El otro día estábamos en el antro Lucía, Ale y yo.

Ale y yo nunca tenemos dinero, Lucía es la única ahorrativa de las tres. Aun así, nunca pagamos por lo que consumimos en el antro, no le quitamos al prójimo ni exprimimos a tipos desconocidos, nos lo regalan. Hemos construido una gran amistad con los gerentes de cada lugar, ellos nos regalan alcohol, nosotras les regalamos un buen show.

Pero cuando Lucía se pone borracha empieza a dispararnos shots, es una de sus cualidades, que como amiga, hacen que la ame más.

Ese día en particular, no lo hizo. No lo tomé personal, solo pensé que estaba de malas, que andaba de marra, coda, agarrada, apretada, mal vibrosa y odiosa. Nada personal en lo absoluto.

La semana siguiente se retrasó en la renta. Como vivimos juntas desde hace ya algún tiempo no me enojé, se pagó como se pudo el departamento y seguimos adelante.

Tres días después fuimos a una sex shop, vimos el consolador más bonito y practico. Tenía forma de labial, lo podías guardar en la bolsa por si en una fiesta te aburrías y te querías… bueno, eso no importa en realidad. Yo no lo podía comprar por dos razones: nunca traigo dinero y no cambio a mi consolador Pepe por nada del mundo.

Pero sabía que el de Lucía se le había descompuesto. Llevaba semanas de malas y diciendo que le urgía uno.

Después de observarlo un rato lo dejó en su lugar diciéndome:

– Mejor otro día lo compro nena, ando con las tarjetas al tope.

Como yo ni uso tarjetas no sé cómo funcionan, pero sé que siempre tiene dinero extra debajo del colchón. Ella no está enterada que Ale y yo sabemos eso, siempre que nos falta para alguna fiesta, le quitamos un poco. No le robamos, nomás le tomamos prestado. Nunca se da cuenta porque es demasiado dinero, lo esconde cual viejita dentro de pequeños sobres rosas que huelen a fresa, así es ella, delicada y mamona arriba y debajo del colchón.

Lucy llevaba saliendo unas semanas con un chavo que daba clases en la misma escuela que ella. Lucía es maestra de actuación en una primaria, el susodicho da clases de deportes.

Empezaron a ir juntos al yoga. Lucía dice que tiene la flexibilidad más impresionante que ha visto en un hombre.

¿Quieres impresionar a Lucía? Demuéstrale en yoga lo que le podrías hacer en la cama.

Cuando dejó el consolador fue el colmo. Rechazar un hombre lo entiendo, un consolador en forma de labial, todo lindo y pequeño al que puedes llevar a fiestas e irte al baño cuando estés aburrida… ¡eso sí que no!

– ¿Por qué estas al tope con las cuentas Lucha? No gastas en nada.

– Tengo que ahorrar princesa, ya no tengo dinero en la tarjeta y pensé que tenía más dinero en efectivo en la casa, pero el otro día lo conté y no tengo tanto dinero como pensaba.

Me quedé callada. Solo pensaba: Actúa normal, actúa normal…

– Lucía eso está raro. ¿Qué tal que alguien entró a la casa y se lo robo? ¡Nunca dejes dinero debajo del colchón!

– Yo nunca te dije que estaba debajo del colchón.

¡FUCK!

– Sí lo dijiste, pero no te acuerdas, ese no es el problema ¿Por qué te falta dinero en la tarjeta?

Solo se encogió de hombros y salimos de la sex shop.

¡Adiós labial perfecto para fiestas!

En la noche ese mismo día sonó el teléfono. Descolgué al mismo tiempo que Lucía, era su hombre “El flexible”.

Ale estaba en mi cuarto y le hice seña de “¡Shhh!” para oír la conversación.

Paréntesis: Pareciera que Lucía no tiene privacidad en la casa y además es robada, pero todo es reciproco, siempre desaparecen mis vestidos. Aun así nos amamos y queremos.

Ale y yo oímos la conversación en altavoz atacadas de la risa de todo lo que decía el tipejo.

Cosas como:

– Ya muero porque me dejes hacerte la posición de la clase de yoga… la del perro mirando al techo pero en tu cama.

No sabíamos si la estaba albureando o si realmente la estaba prendiendo.

Pero al final de la conversación algo llamo nuestra atención. Cambio su tono de voz y le dijo:

– Amor, me voy a ir a los Ángeles a un curso de meditación, quería ver si me podías prestar de nuevo para completar lo del viaje. Te juro es la última vez que te pido. Sé que ya te debo mucho, pero te juro, te juro que ya me van a pagar un dinero que me deben.

¡Ah! Con que este era el desgraciado que andaba sangrando a mi amiga. ¡Hijo de su…!

Ale me vio preocupada, me arrebato el teléfono y colgó.

– ¿Si sabes que tenemos que hacer algo verdad?- me preguntó

– ¿Ahorita? Ando un poco cansada, mejor mañana.

– Párate huevona, ¿cansada de qué? Solo fuiste a la sex shop hoy, y ni compraste nada che rota.

Odio que mis amigas me juzguen. La sex shop queda a tres cuadras de mi casa y no tengo coche, pero tenía razón. Ahora resulta que los hombres no solo nos usan sexualmente, además ya no están empezando a usar ¿monetariamente?

Si algo nos enseñó la telenovela Teresa (la primera versión con Salma Hayek), y si algo nos ha enseñado Salma Hayek en su vida, es que las mujeres que son tontas y no pueden pagar sus cuentas son unas mantenidas, pero que un hombre sea mantenido ¡No hay excusa!

¡Si no te da que no te quite!

Ya enojada me llené de energía y entré al cuarto de Lucía. Le grité a todo pulmón:

–  ¿Tan poca cosa te sientes que tienes que pagar el afecto de un tipejo? Eres joven, eres bonita, eres lista, eres leal, buena amiga, tienes un cuerpazo gracias al yoga (maldita), eres buen ser humano ¿Por qué no te la crees y te ves al espejo? ¿Por qué le das todo tu dinero a un tipo que no te valora, no te respeta y no se respeta a sí mismo? ¿Qué crees? ¿Qué así serás amada? ¿Qué así nunca te dejará? ¿Qué tendrás todas sus atenciones? Que mal estas. En el amor no se trata de demostrar quien tiene más, dar, dar, dar y dar… ¡Se trata de compartir!

– ¡Sí! – Gritó Alejandra – ¡y te prometemos pagarte todo lo que hemos tomado por años debajo del colchón!

¡Doble FUCK! Alejandra tarada.

Solo pensaba… actúa normal, actúa normal.

Lucía nos vio y empezó a llorar. Solo balbuceó…

– Me siento sola.

Esa noche dormimos con ella abrazándola.

Al día siguiente fuimos a celebrar al antro, por fin había dejado al mantenido. Esta vez yo invite los shots.

Claro, con dinero que ella me prestó.