Aún recuerdo lo que fue tener veintitrés años y entrar a Casazul, una de las escuelas de teatro más importantes en México. No sé cómo, pero me quité toda inseguridad un par de horas para decir un monólogo que me tardé una semana en aprender. Me avisaron que había quedado después de ese torpe casting, pero no a la carrera de actuación, sino al propedéutico que consistía en dos semanas de clases intensivas; si los profesores te aprobaban, estabas dentro.  

La mayoría de mis compañeros eran más jóvenes, yo era más grande porque había estudiado cine un año antes de dejarlo por mi verdadera pasión: actuar. Pensé que sería como un Woody Allen; escribiría mis propias películas para poderlas actuar, pues consideraba que era muy fea para que alguien me diera algún papel. Pero un día tuve el valor, y ahí estaba, con mis compañeros más chicos que yo, físicamente perfectos, como debe ser un actor (y no por esto me refiero que pesen veinte kilos, sino que tengan la flexibilidad y la condición física que se requiere para interpretar cualquier papel). En mi caso, tenía la armoniosa gracia de un refri o un boiler. En mi propedéutico éramos más de veinte personas (entraban menos de cien personas a la carrera) y estaba una comediante de la que tal vez han oído: Alexis de Anda, y déjenme decirles que era perfecta. Técnica de ballet, guapa, buena actriz y con una actitud de rockstar que intimidaba.  

Cuando corríamos por el parque México (lo hacen para ver cuanto aguantas y que tanto poder tienes sobre tu cuerpo), yo era como el rinoceronte de Jumanji ¿ya saben? Ese último que corre detrás de todos y no puede alcanzar a la manada, esa era yo. Alexis sudaba oro, es más, creo que ni sudaba. Mi personalidad introvertida, (sí, yo llegué a ser muy tímida), no ayudaba en nada, hablaba con pocos y me regañaban los profesores por ser tan consciente de mi cuerpo poco perfecto y mis carencias como actriz. 

Estaba segura que no quedaría y en mi último ejercicio, un ejercicio actoral, recordé porque quería ser actriz: Nicole Kidman, Meryl Streep, Kate Winslet. Quería hacer un Dogville mexicano, quería ganar un Ariel y ¿Por qué no? Un Oscar. 

¡Oigan! Se vale soñar.  

Di todo en ese ejercicio actoral, ensayé días enteros. Escribí toda una historia, me comprometí, di lo mejor de mí. Después de mi presentación, una noche antes de que dieran los resultados, no pude dormir, no tenía otra opción, era eso o ser recepcionista de algún lugar donde no se necesitara mucho más que saber contestar el teléfono. Pinté un rato en óleo, que era lo único que me calmaba, y lloré mucho de los nervios. Al día siguiente no fui a ver los resultados, un amigo me escribió para decirme que había quedado; estaba en la lista. Después ese amigo me confesó que el mismo se sorprendió que yo había quedado. Maldito.  

Obviamente Alexis no pasó a primero, pasó directo a segundo año y ahora tiene un especial en Netflix; porque perfecta. 

Ese año en Casazul, para después pasarme al Cea, la escuela de Televisa, fue el año más difícil, pero de los más bellos de mi vida. Muchos jóvenes en un espacio, tratando de conseguir un sueño: actuar. Sin ninguna pretensión de fama o prestigio, solo actuar. Nos hicimos hermanos, lloramos juntos, sudamos, nos besamos, nos reconfortamos… y mi último ejercicio ese año fue desnudarme por completo, física y emocionalmente, sin hablar, pude hacer una escena donde me hacía una prueba de embarazo y decidía abortarlo. Si, desnuda, porque ya no había nada de malo en mi cuerpo imperfecto. Porque ya podía desprenderme de mí, para ser alguien más.  

Cuento esta historia por una razón; eso pasó hace diez años. Después egresé del Cea y no pasó mucho con mi carrera, personajes de secretaria en novelas mediocres y un par de rosas de Guadalupe. Me vetaron de la empresa y tuve que encontrar otra manera de expresión: mi blog.  

Intenté vender mi serie de Mimosas, y aunque había canales interesados, todo se caía, nadie creía en mí. Hice miles de castings, no quedaba en ninguno, cuando un proyecto estaba a punto de materializarse, de repente, por alguna razón, me decían que siempre no. 

