Un sentimiento no nace de la nada, la semillita la coloca siempre alguien. El riego de esta no siempre es de quién la colocó, y no por hacerse el occiso de tal siembra puede evitar que esta crezca, tendría que haberla arrancado de raíz, si no lo hizo, no puede decir nada.

Así que me ocupé de ponerle a esta semilla abono de primera calidad y la coloqué en invernadero de mi corazón, creció y brotó la cosa bella del mundo.

Pero, intentó pisarla, le arrancó pétalos de esperanza, la quebró con acciones y la estrujó cobardemente, todo esto, cuando sabía perfectamente que no importaba cuánto la lastimaba por fuera, lo que debía fumigar y extirpar es lo que estaba debajo, pero por alguna razón egoísta esa parte nunca la tocó.

¿Y que iba yo hacer? ¿Escupirle en la cara? ¿Arrodillarme llorando y pedirle esas cosas que se espera cuando se ama a alguien? ¿Íba a exigirle que se preocupara por cesar mis lágrimas, que me diera palmaditas en mi espalda y después me hiciera el amor con locura, hasta quedarnos dormidos?

¿O que tal pedirle que se quedara conmigo para toda la vida?

También cabía la posibilidad de proponerle ser la única; de que me mirara a los ojos y respondiera mis te amo, de que me tomara de la mano al caminar, de andar por ahí y me sorprendiera tomando mi cintura, que me hablara de una casa con jardín y que aparecieran en el medio de la plática unos niños más parecidos a él que a mí.

Dedicarle las noches de luna llena y él a mí los días soleados, desvelarse un día y marcarme para decirme que pasó la noche en vela esperando que alguna estrella fugaz apareciera y que ha encargado nuestra felicidad a tres de ellas.

Que me respetara, y que me hiciera su compañera de baile en fiestas, que me regalara un vestido amarillo para salir a cenar, un perlas para embellecer mi rostro, y unas zapatillas para estar más a su altura. Decirle que sueño con él siempre en mi siesta de la tarde, que lo extraño hasta con los huesos y que acelera todo en mí con solo mirarme.

Y que él me dijera que él siente eso y más…

O en este caso, y dado lo que pasó, debí golpearle la cara, decirle que me duele el corazón, que me hizo llorar y sentir la más mentecata de mundo, ilusa niña tonta con cuerpo de mujer, debí decirle eres un idiota, te vas arrepentir porque nadie te amará como yo. Gritarle casi encima de su cara: ¿Cómo pudiste hacerme eso?  Podría…

Pero, ¿qué iba yo decirle? Si no éramos nada.

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