Sí me encanta el ‘pseudo’ porque me ha permitido experimentar varios problemas y patologías a lo largo de mi vida sin tocar fondo realmente, no significa que por eso no las haya sufrido, he sufrido y gravemente pero sólo por momentos, malas rachas por así decirlo.

Hace poco recordando mis años mozos, bueno, aún sigo en la flor de la juventud, pero cuando era todavía máaaas joven y estaba todavía máaaaas confundida con la vida, resulta que tuve problemas con cómo me veía, mi peso y mi bienestar.

Tenía como trece años y me encontraba en ese momento incómodo en el que no sabes que eres, ni eres niña ni eres adolescente o mujer hecha y derecha (bien lo cantó Britney alguna vez)….exactamente, eres una puberta insoportable y gruñona.

Pero gruñes porque ni tú entiendes qué onda contigo ni con el mundo,  sientes que todo está en tu contra y no le ves fin a este malestar.

 Agregándole conflicto al asunto, te rodean los medios y sociedad con imágenes que te hacen creer que siempre debes de estar perfecta, flaca, hermosa y feliz.
Créanme, no digo que no lo seamos pero no que se vuelva obsesión ni causa de sufrimiento y en algunos casos hasta de enfermedad.  No me sentía ni con la estatura adecuada ni con el cuerpo ni peso adecuados.
Empecé creyendo que era mejor comer menos y más saludable, mi lunch consistía en tres galletas verdes (eran de algas y no sé qué cuanta cosa que las hacían disque nutritivas y poco sabrosas), una porción de zanahorias ralladas y una botellita de agua. Mi lista de alimentos (los tenía anotados en una lista pegada en el refri) eran: avena, lechuga, pasas, arroz, sushi y barritas.
Y pues realmente no era comer más saludable, era una mamada!

Porque no era una dieta balanceada ni ninguna nutrióloga me la hizo, yo me la inventé porque mi única preocupación  era que no quería consumir calorías ni grasas ni cosas que me fueran a engordar. Nunca estuve gordita ni pasada de peso, pero en lo que mi cuerpo se desarrollaba y acomodaba, yo sentía que tenía muslos gigantes, lonjita molesta y no me sentía bien. Podía gruñir y cantar mi estómago del hambre pero yo no comía nada más porque me parecía que me vería mal, como cerda tragando, y cuando llegaba a ceder a algún impulso o antojo pasaba horas torturándome mentalmente de porque lo había hecho, que débil era.
Me daba asco.
Nunca llegué a vomitar ni a estar en peligro por tener un peso demasiado bajo, pero puedo entender a las chavas que llegan a esos extremos. Al verte en el espejo ves lo que quieres ver, en verdad llegas a distorsionar tu imagen y si piensas que estás gorda, con cuerpo feo, cero agraciada, lo que sea, así te verás.

Pasó el tiempo y me di cuenta que no me sentía contenta ni sana, creo que hasta había empeorado mi humor pubescente.

Un día a la hora de la comida, una amiga me invitó a que probara unos tacos de arroz con mole que hacía una señora y que estaban buenísimos, un poco insegura pero accedí y bueno… una mordida y sentí la gloria. La vida me había regresado al cuerpo.
No es como que por eso ya fuera feliz para siempre, no, no me salvaron unos tacos de mole!! Y tampoco es como que ahora me dedicara a degustar cuanto antojo y garnacha me pusieran enfrente sin importar las calorías y demás, pero ridículamente o no, entendí que no me tenía que limitar sino más bien CUIDAR.
Que no tiene nada de malo ni desagradable (en verdad yo lo veía así, que comer algo que no se viera bonito me haría desagradable) comer de todo y que la respuesta para tener un buen cuerpo es primero aceptar tu cuerpo como es, no pretender tener uno que no tienes, no todas seremos altas, ni chichonas, ni nalgonas ni extremadamente flacas, ni caderonas o robustas o lo que sea, es tu cuerpo y sea cual sea tu complexión lo mejor es sacarle su máximo y pues en segundo lugar sería comer balanceado y hacer ejercicio, puede que no te encante o a lo mejor sí, pero seguro que si lo tratas bien y le das lo mejor, te sentirás mejor.

No me niego antojos jamás, habrá afortunadas que disfruten muchísimo comer ensalada y ni les cruce por la mente comerse una bolsa de papitas, pero como yo, habrá también las antojadizas que sí necesitamos del apapacho ocasional y disfrute que representa la comida. No en vano es un placer, pero como todo placer hay que moderarlo.  A veces se me pasa la mano, pero trato de complementarlo con cosas sanas y que pues si en algún momento tengo unos kilitos demás tampoco es el fin del mundo, mientras yo me sienta bien sabré cuales son mis límites y cuando rechazar ese último pedacito de chocolate y así mi cama sea la más rica del mundo también salir a correr una hora será delicioso al final.

Luciana