tres bodas y un funeral

Nací en 1962, fue una buena época para nacer, ya que todo era libertad e infancia segura. Éramos nueve hermanos, de los cuales siete vivíamos juntos, seis mujeres y un hombre.

Mi madre era madre soltera, no muy bien visto en aquellos entonces, trabajaba todo el día en gobierno y como cigarrera toda la noche.

Producía en mí, una mezcla de temor y respeto. Mi padre, a pesar de ser una figura pública, Paco Malgesto, nunca convivía con nosotros, así que… puedo decir que solo tuve un padre: Mi madre.

La historia de mi madre fue muy singular. Nacida en la década de los treinta (bueno, eso creemos, nunca quiso revelar ante sus hijos su verdadera edad) fue concebida de un amor no bien visto. Mi abuelo no tenía dinero y mi abuela era de una familia acaudalada. Al enterarse de su embarazo, mi abuela quiso ocultarlo con un corsé durante meses, pero eso solo la debilitó, y al nacer mi madre… mi abuela murió.

Al saber esto, mi abuelo huyó… así que mi madre se encontró por primera vez sola, pero desgraciadamente no sería la última.

La mejor amiga de mi abuela se hizo cargo de mi madre, pero a los pocos años también murió, mi madre no tenía a nadie. A los quince años fue su primer embarazo, y así prosiguió durante toda su vida, creyendo en hombre tras hombre, quedando embarazada una y otra vez… su ignorancia y soledad fueron sus peores enemigas.

Hasta que nací yo. Me gusta pensar que somos parecidas, pero la verdad no. Durante toda mi infancia no sentí miedo, sentí pavor.

Mi madre nos pegaba con lo primero que encontraba, cables, ganchos, plancha… lo que fuera que nos pudiera dejar marca.

Nunca entendí por qué su odio hacia nosotros. Nos castigaba hincadas con las manos hacia arriba por horas en el calor… mis mejores amigas y compañeras eran mis hermanas, mis favoritas: Mireya y Teresa.

Eran más pequeñas que yo, así que me consideraba la líder del grupo, según yo. Mi madre era fanática de la limpieza, así que yo no escatimaba en gastos con tal de que mi parte fuera bien hecha. Le pagaba a Mireya para que lo hiciera ella, mi fortuna apenas y llegaba a los dos pesos semanales, pero con eso bastaba, Mireya poco a poco se hacía millonaria.

Pero un día ya no pude pagar mis cuentas y mi compinche Mireya me acuso con mi madre ¡Tremenda madriza que me patrocino mi progenitora! Y no por pagarle a mi hermana, sino por usarla como mi chacha. No aguantan nada…

Como se podrán imaginar, con una madre soltera y tantos hijos, no había mucho dinero. Nos las arreglábamos en un departamento de dos cuartos y todos apachurrados en dos camas… pero lo más sorprendente es que nunca faltó comida en mi casa… hasta en navidad mi madre se las arreglaba para traer un pollo rostizado para sus hijos y para niños de la calle que invitaba.

Aun así, Santa siempre llegaba, cada navidad me traía malditas muñecas que no pedía, de esas que al moverlas abrían y cerraban los ojos, de miedo las condenadas… odie a Santa hasta que fui mayor… ¡Maldito gordo panzón!

Mi infancia fue como todas, y como pocas.

Un día mi madre no pudo mantenernos más y Mireya, Teresa y yo acabamos en un hospicio. Yo, al ser la mayor, tenía que controlar a las otras dos, pero no aguantaba en las noches y me ponía a llorar desconsolada.

Una tarde logré escaparme de las fastidiosas labores y corrí a la dirección a marcarle a mi mama. El teléfono sonaba ¡No lo podía creer! ¡Me había salido con la mía! “Madre, nos tienen haciendo labores todo el día, debe haber un error, nosotras no pertenecemos aquí.” Mi madre me tranquilizo y después me toco tremenda golpiza de parte de la directora.

Mi madre había llamado para informar que yo me había reportado, que tuvieran más cuidado.

