Empezó como todas las películas de amor, yo viendo una serie, “The Paradise” y no podía dejar de llorar.

Mi vida en pareja, después de vivir juntos dos años, me tenía rara; el hombre me amaba, me era fiel, me apoyaba en todo y aun así yo no era feliz y lo dejé. ¿Estaba mal querer más? En la serie salía un hombre que soñé varias veces, yo quería algo así, un hombre que me amara locamente, que fuera caballeroso, atento, romántico, talentoso…

Y llegó. Solo me faltó especificarle al universo la edad; me llegó en un paquetito hermoso de veintiún años. Yo tenía treinta y uno. Y todo comenzó como empiezan las películas: un día sostuvo una cortina para que yo pasara después de un show y me dijo: “Me gustas mucho”. Lo vi extrañada porque nunca sé que hacer en esas situaciones. Aunque parezca lo contrario, no estoy acostumbrada a recibir ese tipo de halagos. Pasaron los días y no me lo podía quitar de la cabeza, ese preciso momento, su cara, su gentileza. Le escribí para vernos y ahí me dijo su edad. No lo podía creer, pero me imaginé que podía ser una buena aventura. Y en un antro, en medio de mucha gente, nos dimos nuestro primer beso. No sé cómo explicarlo, es como si mi boca y la suya estuvieran hechas para estar juntas. Después, nos separamos tres días y dije, necesito a este ser humano.

Dejé toda mi vida, me cambié a miles de departamentos pues no me alcanzaba para nada lujoso, pero él me ayudó en cada proceso, en cada mudanza. Y un día en Acapulco, después de hacerme una cena romántica con vino, me sacó a bailar al son de Frank Sinatra para decirme: Te amo.

Yo no podía más de amor, nadie había sido tan bueno conmigo, y yo solo quería ser amada de esa linda manera. Pero cuando hay amor de por medio, no todo mundo está de acuerdo. Empezaron los comentarios con la edad. Todavía ayer, una amiga suya me preguntó tres veces: “¿Qué haces con alguien de veintidós?”, pues me enamoré de su alma, no de su número. No era la única con preguntas, yo no sabía que venía de familia “adinerada”, y al parecer no solo es pecado que una mujer sea más grande que el hombre, también es pecado ser pobre.

Aguantaba comentarios de miembros de su familia como que yo solo iba tras su dinero, que seguro quería embarazarme, que no tenía sentido que yo estuviera con él, cuando yo pagaba la renta donde él dormía, cuando jamás lo dejaba pagar de más por ser chico. Aguanté criticas de comediantes; me comenzaron a decir vieja, señora, él era un chingón por estar con alguien más grande, pero le decían que yo le iba a romper el corazón, que solo lo estaba usando. Hubo hasta gente que dijo que yo nunca lo iba a dejar crecer en el StandUp. Yo lo vi crecer en la comedia, le di más aplausos que nadie, le dije todos los días lo maravilloso y talentoso que era. Pero no era suficiente, al parecer, ser “vieja” incluía que yo era mala persona. De hecho, se me llegó a decir que lo envidiaba. Envidia de la mala. Tener diez años más no solo me hacía interesada, vieja y mala, también quería lo peor para él.

Y así íbamos, contra todos. Hasta un día mi papá me dijo que estaba viviendo en una fantasía. Mi papá, un hombre que le lleva quince años a su esposa. ¿Por qué es permitido para los hombres ser más viejos que una mujer? ¿Por qué no puede haber equidad ni en eso?

Aguanté malas caras, malos tratos de su círculo cercano. Una vez leí un mensaje de su mejor amiga diciéndole que yo estaba muy por debajo de su nivel. Que parecía una loca, basándose simplemente en mi apariencia. Cuando leía ese tipo de cosas, pasaba noches llorando, sin saber si estaba haciendo bien, analizando el porque me sometía a este tipo de cosas, ¿era acaso masoquista? Y puede que el mundo no lo entendiera, pero cuando estábamos él y yo acostados, abrazados, viéndonos a los ojos, diciéndonos lo mucho que nos amábamos, olvidaba que estaba dejando la posibilidad de casarme, o de tener hijos, o de tener algo “normal”, porque nadie se ponía a pensar que él en cualquier momento podía dejarme y yo tener treinta y tantos años ¿y si descubría muy tarde que siempre sí hubiera querido hijos? Lo estaba dejando todo por él. Aun así, yo era la peor escoria por ser “vieja” y “pobre”.

Ayer un comediante dijo en un show que yo era tan mayor, que seguro ya no me bajaba. ¿Cuál ha sido mi pecado? ¿Envejecer, amar a un niño que no ha vivido los mismos años que yo? Yo le pedía llorando “crece amor” y él me decía “ya voy amor, perdóname por no nacer diez años antes”, me lo decía con sus ojitos cafés llenos de ternura y le besaba toda la cara. Las mujeres no podemos envejecer, no podemos salirnos del molde, no podemos ser diferentes a las demás, porque cuando nos atrevemos, la gente nos trata con mucha crueldad.

Y ojo, no soy una víctima, al final, tuve mi historia de amor, a pesar de todos, a pesar de los insultos, lo amé locamente, esperando con miedo que él me cambiara por alguien más joven y linda. Él me decía todos los días que yo era perfecta, pero me sentía tan vieja, gorda y fea al lado de sus amigas de veintidós, todos viéndome raro, como si fuera una tía.

Hasta yo empecé a creer que no lo merecía. Que yo era poca cosa. Que él me hacía un favor.

Y ahora pienso, ¿hasta cuándo vamos a permitir que la sociedad nos dicte lo que está bien o mal? ¿Cómo permití que entraran en mi cabeza para decirme lo poco que valía? Ya he pasado por mucho bullying en mi vida como para volverlo a pasar a los treinta y dos años.

¿Cuándo las mujeres vamos a poder decir… suficiente? No vas a juzgarme por mi edad, físico o por mi nulo dinero en el banco. Soy ser humano, no una cosa. Y al final, pasó lo que pasa en las películas de amor, alguien boicotea la relación, porque no puede ser que todo el mundo te diga que estás mal y que pretendas estar bien. Alguien en la relación boicotea ese gran amor porque no cree lo suficiente en él. Porque no se puede ir en contra de la corriente, y menos cuando esa corriente te tiene agarrado de todos lados.

Nos amamos tanto, que un día, en locura, nos tatuamos una langosta, porque son los únicos animales que son fieles. Así de ilusos, así de tonta, así de enamorados.

Nunca hay que arrepentirse de las cosas que hace uno por seguir su corazón, nunca. Prefiero nunca casarme, nunca tener hijos. Prefiero haber tenido a mi langosta por solo un minuto, que no haberlo tenido en lo absoluto.

Como las historias de amor extraordinarias, las de diferentes edades, razas, religiones o hasta nacionalidades, se necesitan dos para luchar en un mundo tan destruido por el prejuicio.

Pero se necesita uno para amarse locamente a pesar de ser diferente.

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