“¡Enfréntate a ti misma!” Dicen, como si adentro de mí viviera una enemiga con la que tengo que luchar a muerte, y si la venzo, ¿no estaría matando una parte de mí también? No es un virus de gripa que se me  metió, es algo que es  mío ¡Soy yo! ¡No quiero luchar conmigo! Por eso, por hacerles caso a  “los que saben” me he mantenido en guerra aquí adentro, enfrentándome constantemente a mi misma, a veces enflacando mucho y a veces subiendo de peso, con ronchas que salen de la nada, dolores de cabeza; esa soy yo enfrentándome a mi misma, diciéndole a mi niña interior: ¡Tú no opines, ésta es una plática de grandes!

“Autodisciplina” le llaman, “domina a tus demonios” proponen, ¡Oye, si tengo demonios adentro yo quiero ser su amiga! Ser la jefa no es divertido ¿Han visto un demonio ser sometido? Es un espectáculo horrible, cruel y más aún  peligroso, un demonio que es reprimido y dominado, no parará hasta liberarse o hasta morir con su  guardián ¿Y ahí voy a estar yo, gastándome para mantenerlo en la jaula? No creo, he visto personas que envejecen enojados y mucho más cansados que el resto porque están llenos de jaulas con monstruos que ya no caben en ellas, algunos engordan mucho para tener más espacio porque los demonios iracundos rugen fuerte y hay que tener lugar para el cuarto de los gritos, con mucha agua para que se ahoguen, por eso hay gente que parece que no llora, sí llora, pero para adentro, para llenar su cuarto de gritos ahogados.

Es fácil decirlo, ya sé, pero ser amiga de los demonios tiene su complejidad, a mis demonios por ejemplo, no les interesa una amiga que sienta culpa, cuando les quiero platicar que me siento mal porque hice esto o aquello, luego de un buen bostezo, me miran con los ojos hacia arriba y se dan la vuelta  para dejarme sola. Una vez, uno tuvo paciencia y me dio una respuesta ¿Saben lo que significa tener  paciencia para un demonio? Creo que lo agarré en sus cinco minutos, me dijo: “La culpa estorba, si sientes culpa es porque ya sabías que estaba jodido lo que ibas ha hacer y de todas formas lo hiciste, sientes culpa porque fuiste hipócrita con todos nosotros ¿Quieres dejar de sentir culpa? Arregla el puto problema y a lo que sigue ¿No puedes? Acepta que eres menos chingona de lo que creías y haz algo para crecer del tamaño que quieres ser ¿No puedes? ¿Te da culpa llegar a  ser “mejor” que los que dices querer? Ya está, suicídate, deja espacio para los que si pueden hacer algo que valga la pena.”

Mis demonios son más valientes que yo, ¿Por qué querría someter  a tanta fuerza creativa?  Ellos son capaces de hacer y decir cosas que yo no puedo porque mi “yo” público está ormadito a ser políticamente correcto: no corro, no grito, no empujo, aunque diga que lo hago para parecer progresista, la verdad es que me asusté de la vida hace un tiempo y he estado en una especie de coma emocional que no me deja hacer claramente, sin embargo ellos están aquí, no se han mudado, no les da pesar mi soberbia ridícula, no se burlan por mis tropiezos de principiante ni por mi mediocridad que va y viene, mis demonios tienen clase, son tipazos que descubrí que solo reaccionan cuando me caigo o cuando alguien me hace daño; gritan, rugen, cuestionan, tienen ataques de epilepsia, rompen sueños como si fueran platos y estuvieran borrachos, les sale espuma por el hocico, susurran a gritos en mi oído cosas  horribles como: ¨¡Hazlo, dile lo que piensas! ¡Sí te lo mereces, ve por el! ¿Quién te paga la puta renta? ¡Ah! ¿Entonces? ¡Qué no, dile que no, si no quieres te puedes ir, maldita sea!”

¿Y esos son los demonios a los que tengo que dominar? No creo, en todo caso  voy a  tratar de conquistarlos, de aprenderles, de tener la misma clase que ellos, mis demonios son más compasivos que yo conmigo misma; no sé como llegaron aquí o porque les gusta vivir conmigo, bueno a veces sí lo sé, uno de ellos llegó cuando era niña, yo era débil como cualquier niñita de seis años y tuve una experiencia cercana a la muerte, cuando desperté estaba entre sus enormes brazos peludos, yo entera no alcanzaba el tamaño de sus garras  filosas, de sus fauces caía saliva con un poquito de sangre y de su hocico gigante salía un vapor que olía a hiel; sentí miedo, de verdad era intimidante y horrible, sus ojos rojos como el infierno miraban  con sospecha a todo lo que se moviera. Cómo pude, huí, mi corazón agitado llevaba el ritmo de mis zancadas ansiosas, pero no pude alejarme mucho, aparecía en mis sueños persiguiéndome, se hizo mi pesadilla recurrente y corrí por años, ¡por años! Hasta que una noche no pude más, me caí  y me alcanzó; me levantó con el hocico como hacen las bestias salvajes y corrió conmigo hasta lo alto de una montaña, se sentó en la cima y me dejó caer entre sus brazos para que pudiéramos ver juntos el amanecer. Sentí paz por primera vez desde aquel incidente y entendí que a pesar de lo horrible e intimidante que era aquel demonio, era mi demonio y no estaba ahí para hacerme daño ni para ser enfrentado sino para protegerme, para hacerme más fuerte y para darme paz.

Estoy aprendiendo a escuchar a mis demonios con más atención, he decidido que no se me da la gana  intentar dominarlos ¡Son mis demonios y los amo maldita sea! ¡Que vengan conmigo, que tomen forma en mis palabras, en mis actos, que me ayuden a expresar lo que hay en mi alma con pasión! Así me siento viva, así vale la pena llevarlos dentro.

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