“Los labios de la sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender” El Kybalión.

 

11 de septiembre 2021.

Él abrió la cortina del gran ventanal y pudimos ver la ciudad de noche con algunos focos prendidos que daban la impresión de estar estáticos. Mi escritor favorito, Borges, tiene una línea en el cuento “El milagro secreto” que dice: El universo físico se detuvo. Por fin pude entenderlo.

Horas antes, él me había susurrado “Voy a volver a verte, te lo juro”, pero ya no creo en las promesas de la gente mortal.

Trato de hacer con mi vida, una especie de película. Cada situación, como cada escena, tiene una misión; es una pieza clave de mi crecimiento. A veces dejo entrar a gente que no debería, pero a veces, entran personajes inesperados; al parecer a mi alma le gustan los retos cinematográficos.

Entre más duro el golpe, más certero el aprendizaje. Soy mi propio personaje.

Ese día, él me veía con ojos de enamorado; me dijo que era increíble, que había conocido a pocas personas como yo. Le creo. No soy mejor ni peor que nadie, soy. Abrazo mi existencia pues mi mente lo es todo.

Soy creadora de esta historia de amor; mi autoconocimiento. Este filme tiene soundtrack, arte, guión, clímax y eventualmente, desenlace.

Él es uno de los actores invitados. Todo es mental. Todo yo lo decido.

He tenido momentos en los que hay llanto continuo en los que no entiendo el proceso. Con el paso del tiempo, todo tiene un por qué. Como arriba, es abajo. Como abajo, es arriba. Es importante una piedra, como el universo, como yo misma. Nada es más ni menos en mi historia. Ese momento en particular, esa noche, en ese hotel, con él, es igual de importante que todos los recuerdos juntos en mi memoria.

En la habitación, con pocas horas para nosotros, pude sentir su vibración. Éramos materia, cuerpos, pero pude sentir algo más. Su alma, la mía, la vibración de nuestro ser. Rara vez me pasó eso. O a lo mejor no estaba tan despierta. Mi amor propio llegó hace un par de meses, a veces va y a veces viene. Nada está inmóvil; todo se mueve, todo vibra.

Tomó mi cara entre sus manos y me besó. Esos besos que parecen eternos en la oscuridad de nuestro silencio. No había nada que decir. Habíamos dicho todo. En unas horas él se iba a otro país a enfrentar una realidad absolutamente lejana para mí. Por primera vez, me sentí en una película ajena a la mía, más parecida al “Príncipe de las mareas”, en la que la pareja principal, renuncia a un futuro juntos, para el bien de los demás.

Cada movimiento contaba; quería detener el tiempo, pero era imposible. Las leyes universales no pueden cambiarse..

Quería amarlo por siempre, quería irme con él, quería pedirle que se quedara conmigo, que dejara todo. Quería estar abrazada en su pecho por la eternidad que en realidad fueron segundos. Y ese segundo fue eterno, pues todo es doble, los extremos se tocan; todas las paradojas pueden reconciliarse. Aún recuerdo el olor de su cuello, el tacto de sus dedos en mi piel, sus besos, las caricias. Almas conocidas de tiempo atrás. Quería gritar, amar, reír. No hice nada. No dije una sola palabra. Viví. Mi mente repetía; aquí y ahora. Disfrútalo. No lo sufras. No te distraigas. Vívelo.

Observé mis sentimientos, no paraban de moverse, pues todo fluye y refluye; todo tiene su avance y retroceso. Con mi mente, pude controlar el ritmo para no ponerme a llorar de tristeza y de felicidad, opuestos, pero lo mismo.

Nos acostamos en la cama y él durmió al instante. Me daba la impresión que éramos una vieja pareja que se había ido de viaje. Lo vi dormir y mi mente me traicionó un poco al imaginar cómo sería sí él fuera mi compañero de vida. Me di permiso de imaginar. Nos vi en la playa, pues él vive ahí, en una tierra lejos de mí. Imaginé las cosas más simples, pues son las más bellas. Nos vi abrazados mientras vemos una película, una tarde en la que me hace de comer. Nos vi entre risas de las cosas más estúpidas. Contando anécdotas de nuestro pasado. Conociéndonos a profundidad. Pude, en ese futuro imaginario, decirle mi primer “te amo”, mientras él me ve a los ojos y me dice “yo también”.

Mi mente me regañó para recordarme: No.

La ignoré y me fui al pasado. Las casualidades no existen. Conocernos fue simple causa y efecto; su decisión de venir a México. Mi decisión de verlo. Nuestra decisión de conocernos. Mi causa, vivir esa aventura con ese hombre. Decirle adiós, era solo el efecto de esa decisión. Ahora sé, que las experiencias de mi pasado habían sido controladas por un viaje continuo de la humanidad. La creación del universo, la evolución del ser humano, mis ancestros, mis padres, mi niñez, mi adolescencia, mi adultez y ahora, este momento. ¿Realmente lo habíamos decidido o fuimos llevados por el arrastre de nuestras ilusiones fallidas?

Un hombre y una mujer entregándolo todo en ese instante, saboreando nuestro ser, consumiendo el alma, mientras tratábamos de obtener un poco del otro. Como toda historia de amor, generamos, regeneramos y creamos. Mareas de sentimientos y emociones se elevaban y caían.

Al despertar, pudimos equilibrar el ritmo. Nadie dijo nada extraordinario, no volvió a repetir su promesa de volver a vernos. Lo agradecí. No quería una esperanza de nada.

Nos sentamos a desayunar y él empezó a hablar de su familia, sus frustraciones, su dolor. Quise abrazarlo, pero no pude. Algo me detuvo. Mi amor propio no podía permitirse sentir algo por alguien que nunca sería parte de mi día a día.

Él no preguntó por mis frustraciones, mis sueños o mi sentir. Compartió los suyos, pero no quiso saber los míos. No me dolió; estoy acostumbrada a ser el apoyo, la transición de afectos. Sí él hubiera investigado un poco de mi pasado, hubiera sabido que soy una mujer increíble, más de lo que piensa, que he sido un ser humano con una fortaleza insuperable. Que fui una niña que pudo crecer sin madre, que cuidé niños desde que soy pequeña y que he resistido al abuso, para ser la feminista que soy ahora. La escritora de mi propia historia. Pero no, no preguntó. No lo culpo, la mayoría de las veces no preguntamos cómo está el otro. La reciprocidad del amor.

Se paró a pagar la cuenta y ahí, dentro del restaurante del hotel, se posó en la mesa frente a mí, una catarina roja, de las que dicen que son de buena suerte. La tomé con mi dedo, le pedí un deseo y voló.

A veces, mi mente, me da permiso de creer en la magia cuando siento un poco de dolor.

Compartimos el taxi, lo dejé y me fui directo a mi casa. Esa fue la última vez que lo vi. Inmaculado, perfecto.

A veces, lo imaginó a la distancia, jugando con sus hijas en el mar.

Yo regresé a mi vida normal, pero todas las mañanas mientras camino, escucho el soundtrack de ese personaje que fue parte de mi película y yo de la suya.

Siento todas las leyes universales en un segundo de mi eternidad; el sol en la cara, veo los arboles que me dan sombra y el viento que me envuelve. Vibra mi alma. Digo en mi mente todo lo que no le pude decir esa noche;

Te quiero. Te pienso. Te extraño.

Gracias.

 

TWITTER: @marcelecuona

INSTAGRAM: marce_lecuona