10 a.m.

“¿Dónde están mis calzones?” Fue lo primero que ella se preguntó al despertar. El cuarto estaba vulgarmente decorado y tenía un dolor extremo que le invadía la cabeza.

Escuchó ronquidos. “No, no, no, no, no Mariana, ¿Qué hiciste imbécil? A ver… acuérdate, estabas en el antro con Alejandra y Lucía, la canción era… puta madre, no me acuerdo de nada…”

Mariana cerró los ojos con fuerza.

“Si, si te acuerdas, ni que fueras pendeja, ¡¿Dónde están mis pinches calzones?!”. Mariana se hizo bolita debajo de las cobijas buscando ese elemento faltante tan preciado de su guardarropa “¡Yeiiii! ¡Aquí están!”, casi grita de la emoción pero los ronquidos le recordaron que no estaba sola.

“¿Y este tipo?”, le vio detenidamente la espalda; era grande y con hombros anchos, unas cuantas pecas formaban una especie de constelación “No mal, nada mal”.

Trató de asomarse para verle la cara pero el pelo castaño le cubría gran parte de esta, se puso en cuclillas sobre la cama para verlo mas de cerca pero un gran ronquido del misterioso hombre la hizo retroceder, “¿Quién demonios es? Estábamos en la barra tomando unos shots, no… yo estaba en el baño vomitando cuando… ¡Mi ex! ¡Ese tarado me llamó! Ya me acordé, por ese pedazo me puse mal y empecé a tomar de más, siempre es lo mismo, te ven bien y te empiezan a fregar, y ahí esta una contestando, es como si tuvieran un radar cada vez que estas bien y… ¡Mariana concéntrate! ¿Quién es este cabrón?”

Mariana vio la habitación con detenimiento. “Noup, no he estado en este motel en mi vida”. Se paró, solo los calzones recién encontrados ocultaban su desnudez; volteó para que no despertara el bello durmiente, “Que oso que vea mi celulitis, ¿Qué chinga…?”, Mariana había pisado un condón “¡Dios mío! ¿Qué hice ayer? Bueno, por lo menos me cuide…”

Entró al baño cerrando la puerta con cuidado. Hizo pipí con el menor ruido posible, no quería que un desconocido la oyera hacer algo tan íntimo, se le salió un pedito, “¿Es neta? ¿Qué me falta? ¿Cobrar por mis servicios?”.

Se limpió de prisa y se miró al espejo, la imagen era detestable; su pelo la noche anterior perfectamente alaciado, ahora estaba enchinado con olor a cigarro, solo tenía un ojo delineado al estilo “Naranja Mecánica”, lagañas en el otro, su aliento dejaba mucho que desear y su palidez se asomaba en cada poro de su cruda piel.

Se lavó la cara con jabón Rosa Venus hasta quedar perfectamente limpia, “Necesito mis pinturas y mi celular, ¿Dónde están las inútiles de mis amigas? ¡Las voy a asesinar!”

Salió del baño y el hombre misterioso seguía dormido, pero estaba vez estaba boca arriba. Mariana se quedó helada, permaneció inmovilizada un par de segundos hasta que reaccionó. El hombre era hermoso, simplemente perfecto, con una nariz recta y pestañas largas, grandes manos y boca delineada, era de los tipos más guapos que había visto en la vida, y no solo eso, que había tenido sexo.

Y ella se veía espantosa, “¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¡Se va a despertar y yo me veo del nabo! Mi bolsa, mi celular, ¿Dónde están?”

Los vio en una mesita junto a unos vasos con algo que parecía vodka en las rocas en el fondo. Tomó sus cosas para encerrarse en el baño de nuevo, cuando vio algo extraño debajo del vaso, levantó el vaso y tenía un condón usado en él, “Dios, sí que me divertí ayer… ¡pero me cuide, me cuide!”

Se sentó en el escusado llamándole a Lucía, su mejor amiga.

–          ¿Bueno? – dijo apenas susurrando – pendeja, ¿me puedes decir donde estoy, con quien y por qué eres tan mala amiga que me dejas ir con un posible violador? Es un milagro que no esté descuartizada en un barranco.

Silencio. Mariana oyó detenidamente a Lucía del otro lado de la línea.

–          ¿Eso hice? No importa, soy joven, es mi momento, fue culpa de mi estúpido ex, no vine a ser juzgada, me vale, me cuide, me divertí… ¡Lucía quiero llorar! ¡No sé dónde estoy! ¡Este hombre esta guapísimo! ¿Qué va a pensar de mí? ¡Nunca me va a tomar en serio!-

Silencio. Mariana empezó a negar con la cabeza.

–          No Lucía, eso no pasa, los hombres no se casan con mujeres que les aflojan la primera noche. La cagué, dilo, la cagué… –

11 a.m.

La voz de una mujer a lo lejos lo despertó de un profundo sueño. No recordaba casi nada de la noche anterior; solo esos maravillosos ojos y su magnética risa.

“¿Dónde están mis bóxers?” pensó.

 

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