Para mí, nuestro último momento juntos fue cuando me dejaste en las escaleras eléctricas, yo volteé mientras subía y pude ver tu cara que me hacía un puchero y al abrir tus labios sin sonido me dijiste: “No te vayas”.

No sabía que tus “no te vayas” iban a estar contados. Los hubiera atesorado.

¿Cómo poder con el dolor inhumano de perder al ser amado?

Es estar, pero casi no poder saborear nada. Se pierden esos momentos que vemos tan rutinarios cuando los vivimos, pero son los que se retuercen en la mente en el duelo;. nunca voy a poder sentir el calor de tu piel, recibir un tierno beso, debatir contigo, nadar, comer algo que me cocines, ya no bailaremos juntos, ya no habrán movimientos de cadera. ¿Con quién voy a escuchar la misma música que me gusta a mí?

Te digo, lo que extraño, es la cotidianidad.

Y pierdes el control; no puedes dormir, pero no quieres estar despierto. No ves nada, el aire te lastima, no hay sentimientos, pero puedes sentirlo todo.

Murió alguien, murieron muchos. No recuerdo cómo me enteré, pero fue el día que moriste. Fue el día en el que las noticias dijeron que jamás te iba a volver a ver.

Mientras escribo escucho a Rachmaninoff Piano Concerto 2, de lo último que me mandaste por mensaje, y me acabo de dar cuenta que dentro de ella está “All by myself”. La plagiaron. Aunque no estás, aún me enseñas. Es tan curioso, esa canción la escuché hoy en la mañana y pensé en ti.

A veces escucho tus audios, sólo para oír tu voz. Me encuentro con algunos que me lastiman, pero otros que me recuerdan por qué te amé tanto.

Vives en mí. Ya eres parte de mi historia y espero haber sido parte importante de la tuya. Agradecida de haberte conocido. De haber tenido momentos maravillosos junto a ti. Fuiste mi más bonita esperanza. La muerte separa; pero el luto, el duelo, el negro remarca tu ausencia. Estás aquí aunque no lo estés. Perdón, la tristeza me hace ser repetitiva.

A veces abrazo tu foto de bebé y pienso cuánto me hiciste sentir. Celebro tu existencia, lo bonito de ti y lo malo también; no podría amarte de verdad si no hubiera podido reconocer tu oscuridad.

Me susurraste al oído un día “no te vayas” y yo tenía que irme a trabajar, transportarme dos horas, hacer lo mío, para regresar otras dos, sólo para estar unas cuántas contigo. Nunca lo viste, ya nunca lo harás. Prefiero ésta muerte que no haberte conocido en lo absoluto. Contigo, hubieron momentos de éxtasis; tantos que hasta bromeábamos sobre que vendrían por nosotros la policía de la felicidad.

Hoy ya no estás. Todas las noches repito varias veces dentro de mí “no te vayas, no te subas, no me dejes, no mueras…”, pero ya no me escuchas. Ya estás muy lejos de mí. Veo la oscuridad del universo, las estrellas fugaces y pienso en ti. Un día todos vamos a morir. Seremos negro sin conciencia. Qué bello que ahora que la tengo, pude experimentarla contigo. Este es mi tributo de amor para ti, aunque creo, sin sonar soberbia, que hice muchos.

Yo soy la romántica.

Yo soy la existencia.

Yo soy la poeta.

A veces quiero contarte cosas y me tengo que recordar que ya no habitas en mi dimensión. La muerte ronda en mi trabajo, a mi alrededor, tú, el metro. Todos muertos sin darnos cuenta. Creo que entiendo casi todo, pero el amor es lo único que no quiero entender. Tu mirada, mis ilusiones, tu humor negro, mis sentimientos. Abandonar a alguien, aunque sea por muerte física o emocional, debería ser penado por la ley. ¿Cómo se sostiene este vacío?

Es la delgada línea dorada; sabes que se va a quebrar, habrán muertos, sabes el costo que conlleva salirte con la tuya un rato: La muerte.

“No te vayas”, no mueras, no me dejes en este mundo tan caótico, tengo miedo de la incertidumbre de mi ser. Mi yo del pasado quiere conocerte de nuevo.

Y sostengo sin poder respirar del dolor, pero ya soy grande, sé que la muerte se supera con el tiempo.

Luminiscencias, esa noche, magia, estrellas, negro, muerte, amor; todo es tan majestuoso y horrible.

Mi yo del futuro quiere conocerte de nuevo.

Mi yo de ahora quiere sobrevivir.

Quiero llorarte lo que deba llorarte para verte cuando seamos parte del todo, ese oscuro momento en el que sin conciencia, pueda reencontrarte.

La muerte del ser.

No puedo.

Para mí, nuestro último momento juntos fue cuando me dejaste en las escaleras eléctricas, yo volteé mientras subía y pude ver tu cara que me hacía un puchero y al abrir tus labios sin sonido me dijiste: “No te vayas”.

Soy repetitiva, lo sé, la tristeza.

Ya no recuerdo si subiste a un vagón de metro o a un avión, pero algo se rompió.

Y antes de dormir, digo tu nombre varias veces, pido entre lágrimas “no te vayas” para soportar el hecho que ya no estás físicamente aquí.

 

La delgada línea dorada de vivir sin ti.

 

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