En la penumbra de mi existencia, en mitad del bosque y con mi pequeña comunidad, sucedió algo que aún me persigue durante mis sueños.

El sol se metía temprano todos los días, a las cinco de la tarde. Mis huesos se congelaban mientras ponía la caldera sobre el fuego. Mi bebé de dos años lloraba y tocaron a la puerta. Era mi vecina Sarah. Nadie le hablaba a Sarah, todos sabíamos su pasado. Cuando hacía las compras en el día, las mujeres de mi pueblo hablaban de ella, de su locura, sus vestimentas, sus modos raros, de sus maridos; dos habían fallecido de manera misteriosa y el tercero había desaparecido. Se rumoraba que Sarah los había matado y que se había comido sus restos. A mi esas cosas se me hacían del diablo. No la corrían del pueblo porque Sarah tenía dinero y ayudaba a la comunidad. Gracias a ella se construyó la iglesia y la escuela. Nadie sabía su edad con exactitud, pero si yo tenía veinte años, ella tendría como treinta y cinco. No era muy bella, se vestía diferente a todas, usaba colores como el rojo, azul, amarillo. Las mujeres teníamos prohibido usar color, nuestro color era el negro y con el pelo cubierto o amarrado para no provocar. Sarah siempre lo llevaba suelto. Todas las mujeres le teníamos miedo. Decían que con mirarla a los ojos, te hechizaba y caías en sus garras. Las mujeres del pueblo no toleraban a sus maridos cerca de ella, pues creían que se los robaría y a los hombres les daba pavor verla, pues sabían que podían correr la misma suerte de los maridos.

Mi marido, mi señor, a sus casi cincuenta años, me contaba por las noches cosas que yo desconocía. Lo escuchaba con atención y solemnidad, era la voz. Juez del pueblo. Lo conocí a los quince años y al dejar la escuela para casarme, él era mi único contacto al mundo real, al inalcanzable para mí; el de los hombres. Me hablaba de dinero, de la gente, de los pueblos lejos de este, de sus viajes, pero sobre todo, de Sarah. Me tenía prohibido estar cerca de ella. Me decía que ser callada era mi virtud. Que nunca lo perdiera. Que no cuestionara sus palabras y que no me faltaría nada.

La casa de Sarah es frente a la mía. Ella no tiene hijos. Se rumora que tuvo, pero que los enterraba en su jardín para hacerle tributo al diablo. Un día la encontré en el bosque recogiendo unas plantas, estaba oscureciendo, yo buscaba unos frutos que le gustaban a mi señor, me perdí en el camino y la encontré sola. Me volteó a ver con una mirada que me dejó helada. No pude ver que planta tenía en las manos por la neblina. Ella gritó mi nombre y me pidió con la mano que me acercara. Tiré los frutos y corrí. No encontraba el camino de regreso y ya al anochecer, me senté en una roca y me puse a llorar. Vi a Sarah acercarse, me limpió las lágrimas y me dio un poco de agua de su cántaro. Se hincó frente a mí y me dijo: “Habla.”

Nadie me había pedido que hablara antes. Le dije, tengo miedo.

“Hablar da miedo, pero no estás sola. Aquí estoy yo.”

Lloré un poco más. Me tomó la mano y me llevo al camino correcto, pero llegando al pueblo, me la soltó. “Que no te vean llegando de mi lado, no sería bueno para ti.”

La solté y me fui corriendo a mi casa. Mi madre estaba con mi hijo en brazos y mi señor en la mecedora. Tenían la mirada perdida. Mi señor me dijo que nunca volviera a llegar tarde o tendría que pegarme. Le dije lo de los frutos. Lo de mi perdida en el bosque. Lo de Sarah. Se levantó y me pegó en la cara. “Te dije que no hablaras con ella. Tienes prohibido salir de la casa en días.” Mi madre vio, acostó al bebé, le dio beso en la mano a mi señor y se fue. Yo quedé tumbada en el piso con la mano en mi mejilla ardiente. Lloré un poco y me culpé por no seguir ordenes. Eran fáciles de seguir, ¿cómo podía ser tan torpe? No hablar, no desobedecer, no perderme.

Unos días después, esa tarde que tocó Sarah a mi puerta, mi bebé no dejaba de llorar. Llevaba días enfermo.

Abrí, pero con la mirada le dije que no podía pasar. Sarah me quitó del medio, me dio un frasco con una especie de brebaje y me dijo que se la diera al niño en las noches antes de dormir. Se fue. Escondí el frasco y cuando llego mi señor, le iba a contar, pero preferí guardarme el secreto. Era la primera vez que no le decía algo. Me sentí rara. Con una especie de poder. Ese momento era mío y de nadie más. Era el primero de muchos.

Antes de dormir, a escondidas del señor, le di del brebaje al niño. Dejó de llorar. El bebé y yo llevábamos días sin dormir. Y al depositar mi cabeza en la almohada, caí profundamente. Sarah me había hechizado.

En la mañana, a escondidas, con mi bebé en brazos, fui a casa de Sarah. Toqué la puerta. No puedes estar aquí, me dijo. ¿O tienes algo que decir? preguntó.

Me senté en su sillón de piel marrón y en silencio, sólo la observé. Era magnética, su pelo negro hasta las caderas, su vestido rojo que rozaba el suelo. Podía olerla a lo lejos. Estaba segura que ella no usaba corsé, pero su cintura era pequeña y su busto abundante. Me preparó una bebida caliente y me dijo algo que aún retengo en mi memoria:

“No me queda mucho tiempo, ni en esta vida ni en este pueblo, no tengo hijos, debo darle mi conocimiento a alguien más y transmitir lo que sé. Puede ayudar mujeres. No tengas miedo, decirnos lo que sabemos nos puede salvar unas a otras.”

