo del suicidio).

Empecé a verle el lado positivo de tener treinta y cinco años, y pues lo único que se me ocurrió es que no tengo setenta, así que podía volver a salir y ¿por qué no? Hasta volverme a enamorar.

Ya lloraba menos, se lloraba y se llora, pero ya le dedico diez minutos y no más, no tengo tiempo. Eso es ser adulto, llorar mientras te bañas.

Di show en Playa del Carmen, de los shows más lindos de mi carrera, y el fin de semana lo pasé en hoteles hermosos, que mi manager Marthita me consiguió, porque es una chingona. Una noche llegué y habían chocolates para mí y una botella de agua en donde debería estar una de champaña. Y pensé: “Cómo me gustaría compartir esto con un hombre.” Después me arrepentí, porque esos regalos de la vida, son para que los disfrute en soledad, para que me ame, y después, si llega un hombre, sea digno de compartir esos momentos conmigo. Ya no puedo tener a un cualquiera, me merezco todo, pues he trabajado muy duro para lograrlo. Alguien bonito para mí, que me ame lindo, que me cuide ahora él a mí y eso me ilusiona, alguien que lea un libro a mi lado. Algo así de básico.

Llegó una amiga a Playa del Carmen, el tercer día que estaba allá y le dije, “Estoy lista, me urge salir, bailar, ver gente”. Ella no quería, les digo, treinta y cinco años. Logré convencerla y al caminar para buscar un lugar no quiso entrar a ningún antro. Fuimos como a una especie de bar restaurante a la orilla de la playa, con gente mayor que bailaba música cubana. Me tomé un Red Bull, ella dos mezcales, no recuerdo de que hablábamos y mi amiga empiezó a llorar y dije: “Suficiente, vámonos”.

Al día siguiente me dijo “Qué oso que lloré en el antro” y le grité “¡No era un antro!”

Me rehusaba que mi vida social se convirtiera en eso. El puente del quince de septiembre, hice un chat con mis amigas solteras y les dije: “Nos vamos de puente, hombres, mirreyes, San Miguel de Allende, ¿quién se apunta?”

¿Saben qué me contestaron? Es que me da hasta pena escribirlo: “Mejor rentemos una cabaña en Valle de Bravo y nos quedamos ahí todas.” Una hasta se atrevió a decir “Yo llevo las cartas”. Cuando una puso que fuéramos a Taxco a comprar plata eliminé el chat.

¿Qué estaba pasando? ¿Este era mi presente? ¿Mis amigas y yo comportándonos como si ya estuviéramos en un asilo?

Me negaba. Una cosa es querer morirse y otra estar muerta en vida. No, no, no. Tengo mucho que vivir aún. Y lo entendí, recordé como la noche era mi momento favorito; coquetear, sentir, gritar, ser yo pues cada momento es único. Recuerdo una vez, en mis veintes, estaba en un antro viendo la bola de disco dar vueltas y pensé que era protagonista de la canción “Dancing queen”. Esas cosas tan simples me llenaban, fantasear, dibujar, leer, escribir, estar rodeada de gente chida y a veces no tan chida. Vivir en el presente.

Me atreví a tener una primera cita, un argentino, ya saben, es mi comida favorita. Él no quiso tomar nada de alcohol por respeto a mí. Lo vi a las diez de la noche y acabamos a las cinco de la mañana. Hablamos de no querer reencarnar, del universo, de las almas gemelas. Me dijo que también estaba en el proceso de superar a su ex novia. Y nos dimos amor sin tocarnos; le conté mi vida y él la suya. Fue muy lindo, porque sabía que no estaba lista para tener sexo, ni para una relación, pero estaba preparada para conectar. Eso sí, eso siempre.

Me di cuenta que las citas ya no son para ver si hay sexo después, son para conocer a alguien en su proceso humano y espiritual. Eso es lo bello de los treinta, ya no hay máscaras, hay lo que hay y eso es honesto, lo que había pedido años.

El puente, vino una amiga de Cuernavaca y sin planearlo, fiesteamos como quinceañeras todo el fin de semana. Hace mucho no me reía tanto, acabamos en una fiesta con puros veinteañeros que nos querían ligar por ser las tías del lugar. No hicimos nada con ninguno, pero sentirse aún deseada, fue una cachetada de guante blanco, era como si el tiempo me dijera: La gente ve que eres hermosa por fuera, a veces, se dan cuenta lo bella que eres por dentro, ¿por qué tú no lo ves?

Fuimos a un antro y había una bola disco, me sentía guapa, sexy, despierta sin el alcohol, única, especial y a la vez, una más.

Vi la bola disco y en mi cabeza sonó “Dancing queen”, y tenga la edad que tenga, seré esa reina que tiene un gusto por la vida, que en algún momento se le olvidó, pero está de regreso.

Por cierto, ya tuve sexo sobria, cancelen el asilo por ahora, esta señora aún tiene su libido.

 

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