La odie. Mi odio se incrementó más un día que se llevaron a mi hermana Teresa a un cuarto a raparla puesto que había un brote de piojos. Mi pequeña hermanita no dejaba de llorar… Mireya y yo tratamos de tranquilizarla, pero en eso nos vio la directora…

¿Dejarme rapar? ¡Ni que estuviera loca! ¡Mis piojos se quedan dónde están!

Tome de la mano a Mireya y empezamos a correr. Tere se quedó atrás. Ni modo, en la guerra hay que dejar soldados atrás si es que te quieres salvar.

Entramos a un cuarto oscuro en el fondo del pasillo, ahí cerramos con seguro y nos reímos de nuestra aventura “Monja directora tonta, creyó que nos iba a atrapar ¡Jajajaja!” Alguien tocó mi hombro, casi me hago pipi encima, al voltear nos dimos cuenta que estábamos en el cuarto de las niñas enfermas de paperas.

Días después, yo pelona y con paperas. Muy bella.

Eventualmente regresamos a la casa, pero las maldades de mi madre no cesaron, golpeaba con cables a mi único hermano, lo sacaba a la calle desnudo para humillarlo, hizo que se lo llevara la policía porque lo acuso de vándalo.

La odiaba, ¿Cómo alguien podía ser tan mala? ¿Cómo no tenía mimos y caricias para sus hijos? ¿Por qué todo era golpes y gritos? ¿Por qué no podía tener una familia normal?

Uno de los colmos fue cuando conoció a su ultimo esposo, le dijo que todos éramos sus sobrinos menos mi hermana la más pequeña, ella era la única que le podía decir mamá. Cuidadito le dijeras mamá, porque tenías garantizada una gran tunda, es más, podías darte por muerta.

Obviamente el show no duró mucho, un día en la comida a mi hermanita Tere se le salió… “¿Mamá me pasas la sal por favor?”

Mi madre la vio con cara de “Te voy a matar”, el hombre se acabó enterando de la verdad y la dejó como todos.

Yo ya no sentía nada, ni bueno ni malo, esa mujer era una desconocida para mí, nadie puede ser tan ruin con sus propios hijos…

Y una mañana, después de haberle pegado a una de mis hermanas, se encerró en su cuarto. Dejo la puerta de par en par y me puse a espiar, y la vi… sentada en su cama con las manos en la cara… no dejaba de llorar, y estaba sola, como vino al mundo, sin ser deseada, nunca fue realmente amada, jamás sintió un abrazo desinteresado, un amor soñado… esa, ahí llorando, era mi madre… la única familia que yo tenía.

Quise entrar a abrazarla, decirle que todo estaba bien, pero me contuve, no tuve el valor, mis zapatos no estaban boleados y seguro me tocaría tunda.

Y ahora, que han pasado los años, me arrepiento de esa mañana, porque a pesar de la golpiza que seguro me habría dado, me hubiera arriesgado y le hubiera dicho:

“Madre, te perdono, por tus fallas, tus fracasos, tus golpes, por haberme abandonado, te perdono, porque vida solo hay una, y madre también. Te perdono, porque gracias a tus errores… yo trataré ser una madre amorosa, y gracias a tus aciertos, te seguiré… PORQUE EN ESTA VIDA NADIE PUEDE SER JUZGADO, Y MENOS POR SANGRE DE TU SANGRE, PIEL DE TU SER.”

Mi infancia fue como cualquier otra, y como pocas.

Y ahora que tengo a mi hija en mis brazos, solo pienso en lo difícil que es ser madre, y que esa mujer que sufrió tanto, si supiera cuantos nietos ha tenido y en la familia tan grande que ha formado…

Estaría orgullosa, porque nunca más estaría sola.

 

A MI MADRE, MIS TÍAS, MI ABUELA Y A TODAS LAS MUJERES QUE TRATAMOS, A NUESTRAS POSIBILIDADES, SALIR ADELANTE.

 

@marcelecuona

Marcela1