“Pero…” comencé a hablar, pero recordé el golpe del señor.

Me dio un libro, lleno de anotaciones. Yo a penas sabía leer. Sé que no sabes leer bien, dijo, yo te voy a enseñar. Nadie debe enterarse de esto. Menos el hombre con el que vives. Sé que te pido mucho, pero confía. Nada es del diablo, es conocimiento. Eso que se nos ha prohibido, eso que nos hará sabias, pero te necesito, nos necesitamos.

Fueron varios encuentros a escondidas, yo callada, ella hablaba. Supe que Sarah no podía tener hijos por un problema en el vientre. Que sus dos primeros maridos murieron de viejos, que la habían casado muy joven. Su primer esposo a los trece años, la golpeaba y la hacía tener sexo sin que ella quisiera. Eso fue sorprendente para mí. Nadie me había hablado de sexo, ni de las cosas que ella me hablaba. El segundo esposo, el hermano del primero, se casó con ella por las reglas del pueblo. Ninguna podía quedar viuda. Al morir él, ella se enamoró por primera vez. Fue con un joven, de otro pueblo. Se casaron a escondidas y fue un amor pasional. Pero duró poco, pues al regresar al pueblo, él no pudo con los rumores de su esposa y huyó. Sarah contaba con dinero de su vuidez y lo regalaba, pues me dijo que era dinero sucio. Me enseñó a leer con precisión, aprendí sobre el cuerpo de la mujer, de plantas de nuestro bosque, de las estaciones. Me leía cuentos, sobre dioses diferentes al nuestro, pero sobre todo, de nuestra diosa, la madre tierra.

Una tarde, al regresar a casa, el señor ya estaba sentado en la mecedora. ¿De dónde vienes? Preguntó. No respondí. Se levantó, se acercó para golpearme y puse mi mano antes que me tocara. Me miro con odio. “Sé que estás todos los días en casa de la bruja, tú y ella van a ser quemadas por herejes.”

Salió de la casa.

Tomé al bebé con fuerza. No quería morir. No era una hereje. No quería quemarme. El señor no llegó a dormir dos noches. No salí de la casa, hasta que oí a la gente del pueblo gritar al anochecer. Salí y vi a todos afuera de casa de Sarah. El señor frente a todos gritó: “Hemos permitido que la bruja viva entre nosotros, envenene nuestro pueblo, mate a nuestros hombres y hechice a nuestras esposas. Debemos parar esta atrocidad y quemarla para aliviar a Dios por nuestros pecados.”

Entraron a casa de Sarah, la tomaron de los brazos y la sacaron. Ella estaba en ropa de cama, con el pelo negro revuelto, su cara blanca y sus labios rojizos. Me vio a lo lejos y me sonrió. Me paralicé, las lágrimas brotaban de mis mejillas, sostuve al bebé con fuerza y me dio miedo hacer algo por Sarah. No quería perder a mi bebé, mi vida. Susurré, perdóname Sarah.

Se la llevaron a mitad del pueblo, la amarraron en un árbol, el señor leyó un pedazo de la biblia y le prendieron fuego. En ese instante empezó a llover, tuvieron que prenderle fuego varias veces porque se apagaba en minutos. Ella reía y le escupía al señor. Y mientras ella más reía, él más se enojaba y gritaba: “¡El diablo! ¡Vean al diablo en persona!”

Yo veía de lejos, impotente, llena de coraje. Sarah era buena, bondadosa, sabia, ¿por qué el odio? ¿Por qué? ¿Por qué era tan peligrosa a los ojos de todos?

Dejó de llover y el fuego creció. Sus hermosos rizos negros fueron lo primero en prenderse. Volteé la mirada. Esa imagen la tendré hasta que de mi último respiro.

Al terminar la función, todos fueron a sus casas. Al día siguiente, sin que nadie me viera, tomé un poco de las cenizas de Sarah y las llevé al bosque, en el lugar donde la vi, ese día que estaba perdida sentada en esa roca.

El señor de mi casa, se tornó cada vez más violento, diciéndome que si hacía o decía algo, me tocaría la misma suerte. Gracias a él fueron quemadas más de veinte mujeres en el pueblo. Yo ya no era la misma. Le daba de comer, lo atendía y planeaba mi venganza. A los pocos años, él murió. Nunca se supo qué había causado su muerte.

Yo era todas las muertas. Yo era ellas. Ellas eran yo.

Al pasar los meses y con mi libertad, mis padres me querían casar con mi cuñado, cosa que prohibí, a gritos; mi voz por fin era escuchada.

Hoy soy respetada en mi pueblo, me tienen miedo; curo a mujeres, les ayudo a dar a luz, a aliviar dolores de cada mes; las cosas han cambiado.

Le enseño a mi bebé, una hermosa niña ya de siete años, a leer y todo lo que sé, para que ella pueda tener el conocimiento y sabiduría de sanar a otras.

En el pueblo me llaman partera, pero en mi corazón, que late al recordar a Sarah y lo que hizo por mí, me digo a mi misma, en el frío de la noche: BRUJA.

 

TWITTER: @marcelecuona 

INSTAGRAM: marce_lecuona