“Había una vez, en un reino muy lejano, una princesa independiente, buena, con valores, hermosa, no cantaba bonito, pero sí trabajaba mucho. Todo lo que tenía, lo había comprado ella. Hasta el título. Sus padres no habían sido unos reyes, de hecho, eran plebeyos, pero ella trabajó y trabajó para conseguir todo lo que poseía. Varios príncipes querían hacerla su esposa. Ella, se tomaba el tiempo de pensar, salía con uno y con otro para decidir y salía con otras princesas para divertirse. Con el tiempo encontró un buen príncipe que la amó con locura y lucharon día con día en pro de su relación. No se sabe si fue final feliz, pero vaya que lo intentaron.”

Si leyéramos de pequeñas este tipo de cuentos, no estaríamos dañaditas de la cabeza. Y créanme, el príncipe no es el problema. No importa qué tipo de hombre esperes: pelirrojo, alto, negro, nalgón, rico, si tú no sabes lo que vales, encontrar al príncipe será imposible.

Bajémosle al post-autoayuda. Así de simple: ¿Quieres casarte? ¿Un novio? ¿El amor? ¿Sexo casual? Créeme no es difícil, hay una sola pócima para el amor: Decirte todos los días… “Soy un partidazo”

Vayamos de general a particular. Si eres mexicana y soltera, ya valiste madres. Te explicaré por qué. El mexicano tiene esta peculiaridad de sentirse menos. No sé si te suenan los bonitos: “Mande, por favorcito, Dios te cuide, mi casa es tu casa, mil gracias, Dios te bendiga, preciosita, hermosita…” y todo diminutivo. Estamos tan acostumbrados a ser serviles (al extranjero le suena tan raro), desde la época de la conquista. No es que no debas ser respetuoso, pero tampoco eres esclavo. Por ejemplo; la palabra “mande” es de mandar: “Mande patrón”.

¿Cómo porque usamos un término así? Los mexicanos debemos entender que sí, fuimos conquistados, ¡Superémoslo carajo! No somos ningunos inútiles, ni esclavos de nadie. Quitémonos el mandil y empecemos a tratar al otro igual que a nosotros. Nadie es más ni menos. Cuando apliques esto, como mujer, verán a una persona más fuerte y menos sumisa.

Y si además de mexicana eres vieja, tienes todo un contexto cultural, que, no te preocupes, ahora mismo te vamos a quitar. Sí, estamos en un país machista, sí, casi todos los ambientes laborales son misóginos, ¡Sí! Los hombres no valen nada; nos conquistan con mariachis y toda la cosa y luego nos botan por otra en cuanto nos tienen. Muy a la mexicana. Pero ese maldito chip no debe ser tu referente. Mexicanitos: ¿No entienden que deben ser fieles? A la fregada. Hay muchos hombres en el mundo, millones que van a quererte cómo eres y van a tratarte bien. Que no tendrán problema con cuántos hombres te has acostado o si usas minifalda. Si un hombre te mangonea con sus actitudes de macho, móntalo al caballo y que se vaya mientras canta “Allá en el rancho grande”.

Estoy cansada de oír historias de mujeres guapas (todas las mujeres son guapas a su manera, así que mujeres, paremos el mame), trabajadoras, con buenos sueldos, divertidas, que sufren por hombres que no valen la pena. ¿Qué necesitamos para creer que somos buenos partidos?

Bueno, si eres una buena para nada, este post no es para ti.

Pero si todos los días eres guerrera, trabajadora, que te preocupas por tu cuerpo, tu mente y tu alma. Que luchas por tus sueños, tus deseos y por tener una vida plena, ¿Qué haces llorando por un pelele que no tiene idea de lo que quiere?

¿Estas confundida? Llora, lee, ve al psicólogo, busca ayuda, a tus amigas, escribe, pinta, sal con otras personas, viaja, infórmate, ve al gimnasio. La mañana que te levantes y le digas al espejo: “Soy un buen partido” y trabajes en ello, eso serás.

Sin soberbia, pero sin sumisión, sin arrogancia, sino con amor.

¿Qué hace a una mujer un buen partido? Creer que lo es.

Un buen partido sabe cuándo un hombre no tiene más que darle, sabe decir adiós, ponerle punto final a las cosas. Chicas, el mundo es muy grande, y aunque ahorita duela el hombre que no te valora, más va a doler cuando estés vieja y te preguntes: ¿Por qué no me quise lo suficiente? ¡Era una chingona!

Dejemos de ser mexicanitas sumisas, mujeres sufridas y dramáticas para ser esas princesas que escriben su propia historia.

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