Comencé a salir con alguien, de esos típicos hombres que a mí (y a todas) nos gustan: musculosos, altos y de rostro “rompe madres”. Exitoso, tiene moto (lo cual implica una carga excitante de adrenalina), y demás virtudes. De esos hombres que desde que los conoces sabes que corres el riesgo de no estar ciega y tienes la inteligente apreciación de que no eres la única fémina que lo ve tan apuesto como es y que seguramente también quisiera acostarse con él. Como varias. Y como es lógico, se acuestan. Todas nos acostamos. Es decir, el fulano era una posibilidad de partirme la madre en pedacitos. Pero corrí el riesgo, me fui como puma detrás de mí presa hasta que logré tenerlo desnudo en su cama.

No puedo decir que se esforzó mucho, o que a mí me haya costado trabajo convencerlo, de hecho, fue tan fácil como callarle el llanto a un niño con una paleta de caramelo. Y cuando me levanté de habérmelo echado al bolsillo, me dije a mí misma: eres una idiota, fuiste tan fácil que no volverá a buscarte. Entonces, el fulano se despierta, me ve con esos ojos azules profundos y besa mis labios. Se viste, me visto, con esa incomodidad que no distingue entre la cruda o la moral y me invita a desayunar.

Además de todo, vive en una colonia preciosa, llena de bares, cafés, gente bella y bicicletas. Nos paramos en una marisquería, nos curamos la cruda con una cerveza y nos dedicamos varios besos tiernos.

Me fui a casa con un vacío nauseabundo. Pensé que no volvería a aparecer y que mi cuento de hadas se terminaba ese mismo día. Pero estaba muy equivocada, volvió a buscarme. Entonces comenzó la odisea. Las mujeres somos tan particulares en inventar teorías, técnicas, discursos y demás estupideces cuando estamos “quedando con alguien”, que por eso a mí la etapa de “vamos a ver qué pasa entre nosotros” me angustia.

Entre semana se portaba distante, de vez en cuando le daba “like” a mis fotos en redes sociales y eso implicaba tenerme como loca saltando de emoción, masturbándome y jurando que él era el amor de mi vida. Los fines de semana me buscaba y nos veíamos.

Nuestro sexo era algo tan distinto a todo lo que yo había vivido, sumamente violento. No sabía si me gustaba o no, pero me hice adicta. La mejor parte era que cuando terminaba, dormíamos juntos, despertábamos juntos y nos portábamos cariñosos. Me invitaba a desayunar, me presentó a sus amigos, hizo todo para que yo, naturalmente, me enamorara de él. Pero volvía a ser Lunes y sabía que pasaría otra semana completa sin saber mucho de su existencia.

Yo quería escribirle, pero no quería verme rogona. Cuando me escribía contaba los exactos ocho minutos para responderle porque no quería que pensara que yo estaba todo el día esperando a ver si aparecía, aunque fuera cierto. En ocasiones me buscaba para vernos y yo procuraba no estar todo el tiempo “disponible”, pero los fines de semana sí. Lo veía. Entonces comenzaron las dudas, “bueno y éste ¿para qué me quiere? Si fuera sólo “algo sexual”, ¿por qué los besos, las palabras tiernas, las salidas, la vida en común y todas esas cosas que indican un interés extra?”. Muchas mujeres, para no generalizar, somos así. Nos dan ternura y sentimos que el precio de haber dado sexo fue exitoso. Es decir, damos sexo (no quiero decir que no lo disfrutemos) para recibir amor. Y yo que antes de conocerlo traía el alma rota pues me ilusioné con él, perdidamente embobada. Babeaba, pues.

Pasados los dos meses de esta dinámica confusa ocurrió un incidente al que yo llamaría “el milagro”. Por una razón me enteré de que me había sido infiel. ¡Vaya sorpresa! Pero ¿por qué llamarle infidelidad si al final no teníamos ningún acuerdo de ser algo más que “fuck buddies”? Bueno, infidelidad porque yo estaba enamorada. Punto. Y bueno luego, ¿por qué sorprenderme del abrupto, si desde el principio yo sabía que mi “príncipe azul”, no lo era tanto?

