Más allá de la noche que me cubre,

negra como el abismo insondable,

doy gracias al dios que fuere

por mi alma inconquistable.

En las garras de las circunstancias

no he gemido ni llorado.

Sometido a los golpes del destino

mi cabeza sangra, pero está erguida.

Más allá de este lugar de ira y llantos

donde yace el horror de la sombra,

la amenaza de los años

me halla, y me hallará sin temor.

No importa cuán estrecho sea el camino,

ni cuán cargada de castigos la sentencia,

soy el amo de mi destino,

soy el capitán de mi alma.”

William Ernest Henley

 

Entro al cuarto del funeral. Todos los presentes de negro susurran cosas que no puedo entender. No me importa sí hablan sobre mí. Ni bien ni mal. Sí hablan bien, me lo he ganado. Sí hablan mal, también. Como me ven los demás no es personal. Soy su espejo y ellos el mío. Lo único que importa es que sea sin odio y sin romantizar el amor. Nadie es tan malo y nadie es tan bueno y a la vez sí. Yo decido qué me afecta. Transitar y ya. Ser.

Qué bueno que vine vestida así al funeral. Se me transparentan los pezones con este vestido. Me encanta provocar. Que les moleste mi presencia. Ya sea desnuda, arrogante o borracha. Mis convicciones son fuertes, estudiadas, cada vez más contundentes. Defiendo el feminismo, a las mujeres, a mi misma. Genero empleos. Soy una potra empoderada. Lo que sea que signifique eso. Mujer fuerte. Pero, ¿a quién engaño? La responsable de eso ya está en el ataúd.

Muerta.

Por ella estamos todos aquí. No me importa sí la van a extrañar o sí hice mal en matarla. Perdón ¿No les dije que yo la maté? Nadie lo sabe, pues a nadie le importa. Cada quién vive su vida; no paran y no van a parar por una muerta más.

¿Una feminista feminicida infanticida? Cómo sí les importara la muerte de niñas…

Detengamos ahí la narrativa del cuento. Lo acepto, la niña es una pequeña princesa muerta de rizos dorados. ¿No terminan así los cuentos de hadas? Deberían. Esa niña se lo buscó. Me provocó. Hice todo lo que ella me pidió durante años. Fui su esclava emocional. Su muerte, aunque intencional, era necesaria.

Esa niña merecía la muerte, se los juro.

La gente presente en este asqueroso funeral, ven que prendo un cigarro en el lugar cerrado y que me importa un carajo lo que opinen. Me ven feo.

“Véanme, perros”.

Me acerco a la caja para ver la cara de la niña muerta. Es tan hermosa. Hasta dormida. Siete años y medio. Parece un ángel. Con razón caí en todos sus chantajes. ¡Cuánto lloraba esa niña en las noches! Se sentía tan sola. Sin madre. Con un padre duro. Con dos hermanos pequeños. Le di todo para tenerla contenta; más de la mitad de mi vida alcoholizada para no sentir esa soledad de nuevo. Le di hombres violentos emocionales para que se sintiera rechazada sin madre; abandonada una y otra vez.

Para obligarme a decir: Nadie nos ama ni nos amará.

Le di hombres amorosos que pateó. A sus ojos, nadie merecía ser digno de confianza. Sí, la maté. Ya no le debo nada. Violenté mi cuerpo sin alimento para que ella creyera que era bonita. Le di auto sabotajes para que recordara que podía llorar todos los días. La hice una víctima. La defendí de su abusador al pelearme con cada hombre que lastimara a una mujer. Me hice feminista. Me he peleado con todos con tal de darle justicia.

Por fin, le di la protección deseada de alguien que la amara después de su abuso sexual. A ella y a muchas.

¿Ahora entienden por qué la maté? ¡Le di un novio en la misma playa en la que creció porque pensó que esa era la idealización máxima! ¡Vivir su infancia de nuevo con alguien parecido a su padre!

Mi niña interior se puede ir a la mierda.

Fumó la última bocanada de mi cigarro y le echo el humo en la cara. Tiro el cigarro en el piso y lo aplastó con la suela de mi zapato. Todos los presentes, con espanto, salen del cuarto.

“Estamos saldadas, niña caprichosa. Me quedo con la música que nos gusta, la playa, los atardeceres, los libros, escribir. Me quedo con los primeros olores, sensaciones. Me quedo con la primera vez que fuiste feliz. Me quedo con los sueños, ¿sabes por qué? Porque los estamos cumpliendo y no me dejas trabajar.

No hay tiempo para energía gastada en pendejadas o tus necesidades narcisistas. Se acabó”.

Cierro el ataúd.

Rompo la cuarta pared (término cinematográfico para decir que el actor ve directo a la cámara, como hacía Kevin Spacey en House of Cards) y te veo a ti, espectador, lector de este cuento:

Sí, maté a esa niña, pero hay un por y para qué.

Voy a cumplir mis sueños. Siento el ardiente deseo de crear. De ser artista. De crear mundo de fantasías en mi realidad de disciplina amorosa hacía mi persona. Mi mente está curiosa. Creadora de todo. Si no voy a estar con el hombre de mi sueño adulto (sé que existe), no tengo miedo de morir sola. Porque no lo estoy. Soy amada por mí y los míos. Lo tengo todo. Soy bendecida con todo lo bello. Estoy viva. Quiero todo. Vivir para demostrarme todos los días que cada segundo vale un respiro. Inhalo y exhalo agradecida.

Por fin, una adulta emocionalmente responsable. Pensar que hace dos años y medio, quería morir y tomé la decisión de dejar de tomar alcohol.

Fue la primera puñalada que le di a la niña.

La primer muestra de amor propio que hice en toda mi existencia.

Y a los que les moleste esta nueva mujer decidida, se pueden largar como los presentes en el funeral. Maté a la niña, ¿crees que voy a tener miedo de sacarte de mi vida sí tratas de lastimarme o truncar mi sueño? El que no ame de forma recíproca, lo quiero fuera del cuarto.

¡Bienvenides al bautizo!

Soy una mujer que tuvo una historia, pero hoy decido crear un cuento digno de contarse. Cómo les decía, mi mente es creadora.

Y Marcela es buena escritora.

 

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