Llegó el stand up y con eso, experiencias maravillosas; podía conjuntar todo lo que había aprendido: actuación, escritura, improvisación, pero, sobre todo, el hermoso escenario.  

Y hace poco, cuando la actuación ya era algo olvidado para mí, me invitaron a formar parte de una serie. Hice casting, callback y después grabé el primer capítulo de la serie. Pero aún faltaba que el canal dijera sí al proyecto. Hace poco, dieron luz verde.  

No sé si es la edad, pero no estaba emocionada, estaba segura que en algún momento me llamarían y me dirían que no daba el perfil, que querían a alguien famosa o que el productor murió y no hay quién haga la serie. Aun así, con poca expectación, dejé que el tiempo pasara.  

Decidí ponerme a dieta para la serie por si las dudas y la nutrióloga me dijo que no podía tomar una gota de alcohol en un mes. Ese día estaba en profunda depresión y aunque le dije a la doctora que sí, muy dentro de mí sabía que iba a hacer trampa, ¿no tomar alcohol? ¡Ni que fuera para tanto!  

Ese mismo día, el escritor de la serie (amigo mío), me escribió para decirme que la serie se había cancelado. Lloré mucho durante un día entero, una vez más se había caído un proyecto, estaba cansada de luchar en este medio ojete. Estaba a nada de caer en suma depresión cuando alguien me dijo: pues si estás cansada de luchar por tu sueño, pues consigue un trabajo godín 

Nada contra los oficinistas, pero no me da el cerebro para algo así. Y esa noche, cuando creí que todo estaba perdido, me puse a ver la biografía de Meryl Streep y dijo algo que me movió por completo. En la película, La decisión de Sofía, ya tenían elegida a otra actriz, pues tenía que ser polaca y Meryl le llamó diario al productor para que le diera una oportunidad: “Si ya tienes a la actriz, ¿qué más te da verme?” 

El productor accedió verla y claro, obtuvo el papel. Y no solo eso, en las escenas del campo de concentración, cuando el personaje tenía que verse completamente moribunda, ella dijo: “No comí nada durante un mes, y cuando digo nada, es nada”. 

Se me puso la piel chinita, aquí estaba quejándome por no poder tomar alcohol y esta actriz no comió un mes. Pensé: mis sueños no acaban aquí, sigo siendo esa niña de veintitrés años que lo único que quiere es actuar, que quiere ser valorada por su talento, que quiere sentir para hacer sentir a la gente, vivir vidas que no son la mía y hacer una actuación digna. No importa si ésta o miles de series no se dan, mi sueño es lo que importa. 

Al día siguiente me enteré que el escritor me había jugado una broma sucia y que la serie seguía en pie. Grabamos en mayo. Y no sé qué suceda, no sé si la serie verá la luz (en teoría, sale en septiembre), no importa si es un éxito o no, lo que importa es que vale la pena dejar todo por este bello sueño que es actuar porque es poder ser niños de nuevo.  

Un artista, un verdadero artista, crea de corazón, no por las razones equivocadas, los demás, con el tiempo se caen.  

Y para mis queridos actores, mis compañeros, mis queridos artistas, casi nadie entiende lo que requiere dejar una vida “normal” para realizar un sueño. Así que este post es para ustedes:  

No teman si las castineras ahora escogen a influencers, no tengan miedo si hay gente en pantalla que nunca ha pisado una escuela de actuación, no se hagan menos si gente menos talentosa está en pantalla o si le dan oportunidad a personas que solo están ahí en calidad de suerte. La envidia es enferma y daña la vena actoral, mi único consejo es que expresen a través de arte: escriban, pinten, formen sus propios proyectos y alguien se fijará en ustedes, o mejor aún, se fijara la única persona que vale la pena: tú.  

Les dejo algo que un día dijo uno de mis mejores maestros de actuación:  

“Nunca dejen de sorprenderse de algo en el día, de lo maravillosa que es la vida. Porque el día que dejen de sentir, ese día no podrán volver a actuar.” 

Y en el fondo, sigo siendo ese rinoceronte que corre atrás de muchos, que a lo mejor no merecían correr en primer lugar, pero no soy yo para juzgar, mientras siga corriendo, aunque sea bofeando, todo estará bien.  

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