Estos últimos tres meses han sido de mucho trabajo, lo agradezco mucho, porque justo los meses anteriores fueron de nada de trabajo y por consiguiente nada de dinero.

La cosa es que estos días me puse a pensar que, a pesar que a todos los proyectos a los que me han invitado he dicho que sí y que mi corazón se siente feliz y realizado de hacer sus sueños realidad, mi cuerpo se siente cansado y a veces parece pedirme aunque sea un día para despertarme tarde, lo que me lleva a pensar: Tengo mucho trabajo y no tengo tiempo, pero hace unos meses que no tenía trabajo, ¡tampoco tenía tiempo!

Llevo meses queriendo inscribirme a natación y siempre hay algo que me hace decir “No me va a dar tiempo, ¿para que lo pago si no voy a ir? Este mes no puedo” y así. Ir al cine, salir a cenar (Sin que sea a los tacos de la esquina de regreso a casa), salir al parque, por un helado, a caminar, a conocer, a pasear (al teatro no cuenta porque es parte de mi canasta básica). Esta reflexión me hizo darme cuenta que dejo muchas cosas para después, tristemente cosas que son para mí.

Hace unos días, llegó a mi vida una noticia que estaba esperando desde hace tiempo, algo que sé cambiará mi vida por completo, y no he tenido tiempo de sentarme a comentarlo como debe ser, y estoy segura que ni siquiera en mi cabeza le he dado el espacio y tiempo necesarios para recibirla como se merece.

Por esos mismos días platicaba con una amiga y le contaba que a veces no me da tiempo de llorar, que hay días que tengo mil cosas en la cabeza, agobio, pensamientos negativos, o simplemente porque hay días que una necesita llorar y no puedo. Le decía: “Y entonces ya no pude llorar tanto como quería, porque al otro día tenía unas fotos y ni modo que llegara con los ojos hinchados y saliera toda recién llorada en las fotos.”

Recuerdo que desde la adolescencia no me gusta llorar “nada más porque si”, sobre todo frente a mi familia, no sé si es hacerme la fuerte o más bien no quererme ver débil.

La cosa es que me di cuenta que no tengo tiempo ni para llorar. La amiga con la que platicaba me decía: “Lo importante no es que quieras llorar, si no ¿por qué quieres llorar?”

¿Razones? Miles, aunque creo que a veces simplemente es necesario, que tu cuerpo necesita sacar algo por ahí, que ayuda a que el alma descanse y ¿porque no? Hasta para hacer berrinche o sacar alguna frustración cotidiana.

Me quedé con esa pregunta y dije, ¿será que tampoco me dejo hacer eso? Digo tampoco porque así como la natación, después se me olvida y no lo hago. Seguramente hay algo que no quiero tocar, o alguna zona que no quiero rascar dentro de mí, que me da miedito y prefiero no hacerlo porque eso que tengo no es algo que acabará pronto.

Hasta cierto punto muchas de mis amigas andan en las mismas; si no son los hijos es el trabajo, el negocio, un taller lo que sea. Amo hacer lo que hago, aunque hay días que verdaderamente no quiero hacer nada.

Y pensé: ¿Qué necesidad de tocar este tema en mi primer post? Pero, si no lo empiezo a trabajar, ¿Cuándo podré avanzar, cuando saldré del lugar donde tampoco me gusta porque por algo quiero llorar?

Sean cuales sean las razones por las que necesito llorar, son realmente importantes y necesitan de su tiempo para “ser”, así como una caminata, o leer, o “hacer nada”, no es una cosa que tenga que ganarme, ni algo que no merezca, tampoco es un pecado, no me hace ni más ni menos fuerte.

Ir dejando cosas para después hasta el punto de no tener tiempo para llorar, no es otra cosa más que dejarme a mí para después, preferir aguantarme u olvidar o hacer que se me olvide la razón por la que quería llorar o simplemente evadir.

Y mantenerme ocupada es un recurso que me funciona y que se usar bastante bien.

No tengo por qué tener miedo de lo que quiero decirme, de escucharme a mí misma.

Toda la vida voy a estar conmigo y necesito aprender a escucharme, así sea a gritos, con risas, con pensamientos fuertes, fantasías o simplemente en silencio intentando escuchar lo que estoy pensando realmente y lograr entenderme.

Sería maravilloso poder entender esto a la primera, incluso me leo y me sorprendo, pero habrá que empezar a hacerlo consciente, a  practicarlo y a hacerlo un hábito para que cuando menos me dé cuenta, sepa manejarlo y acomodarlo, incluso “agendarlo” como la natación, que ahora sí, este mes que empieza, voy a ir… ¡Ah, no! Son vacaciones.

¡Mentira! Sí voy a ir.

Estoy segura que empezar a hacerlo de a poquito, pero constante, ayudará a que llegue un momento en que no necesite “agendar” tiempo para mí, porque siempre voy a estar conmigo.

 

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