Evidentemente luego del reclamo que le hice por haberle cachado la movida, nos fuimos diluyendo. Cada vez nos buscábamos menos. Ya no había fines de semana melosos ni “likes” en las redes sociales. Hasta que desaparecimos. Entonces caí en la reflexión: “A él nunca le gusté tanto”.

Las mujeres somos telarañas, nos enredamos solitas, cuando nos gusta alguien nos esforzamos por demostrarle exactamente todo lo contrario, planeamos estrategias para hacerles creer que no nos tienen tan seguras, somos complicadas y nos hacemos “chaquetas mentales”.

Los hombres no, ellos son básicos. Si les gustas, te buscan, si no, pues no. Es así de simple. Me di cuenta de que esos dos meses de estar “saliendo con él” me angustié de más pensando en qué querría él de mí, que en usar mi inteligencia y ser realista. Era sencillo, quería sexo y por eso me buscaba sólo los fines de semana. Todo lo demás eran excusas mías. Me la vivía justificándolo y pensando cosas inexistentes: “Seguro si no me busca entre semana es porque está muy ocupado”, “no me ha llamado porque seguramente llegó muy cansado del trabajo”, toda esa bola de auto engaños que no sirven más que para lo que a nosotros nos fascina: vivir un romance.

Por supuesto que era lindo conmigo, pero “LINDO POR CORTESÍA”, al final yo era la mujer con la que se estaba acostando y ni modo de tratarme como “puta”. Además era lindo entre comillas. Jamás me regaló un ramo de flores o tuvo algún detalle conmigo. Era cortés y punto. Y yo transformé su cortesía en amor porque era lo que yo necesitaba y lo inventé.

Ahora que lo veo todo con mucha mayor claridad pienso mucho en lo similares que somos, hombre y mujer, por más que nos inculquen lo contrario. Si realmente le gustas y te gusta, las cosas se dan solas.

He tenido la suerte de tener verdaderas relaciones amorosas, formales y largas y he sido “brutalmente amada”, entonces me hundo en la reflexión de por qué confundir este tipo de relaciones “casuales” con amor. El amor se da con una fluidez preciosa, no hay que esforzarse, si la persona es para ti lo sientes, no necesitas hacer mucho. Ambos muestran interés, las mariposas ridículas que nacen en el estómago son contundentes, te mueres por estar con esa persona y no importa el cansancio, te haces espacio para verla. Esta magia sucede en hombres y mujeres. No hay más.

A las damas nos castran con reglas: “Acuéstate con él hasta la tercera o cuarta cita. No estés todo el tiempo disponible para él. Sé una cabrona.” ¿Es cierto?, ¿así funciona?

Desgraciadamente yo sí he comprobado la teoría de que si te acuestas con él muy rápido pierde interés, es una regla inclusive instintiva y animal: a ellos les gusta “cazar”. Pero también he sabido de casos de mujeres a las que les nace entregarse a la primera y su hombre igual las respeta. El interés por ellas rebasa el instinto y surgen hermosas historias de amor.

Entonces me digo, cuando el amor llegue a mí, lo sabré. No se sentirá incómodo, no tendré que inventar excusas para justificar “la ausencia” de interés o tiempo, llegará y lo sabré. No hay más. Mi “príncipe azul” (para que suene más romántico que: “mi bato”) me hará sentir cómoda y feliz con lo que yo soy y puedo darle, se deslumbrará tanto con mi sonrisa que querrá verme lo más seguido posible. Así es esto. El ego nos empuja a empeñarnos en enamorar a las personas que claramente no están sintiendo lo mismo: “Pero es que ¿cómo no se va a enamorar de mí? ¡De mí que soy tan bonita, simpática y exitosa!”.

Seguramente eres todo eso, pero no eres para él ni él es para ti. Además, no necesitas que alguien reconozca todas tus virtudes para poseerlas. Punto. Si lo lees suena ridículo pero la realidad es avasallante: los hombres no son tan distintos a nosotras. Cuando alguien está interesado en ti, se nota, lo sientes.

Si no te sientes completa y feliz es porque “a él no le gustas tanto”.

 

@LorenaDelCast

 

lore6