Hace un año encontré un pajarito, lo vi afuera de un teatro; lleno de vida, alegría, con ganas de vivir, pero solo. Solo como cuando se te cuela el frío por la mañana en la cama. Me miró con sus ojos grandes y cafés como diciéndome: Llévame contigo.

No me lo llevé, pero otra noche lo volví a encontrar; llegó volando a un lugar, yo estaba con mis amigos, no le tomé tanta importancia, lo dejé posarse en mí, un pájaro con alas amarillas y pecho rebosante lleno de plumitas doradas.

Desde esa noche, el pajarito no se alejó de mi lado; le costaba despertarse en las mañanas, apenas y podía abrir los ojitos hinchados, por más que movía sus plumas no podía levantarse, así que yo le decía mientras besaba su carita: Buenos días bebé, ya es hora de cantar. Y me cantaba, día y noche melodías de amor; bailábamos a ese son… ¡Ah! ¡Cómo amaba ese pájaro!

Aun así, le decía que no podía quedarse conmigo para siempre, que un día tendría que volar para irse, que tenía mucho que conocer, otras pajaritas con quien volar. Él movía su carita, tratando de decirme que no, que se quedaría en nuestro hogar, que por favor no lo alejara, que nos iríamos a la playa a envejecer juntos, que él me amaba, que no era un capricho, que le diera oportunidad de demostrarme que eran en serio sus palabras.

Y vivimos unos meses juntos, a veces buenos y a veces malos. Yo no quería volverme dependiente de mi pájaro, porque en el fondo sabía, que las promesas se las llevan las acciones, la vida misma, los errores. Que él pertenecía a la montaña, que tenía que volar.

Ignoré mi instinto y viajamos, él y yo nada más, como dos trotadores sin miedo al futuro; fuimos a la playa, fuimos a la montaña, es más, fuimos hasta a Tijuana.

Veía el mundo a través de sus ojos, le aplaudía todos sus cantos, cada vez cantaba mejor, entonaba mejores melodías al pasar los días. Y de repente, ya no sólo yo le prestaba atención, todos a nuestro alrededor se dieron cuenta del talento del pájaro y cada vez que esto ocurría, mi pajarito se llenaba de orgullo y ego, ya no era ese pájaro solito que yo conocí, se sentía todopoderoso, con ganas de cantarle a muchos oídos más.

Me dio miedo perderlo, que se fuera por el mundo sin mí, me llené de inseguridades y le reclamaba: “Seguro te irás y me dejarás”. Me contestaba que no, pero lo veía observando el horizonte. Lo notaba cada vez más lejano de nuestro hogar. Comenzamos a pelearnos todos los días, hasta que una noche, salió y no regresó a dormir. En la mañana cuando le pregunté a donde había ido, me mintió, lo podía sentir en su canto, para mí, ya no habrían más canciones de amor.

Y me dejó, un día, sin darme cuenta, ya no estaba ahí. Por más que le rogué al cielo, le supliqué al viento, le pedí que me lo regresara el universo, nadie escuchaba mi lamento, mi pajarito se había ido y era decisivo. Lloré como nunca en mi vida, no podía creer que a mi pajarito se le habían olvidado todas nuestras aventuras, todo el amor que le di.

Una mañana regresó, me pidió perdón, me cantó de nuevo y bailamos hasta el amanecer. Pero era solo un espejismo, pues duró unas horas y ya se quería ir de nuevo. Lo metí a una jaula y le dije que esta vez no me dejaría; se enojó, me gritó, me dijo que nunca quería volver a saber de mí, que me odiaba… La realidad era simple: Mi pájaro ya no me amaba.

Sus alas se volvieron rojas de enojo, me miraba con tremenda indiferencia, me dijo que no quería ni volverme a topar. Que yo tenía la culpa de su mal comportamiento por no dejarlo ir.

Le dije: “No puedo dejarte ir, eres el amor de mi vida.”

A lo que me contestó:

“Yo sé que no es fácil, tú también eres el amor de la mía. Para mí es difícil no decirte que te amo, no regresar a tu lado, no poder abrazarte, no besarte, no dormir contigo ni cantarte diario. Sé que piensas que es fácil para mí, pero es lo más difícil que he hecho. Es muy difícil hacerle caso a mi cabeza y mandar al carajo a mi corazón. Mi corazón es pendejo y medio suicida, pero me sigue exigiendo cosas que ya no le puedo dar. No es fácil, no hago menos tu sentir, pero no eres a la única que le cuesta trabajo. Yo no quería regresar a cantarte porque era más fácil. Estar a tu lado me es igual de difícil, actuar de una manera que nunca he actuado contigo. Actuar de una manera que no se siente natural… pero ya no puedo, ni quiero darte lo que necesitas para ser feliz, necesito volar, déjame ir.”

Le dije que no, que un día se iba a arrepentir, que iba a sentirse mal de tratarme así. Nada importó, me dio la espalda y se fue a dormir.

A la mañana siguiente, ya no estaba, había forzado la cerradura y se había ido. Por más que le grité “Te amo”, nada importaba, ya no estaba, ya no me oía.

Traté de seguir con mi vida, pero su melodía estaba tatuada en mi piel, un día… sin darme cuenta, dejé de pensar en él.

Pero alguien siempre me recordaba que lo había visto volar, arriba en la montaña, ya no tenía plumas doradas, estaban marcadas de rojo, que todo en él había cambiado, no sé si para bien o para mal, pero que su canto era tan potente, que convertía las langostas del mar, en sal.

TWITTER: @marcelecuona

INSTAGRAM: marce_lecuona

 

promocarrie