“Él estaba parado frente a mí, no es que fuera drogadicta ni nada por el estilo, pero mi mejor amigo y él fumaban como si no pasara nada. A mí la mota ni me gustaba, es más, me daba sueño, ¿Qué era nada más tantito? No iba a quedar como una idiota frente a él. Tomé el porro y fumé hasta que el humo se fue a mis pulmones cual roedor en una cocina abandonada. Lo último que supe fue que sentía un gran dolor en la cabeza y que me había desmayado. Él nunca me volvió a buscar.” Marcela Lecuona Rubiales, 23 años, estudiante de teatro en CasAzul.

“Mi clase había terminado a las nueve de la noche, no había comido casi nada, en esa época de mi vida el comer casi siempre se me olvidaba, o trataba de omitirlo. Salí de la escuela y vi a una de mis compañeras que se comía un pan dulce. Se lo arrebaté (así soy de grosera y confianzuda) y le di una mordida. Ella se sorprendió al ver el tremendo hueco que le deje en su pan. “Marcela, ese pan tiene mota”, me dijo. Solo había sido una mordida, así que pensé que no me haría daño en lo absoluto. Me fui a mi casa, y al cabo de una hora, sentí que todo se movía. Entré al baño, puse mis manos en el lavabo y me observé en el espejo. Mis ojos eran completamente negros, parecía que el diablo me veía directo a los ojos. Me dio mucho miedo, fui al cuarto de mi mamá y le conté toda la historia. ¿Qué podía hacer ante la disyuntiva de drogarme involuntariamente? Mi madre me dijo que fuéramos al hospital a que me hicieran estudios, pero ese día recordé que un par de días antes me había metido una tacha voluntariamente en un antro de mala muerte y le dije que no era necesario lo del hospital. Me fui a mi cuarto y me acosté con la cobija hasta mi nariz, asqueada de preocupación. Coleccionaba paletas de todo tipo, las tenía en una especie de cubetita en mi buró. Al día siguiente, ya no estaban. Creo que lo único que se necesita para cuando te drogas involuntariamente, es tener muchos dulces, así sean de 1992.” Marcela Lecuona Rubiales, 25 años, estudiante de teatro en CasAzul.

“Amaba ser soltera; esa sensación de que nada importa, que eres sexy, que varios hombres te desean. Esa hambre de poder. Yo podía tener el que quisiera, pero no cualquiera podía tenerme a mí. Con un cuerpo nuevo gracias a mis clases de actuación y mi casi anorexia en potencia, podía darme el lujo de ponerme lo que yo quisiera. Con pelo rubio, lacio y corto, me había adaptado a una sociedad superficial y con ganas de sexo. Una amiga a la que yo admiraba, pero solo por su físico espectacular, salía con un hombre el cual creíamos que era medio narquillo. Íbamos de antro y el galán en cuestión pagaba cuentas descomunales, pagaba viajes (no para mí, sino para mi amiga y su familia), comidas, regalos… nada era demasiado. Yo no podía creer la manera en la que mi amiga lo manipulaba. Ese tipo debía ser pendejo o algo así para no darse cuenta que era usado. Una noche, en el antro al que siempre íbamos los jueves, nos metemos al baño y mi amiga me entregó un pequeño paquete de plástico. “Pruébalo, es de coco”. Yo no tenía idea de que me hablaba, pero al ver el contenido de la bolsita pude darme cuenta que era cocaína. De ahí mi nueva adicción. Cada noche que salíamos, este hombre nos daba nuestra pequeña dotación de cocaína de coco. Mi cuerpo era cada vez más delgado. Iba a la escuela con mucha energía, con ganas de comerme al mundo. Ya no solo necesitaba la bolsita para ir bailar, la necesitaba diario. Y en una noche de after, a las seis de la mañana, entre al baño con mi dotación de coco. Quería más, más. No quería que la noche acabara. Salí a la pista. Un dolor en el brazo izquierdo y mi corazón palpitando fuera de lo normal, hicieron que mis ya de por si dilatadas pupilas, convirtieran mis ojos de verdes a negros. Al parecer el hombre no era tan pendejo como yo pensé. Había creado una adicta.” Marcela Lecuona Rubiales, 25 años, actriz de actuación de CasAzul.

“Me senté frente a la computadora, eran las cuatro de la mañana. Mi madre entró y me dijo que la apagara, que no eran horas. La miré de reojo, la odiaba. ¿Cómo era posible que me hubiera abandonado a los siete años? Me pidió de nuevo que apagara la computadora. Acercó su cara a la mía, retándome. Ella se lo buscó. Mi mano derecha levantó vuelo y con una cachetada, volteé la cara de mi madre. Ella tocó el lado de la cara lastimado, y lágrimas rodaron por sus mejillas. Yo quedé helada. No sabía lo que acababa de ocurrir. Me encerré en mi recámara y dormí plácidamente. Al día siguiente, recapitulando todo, me di cuenta de lo que había hecho. Le mandé un mensaje, pues no tenía el valor de enfrentarla a la cara. Le pedí perdón, y su única respuesta fue: “De pequeña me pegaba mi mamá, casada aguanté abusos, pensé, que sola con mis hijos, estaría a salvo. Veo que no”. Lloré hasta enfermarme y juré nunca más meterme una sola droga, pues ella, quieras o no, saca tus peores miedos, temores, demonios. Créeme, ella es más fuerte que tú.” Alguien que ocupó el cuerpo de Marcela Lecuona Rubiales, 25 años, actriz de actuación de CasAzul.

“No critico a la gente que se droga, creo que las personas que lo hacen deben sentirse muy solas, vacías, sin rumbo y sin motivación. Veo incongruencias como la de una ex Mimosa que solo duró un par de meses en Mimosas y que “renunció” pues no quería hablar de sexo nada más, pero en cada sesión de fotos, entrevista o lo que fuera, llegaba dopada de marihuana. O una persona que es muy cercana para mí, que es vegano pues no quiere que los animales sufran, pero diario se mete marihuana, ¿Y la gente que muere diariamente en nuestro país gracias al narcotráfico…? ¿Esa gente que? Congruencia en nuestro sentir y ser. Ahora que soy una mujer adulta, no me espanta la droga, me espanta la muerte, o quedarme en el limbo u olvidar toda mi vida cuando sea viejita. Claro, tengo vicios como el cigarro y el alcohol que no puedo quitarme. Sigo trabajando en ello. Los seres humanos tenemos este impulso de morir. Como subirse a una montaña rusa, o manejar tomados, o meternos cosas para sentir. Meterte cosas para sentirte vivo es un paso a la muerte. Las drogas no te hacen más creativo, ni listo, ni nada. Los marihuanos hablan en slow motion, se ven sucios y después mueren. Los cocainómanos son hiperactivos, se les deforma la cara y después mueren.

Si tú crees que probaras y que no te vas a enganchar, no te engañes. Si tú crees que fumas o te metes, pero cuando quieras la puedes dejar. No te engañes.

Recuerda algo, los seres humanos no venimos a encontrar la divinidad en la tierra ni a encontrar el origen de las cosas y el universo, solo somos seres de luz experimentando lo que es ser un humano.

Experimenta con todos tus sentidos, todos tus fluidos, todo tu carácter. Experimenta contigo mismo, con tu talento, tu sabiduría. Lee, pinta, encuentra otros medios de ser único.

Drogarte, te hace igual que todos.” Marcela Lecuona Rubiales, 30 años, escritora del blog Mimosas para Desayunar.

 

@marcelecuona

 

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