¿Recuerdan cuando se vieron por primera vez? ¿Ese micro segundo cuando en sus ojos se vio un “me gustas”; y de todas las personas, se eligieron? Esa sonrisa tímida de uno, esa confianza del otro, el beso lo detonó. En ese beso, existió la posibilidad del amor.

Se tocaron, ¡Vaya que se tocaron! Llenaron el vacío de sus vidas al tener sexo desenfrenado sin ninguna consecuencia, sin importar la hora ni el lugar. Qué manera de valer madres, de no hacerse responsables de lo que conlleva desearse tanto. Él, ella, ustedes. Inseparables; cuando uno conecta lo único que importa es llenarse por completo, besarse hasta morir, mirarse, vivir el momento.

Comenzó la confianza, las risas, las historias compartidas. A veces era con una botella de vino, otras, el contemplar de un atardecer. Podían pasar los días al caminar o las noches al dormitar, acostados cuchareando (aunque a él no le gustara tanto), lo hacía por complacerte. Tú hacías tu parte, tú también, los dos hicieron que funcionara.

¡Qué extraordinario cuando dos seres humanos se compenetran tanto! Cuando se platican sus infancias, sus más oscuros silencios, sus dolores; qué fuerte sentir compasión por otro ser, abrazarlo cuando llora porque sus padres no le hicieron caso de niño o ese hueco que siente el otro al oír un abandono de su compañero querido. A eso se le llama amor; cuando se empieza una relación, no son más que dos desconocidos que quieren ser escuchados, abrazados, con la esperanza que esa compresión dure toda la vida.

Se hacen juramentos: “Yo nunca te voy a lastimar”, “Estaré contigo siempre”, “Contarás conmigo toda la eternidad”, “Este momento lo voy a atesorar”, como ese en el balcón, uno en las piernas del otro, abrazándose y jurándose que será lo último que pensarán al morir. Qué promesa más absurda, qué promesa más bella. Eso tienen los enamorados, son los más incongruentes y a la vez los más sanos.

Un amor de película, todos los son; carreteras sin fin, jugar con las olas, desayunos en la cama, cuerpos entrelazados; una pierna cerca, unos besos en la cara, celos sin fundamentos, reconciliaciones apasionadas. Bailar, bailar de noche, bailar en la madrugada.

Uno tiene dudas, el otro las rescata. “Esto va a funcionar, lo juro, confía en mí”, el otro no se deja engañar: el truco ya se lo enseñaron los patrones de su infancia, no existe tal cosa como la felicidad. No existen los cuentos de hadas.

Cuando estamos solos, tenemos hoyos en nuestras almas; esas carencias tan básicas: la relación con nuestros padres, depresiones, vacíos emocionales, pero cuando llega otra persona y nos enamoramos, tapamos esos hoyos pues no tenemos que ocuparnos de ellos. Aun así, hay algo en nosotros que nos dice que esos hoyos existen y que no se deben abrir de nuevo, mientras esa persona siga en nuestras vidas, esos hoyos van a seguir inexistentes. Y ahí están, esos hoyos sin resolver, latentes.

Cubrieron esa coladera, esos hoyos en su esencia. Por un tiempo. Empezaron las peleas. ¿Quién es ella? ¿Quién es él? Seguro me engañas, ya no me amas, no te gusto lo suficiente, no me admiras, eres un hijo de puta, cabrona, pon que estás en una relación, sube fotos nuestras; el juego sin fin del poder que no tiene nada que ver con el amor. Ya no se mandaban tantos mensajes, se dejaban en visto (Romeo y Julieta no tenían que vivir con la desgracia de las redes sociales), se colgaban el teléfono, se peleaban por cualquier tontería sin darse cuenta que los hoyos comenzaban a surgir. Inseguridad, miedo al abandono, control, manipulación, dolor.

No notaron que se empezaron a odiar. Sacaban cosas del pasado, pláticas que se habían contado en la intimidad eran las cartas perfectas para atacar, no se dieron cuenta que se convertían en enemigos.

Uno de ustedes, en un momento, ese decisivo, ese que nadie sabe de dónde sale, ese que no hay como dar vuelta atrás… comete un error. Un error grave, toma una decisión consciente de que la relación no vale la pena; en su caso, fue una mentira, una traición, un intento de infidelidad. Un intento, pues solo se puede engañar a uno mismo. Los hoyos han quedado al descubierto.

Devastación, tormenta, ruegos, llanto, falta de dignidad, humillación al por mayor, y por lo regular, uno es la víctima, otro, el victimario. Pero en la vida, nos toca jugar esos dos papeles, depende la obra que en esta temporada se represente.

Uno sufrió más que el otro, se dijeron cosas espantosas; “ya no te amo”, “déjame en paz”, “ojalá te mueras”, “salte de mi vida”, “no quiero saber de ti nunca más”. ¿Qué pasó con sus promesas? Por lo general, a los desenamorados les da amnesia.

Te bloqueó, pero no sólo de sus redes (¡Ay Romeo y Julieta! ¡Cómo los envidiamos! Ustedes tenían una daga, no tenían la opción de bloquear), era más un bloqueo emocional.

El que lastima sin miramientos, es el que está más herido por dentro. Esos hoyos, por fin, están sin nada que les estorbe, no hay nadie que los cubra, están a flor de piel y ahora se pueden ver sin comisuras. Ponte lentes, porque lo que vas a ver, te va a arder. Esa compasión, cuando habitaba la armonía y el amor, ya no existe. Ahora podemos ver lo más oscuro de la persona que nos dijo amar.

Tomaron caminos distintos; rieron con otras personas, besaron diferentes bocas, se conformaron con las sobras. Uno sanó de una manera, a otro le importó muy poco hacer introspección; nada es bueno o malo, sólo los hoyos siguen creciendo para el que no quiso trabajar. Hacer la tarea después del amar, es lo que requiere más esfuerzo personal.

Siguieron sus vidas, crecieron en su trabajo, fueron al cine, leyeron un libro, conectaron con otros seres, y un día, sin darse cuenta, dejó de doler tanto.

Hace poco, ella vio un atardecer y se acordó de él, le quiso escribir, pero sabía que la dejarían en visto, que ya no la amaban. No tenía caso, él ya era su pasado.

Hace unos días él escuchó una canción que le recordó a ella, se la quiso mandar y dedicar, pero sabía que ella le reclamaría su ausencia, su falta de interés, así que decidió guardarse ese momento para él.

Par de absurdos, no se dan cuenta que eran mejores amigos, que son uno, porque todos lo somos, porque cuando el amor brota a tal intensidad, ese hoyo no se debe tapar, debe fluir en libertad.

En una realidad alterna, nadie se traicionó, existió la humildad, el amor, las promesas se cumplieron, el ego nunca llegó a ganar… Nunca fueron ex novios, fueron vida, fueron amanecer. Ellos se escogieron de entre millones de personas, se miraron a los ojos como si se dijeran: “me gustas”, con una posibilidad de todo, que terminó en vejez, junto a la playa.

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