Estaba en el antro con mis amigas, entré al baño (al parecer mi vejiga ya no aguanta un tequila sin tener que ir a desecharlo), una niña me vio entrar y me dijo: “Tú que ya te ves grande, necesito un consejo.” ¿Grande? ¡Tengo treinta y tres años! ¡Soy una pequeñuela! No tanto como ella, al parecer. Me dijo que tenía diecinueve años, casi veinte, y que estaba enamorada de su jefe, pero que el susodicho tenía novia. Estaba a punto de darle el consejo cuando me platicó que había tenido sexo con un mesero en el baño y que le había dado un blow a un argentino en lo que llevaba de la noche. 

Un argentino, ¿cómo no lo vi yo primero?  

Esa niña no quería un consejo, quería presumirme que su vida sexual en una hora era más interesante que la mía en meses. Me sentí mal por ella, la veía tan perdida, me compadecí. A los veinte años yo apenas comenzaba una relación con un chavo que me quitaría la virginidad. Dos años de relación y la duración de “quitarme” mi virginidad, dos segundos. Lo siento, yo no sabía lo que significaba ser precoz y al parecer, él tampoco.  

Hace poco terminé una relación con un veinteañero, pensé: ¿cómo competir con estas veinteañeras tan experimentadas sexualmente, que dan todo a la primera y que se ven más hermosas que una? Las treintañeras no tenemos esperanzas si estas pequeñas versiones de nosotras están ofreciendo blows en los baños.  

Mientras tanto, yo disfrutaba esta nueva vida de soltera, en mis treintas, con un amor propio reconstruido, con mi personalidad 2.0 y comencé a sentirme bien conmigo. Pensé que había perdido la manera de coquetear, que me habían quitado mi flowpero no, seguía ahí.  

Conocí un italiano de dos metros, literal. Imaginen el tamaño de ese… intestino delgado. Nuestra primera cita fue un café, pero por itinerarios de los dos, durante más de dos semanas, todo fue por mensajes. Llamadas de tres horas en la madrugada, risas, cosas serias o chistes. Él no tiene redes sociales, así que era como tener casi veinte años de nuevo, cuando conoces a alguien por llamadas eternas o en persona y no por los filtros que usa en su foto de perfil.  

Al principio, no me interesaba en lo más mínimo, sexo, pensé, divertirme, qué flojera empezar una relación. A penas volvía amarme a mí misma después que mi veinteañero ex novio me dejó sin autoestima alguno. No, corrijo eso, después que permití cosas que no debí permitir.  

Envidié a las veinteañeras, esas niñas que la tienen clara tan jóvenes, una generación de internet e información que nosotras no tuvimos. Saben que quieren de su vida desde que entran a la universidad, a los catorce años ya tienen relaciones sexuales y manipulan su libertad desde temprana edad. Repito, ¿qué nos queda a las treintonas cuando las veinteañeras lo tienen todo? 

A la vez, me daban un poco de lástima, porque no tenían idea de lo que hacían. Una veinteañera me dijo una vez: Nunca he tenido un orgasmo. ¡Pues claro que no! No sabes ni donde está el clítoris, mi amor. (Las treintañeras sabemos que el orgasmo hay que trabajarlo, porque la mayoría de los hombres, no tienen idea de lo que están haciendo.) 

Ya me sentía una experta en la materia de vida, amor y sexo. No necesito que ningún hombre pase por mí o que me pague la cuenta. Sé tener sexo e irme a mi casa, o dar un beso y no sentir nada. Sentir algo por alguien a mis treinta… alguien que no conozco, imposible.  

El italiano me ganó con llamadas, audios, fotos y sus ideales izquierdistas. Trabaja en algo sobre el medio ambiente (sigo sin entender todavía en qué). Podía tener conversaciones con un hombre que ha viajado por todo el mundo y ha tenido experiencias que lo han marcado. Algo refrescante, he de mencionar. Pero de repente, algo cambió, cada día recibía menos mensajes de su parte, él salía de fiesta o se iba de viaje y casi no sabía de él. Y lo peor, me importaba. Sólo lo había visto un par de veces y el hecho que me importara si sabía de él o no, me espantó. ¡Yo no quiero una relación ni un novio! ¿Por qué me importaba que un hombre no me hiciera caso? Tengo mi vida, mi trabajo, mi familia y mis amigas. La fiesta no para, me siento una adulta imbécil, no sé si quiero casarme, me gusta el alcohol y la fiesta. Ni modo, sigo siendo una veinteañera de alguna manera.  

Tuve show una noche y quedó de avisarme si podía ir. Pasaron las horas y no sólo no me avisó, me escribió a las doce de la noche preguntándome si se lo había perdido, a lo que le dije que sí. No me dijo nada y siguió con su noche. Me molesté bastante. Me molesté e hice berrinche como una veinteañera, le dije que no me volviera a buscar y lo bloqueé, lo bloqueé como mi ex novio veinteañero me enseñó que así se arreglan las cosas de una forma madura. Qué asco de comportamiento.  

Creo haber estado en lo correcto, que no te avisen si quedan en hacerlo cuando esperas a alguien se me hace una falta de respeto, pero señora, relájese un chingo.  

Soy una mujer adulta, debí continuar mi noche como la tenía planeada, con mis amigas. Pero la realidad es que quería que este hombre me viera en escena, me aplaudiera, se sintiera orgulloso de mí, de conocerme. A mis treinta, lo que más quiero es conectar con alguien, sin importar las etiquetas, que alguien me admire si yo lo admiro a él. Me sentí como veinteañera en festival de escuela y que el niño que me gusta no fue a verme.  

Me dio miedo sentir. Me dio miedo admitir que este tipo me gustaba, que no estoy lista para eso y me comporté como una niña. Pudo haber sido un gran amigo y lo dejé ir por ser una infantil de veinte años.  

Ese fin de semana, una amiga veinteañera me llamó para decirme que estaba embarazada y que lo iba abortar. Pasé horas al teléfono con ella tratando de consolarla. Me dio tranquilidad poderle dar palabras de apoyo por mi edad y experiencia. Y me di cuenta: Nadie la tiene clara, no importa la edad que tengas. La edad es un número y nada más. 

Ellas tienen la juventud, pero nosotras tenemos la experiencia (digo, a veces una hace berrinche porque el que te gusta no fue a tu show), pero no le haría un blow a un mesero en el baño.  

Ya estaba juzgando y me acordé de todos los tipos con los que he salido (no de todos, porque no tengo tan buena memoria), de los errores que he cometido en mi vida sexual, laboral y amorosa, y dejé de sentir pena por las veinteañeras. Es más, una vez en mis veinte me caí encima de la mesa de un antro y me arañé toda la espalda. Me acosté con infinidad de patanes que nunca me volvieron a llamar (nunca me importó si me llamaban o no, porque el sexo era sexo), pero hoy quiero conectar; ver alguien a los ojos, vivir el presente y pasar momentos. No importan si buenos o malos, solo momentos sinceros.  

Mis veinteañeras, tienen mi amor y comprensión, ojalá lleguemos a unos cuarenta años más sabias, a unos cincuenta años canosas divertidas y a unos sesenta años con dignidad, si no nos mata antes el sida de tanto sexo en el antro sin condón.  

Y a los que se preguntan si tuve sexo con el italiano o no, solo diré esto: mide dos metros, si me acosté con él, tengo tremendo socavón. Entonces, si ven un útero tirado por la condesa, la respuesta es sí, si no lo ven… puede que allá abajo, siga como el de una veinteañera.  

 

Ps. No les voy a decir en que antro fue lo del blow de la mujercita, ni se emocionen hombres. 

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