La primera vez que me embaracé pensé en todas las circunstancias posibles a las que me enfrentaría como nueva progenitora, yo deseaba una niña, pero ¿y si era varón? Deseaba con toda el alma que trajera completos los dedos de manos y pies, que no fuera muy moreno, tampoco rubio (no había de donde) que le gustara el deporte, las artes y que fuera muy estudioso, que con el tiempo tuviéramos afinidad en gustos y que por supuesto me amara como nadie más hasta ese momento lo había hecho.

Cuando estas preñada piensas en todos los escenarios posibles, pero lo último que consideras, es tener un hijo homosexual. Nunca pasa por tu cabeza pensar: “Ojalá sea lesbiana, las mujeres son mejores parejas”, “Sería fabuloso que mi hijo fuera gay y tuviera un gusto exquisito para vestir”, nunca pasa. Después de mucho tiempo de tenerlo en tus brazos y verlo crecer, uno de tus pensamientos sobre su futuro, además de querer verlo como un profesionista exitoso, es: “¿Cómo será de mamá (o papá)?” y claro, la pregunta más importante: “¿Qué tal me veré de abuela?”

Hace veintitrés años formé una “familia convencional”: mamá, papá y tres hijos maravillosos, educados de la misma manera con amor, respeto y cariño, tratamos siempre de darles buenos ejemplos, su padre y yo hemos trabajado mucho y les hemos inculcado los mejores valores y principios posibles.

Hoy confieso que tengo un hijo homosexual, lo escribo con la palabra más descriptiva y correcta para que se entienda de manera determinante y clara, porque lo ideal sería ni siquiera mencionarlo, ya que solo hablamos de una preferencia sexual la cual debe ser tratada en la intimidad de un hogar, por lo demás, él es igual que todos nosotros, con defectos y virtudes; trabajador, amoroso, honesto y tal vez exageraría como buena madre que soy, en listar sus cualidades. No les voy a mentir, fuimos a psicólogos y acudimos a diversas terapias y al final entendimos que nada cambiaría, su preferencia no define su calidad humana, es mi hijo y lo amo por el simple hecho de haberlo procreado con todo nuestro amor.

Estamos viviendo tiempos difíciles, de intolerancia, polémicas, marchas y movimientos a favor de las familias naturales donde muchas personas, que supongo tienen la calidad moral para exigir que algunos no tengan derechos y que nos hacen creer que son muy estudiadas del tema, teniendo el valor para determinar que la homosexualidad es una enfermedad, seguramente no tienen vicios, no roban, cumplen con sus impuestos, no participan en la corrupción, no tiran basura en la calle, son excelentes ciudadanos con hijos modelo que no hacen bullying, no consumen drogas y no abusan del alcohol, etc.; y que seguramente cuentan con el privilegio de tener una “familia normal” que se cuadra a todas las normas sociales y piensan que están exentos a una situación vulnerable.

¿Cómo una madre le puede decir a un hijo que no tiene derechos? ¿Cómo puedo decirle que está en un mundo tan incongruente en el cual gente homosexual es famosa, talentosa, son aplaudidos y apreciados por esa misma sociedad que ahora los rechaza y les niega sus derechos? Científicos, diseñadores, catedráticos y artistas no pueden formar parte de una comunidad aceptable, les podemos admirar, pero jamás pertenecerán a nuestra sociedad pulcra, educada e intachable. ¿Cómo le digo que no puede ser padre y darle amor a un niño necesitado? Cuando hay madres y padres (conozco varios y muy cercanos) que ni siquiera debieron serlo, con hijos abandonados y mal criados. Tengo sobrinos que vivieron el rechazo y descuido de “familias naturales”, conozco la historia de un amigo muy cercano que vivió el maltrato de un padre alcohólico que lo dejo lisiado de por vida, lo he visto. ¿Cómo le digo a mi hijo que no puede amar a alguien de su mismo sexo, porque según el mal entendimiento de la escrituras de Dios, está prohibido? Aun cuando una de sus mejores enseñanzas es “amarse los unos a los otros”. ¿Qué hago? ¿Lo corro? ¿Lo destierro? ¿Le digo que es una escoria? ¡No señores, es mi hijo! Y lo amo, su padre, hermanos, familia y amigos lo aman, están orgullosos de él, daríamos la vida por su felicidad, no está enfermo, no es una aberración y con esto les expreso una frase real contra todo aquel que piense lo contrario: ¡No te metas con mis hijos!

Piensa muy bien si es correcto marchar contra los derechos de otros, porque tal vez mañana esos mismos los necesite alguien a quien ames mucho. Ojalá así marchemos algún día por todas las injusticias de este país, pero con esto entiendo que tenemos el gobierno y el destino que merecemos. Marcharé por un mundo mejor, por la delincuencia, por los necesitados, el hambre y el mal gobierno, jamás en contra de los derechos de otros seres humanos. Hoy le digo a mi hijo y a quienes pasan una situación así, que defenderé con ustedes los derechos que necesiten para ser feliz, porque hoy más que nunca, hijo mío, tienes un grupo de personas que te aman y sabemos que eres más que una preferencia, más que una segmentación de la población, eres un gran ser humano, eres de mis entrañas, gran hermano, amigo de muchos y un artista en potencia. Cuando decidan tener hijos, no solo se preocupen por si será niño o niña, doctor o astronauta, por darle todas las cosas materiales que ustedes no tuvieron. Cuando decidan tener hijos, ocúpense de educar niños felices. Pd. Todos aquellos que dicen “Yo tengo amigos gay y son buena onda”, “No tengo nada en contra de ellos, pero…”, “Los respeto, pero no los acepto”, les aviso: Son homófobicos.

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