Les cuento; estoy en una pequeña cafetería, sentada frente a la ventana, mi taza de americano me calienta las manos, son las seis de la tarde, ese momento entre el día y la noche en el que todos quieren llegar a casa, pero nadie lo logra y hace frío, sobre todo frío; a mí solo me gusta el frío cuando estoy en una cama después de seis orgasmos y no lo siento.

Pero hoy no hay orgasmos, hoy hay recuerdos y secretos para compartir porque yo nací sin pena.

Siempre fui una niña muy solita ¿saben?, mi mamá me tuvo a los cuarenta y dos años, mi papá trabajaba viajando y nací después de cinco hermanos que me llevan muchos años, para que se den una idea, en los años noventa yo estrené ropa usada de los setenta, era como tener siete papás; cinco adolescentes y dos pasaditos de tueste.

Crecí un poco como la hierba, de esa que va con libertad a donde quiere y de vez en cuando la cortan a tajos para que enderece el camino; pero al final crece fuerte y retorcida… como yo.

A los doce años me llegó Andrés (sí, él de cada mes) y un 36 copa “C” y ¡PUM! Cóctel hormonal de madrazo (y en el salón nadie más tenía tetas, más humillación pública para mí, gracias.) Dolían, pesaban y daban una comezón del diablo, yo no sabía qué hacer, esconderlas no era posible. Doy gracias a la naturaleza que me dio pies grandes, si no seguro me hubiera caído un montón de veces para adelante.

Un día mi mamá me compró un “bra” muy cómodo, era lo mejor del mundo con tirantes anchos, hasta podía saltar y a pesar de que mis tetas parecían petardos estaba contenta; hasta que noté algo raro, la parte de adelante del “bra” se podía desprender, primero pensé: ¡Qué pornográfica mi mamá! Me compró un “bra” para coger, pero espera… no ¡Es un “bra” de maternidad! ¡Tengo las tetas de una señora con lactante! ¡Me quiero morir!

¿Por qué a mí?  Ni siquiera me quería ver en el espejo, tocarlas menos, eran unas extrañas gigantes que estaban ahí sin que las hubiera invitado nadie, haciéndome punto de referencia: Ahí, junto a la chichona. Objeto de las  miradas morbosas del  profe de química y oyente de  frases  “súper” creativas de mis compañeros de clase: ¡Qué te tomas compañera! ¿Y  por qué no? De las palabras dulces de “las amigas” (dicen que entre más grandes las tienes más rápido se te caen.) Yo no era popular, pero mis tetas sí y las odiaba.

Un día me harté, hiciera lo que hiciera iban a estar ahí para siempre así que no había de otra, las enfrenté en el espejo, las miré con calma, no se veían tan mal de hecho me gustaron y pensé: me vale, voy a enderezar la espalda y a dejarlas expresarse. Y resulta que tenían mucho que decir.

De pronto todo fue diferente; me cedían el paso en la calle, me trataban como si fuera una flor delicada del campo santo, pedían mi opinión, me hablaban como si fuera una “mujer inteligente”. Entendí que era por las tetas y que éstas tetas eran mías, que de pronto se siente bien que ciertas cosas sean más fáciles y que es divertido que parezca que una tiene poderes mágicos.  La naturaleza humana es así, eso no lo hace correcto, solo lo hace cierto.

Frente a mi había dos opciones: podía aprender a ser lista con los años, hecha una jorobadita, luchando siempre para ser valorada no por mis tetas sino por mi capacidad intelectual y  por “mi  hermoso ser  interior” para que al final dijeran: mira es una mujer muy lista y muy acomplejada.

O podía aprender a ser lista y fuerte, con la espalda recta.

Y por el tamaño  de mis escotes ustedes pueden ver que opción escogí.

Todos tenemos cualidades y talentos que no pedimos y sin embargo están ahí, siempre podemos luchar contra lo que no nos gusta de nosotros mismos (es lo que hace la mayoría) o podemos aprender a amarnos; aunque el amor duele, es cierto, porque el amor  transforma y te hace crecer.

Oigan, terminé mi taza de americano, voy a pedir la cuenta  para irme, pero la próxima semana, estoy acá  de vuelta como en una cita pactada, ya quiero poder contarles más.

 

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