Una voz, cómo si alguien me dijera al oído la primera oración del primer parrafo (pam, pam, pam), y comienzo a escribir.

*Pam: El sonido que según yo hace el tecleo de una maquina de escribir. Obvio no escribo en una maquina de escribir, estoy en 2020, pero eso hace el texto un poco más dramático.

Puede sonar esquizofrénico, pero alguien me dicta, lo juro. A lo mejor sólo soy un canal, un cable dónde gente de otra dimensión me dice lo que tengo que transmitir. Está bien, me rindo, eso sí suena esquizofrénico, pero darle el valor a las musas, me libera del ego. No soy nada del otro mundo ni especial sólo porque escribo mi sentir.

Desde hace un tiempo he descubierto quién soy. Todos los días son una prueba para determinar mi carácter; no es nada bonito, les aseguro.

Mi oscuridad está llena de tinieblas, con monstruos que me recuerdan que nadie me ama. Ni yo misma.

Mi miedo al abandono es latente cada que alguien decide salir de mi vida.

Pam, pam, pam; “Escribe sobre eso”, me dicen las musas, “Escribe sobre tu dolor más profundo. Ese que poca gente se atreve a admitir.” Sabemos lo que nos marca en la infancia, lo difícil, es cambiarlo. No ponerle una curita al dolor; es mejor hacerlo presente para poder sanarlo.

El abandono. Ese recuerdo de niña de querer tanto ver a mi madre y no poderla tener. Creía que ella no quería estar conmigo. Ella quería, sólo que no podía. Siento ese grito de mi infancia al decirle a alguien que amo que no me deje. El amor no tiene explicación. Se ama y ya. Esa es la magia del ser.

Humanos que no queremos ver el dolor de los otros. No querermos sentir compasión por nuestra especie, menos por los animales. Nos sentimos superiores con nuestra existencia momentánea sin querer admitir que todos estamos rotos.

Pam, pam, pam. Ámame, porque no tengo fuerzas de amarme yo. Te amo, porque quiero depositar en ti, mi infancia perdida. Ámame, te suplico, no me dejes, que si me dejas, no sé que haré conmigo. El amor, es comprensión a ti mismo: Marce, estamos intentándolo, todos estamos improvisando.

Pam, pam, pam… “Si vas a escribir que sea lo que más anhelas”, me dicen las musas.

Desde que tengo uso de memoria, le temo al compromiso por el miedo al abandono. Era infiel, abusaba, maltrataba y si me dejaban, me daba gusto en el fondo, porque era decir: Lo sabía.

Lo curioso es que no me dejaban del todo; ellos querían más. Pero, llegó el primer hombre que me abandonó; me aferré con fuerza para no perderlo y se fue. Tres veces. ¿Judas? No, sólo estaba roto igual que yo.

Pam, pam, pam, “No te desvíes, me dicen las musas. Ese no es el mensaje de este escrito.” Al pedir a gritos que no me dejaran, mi niña se aferraba a la madre.

Tengo miedo de tomar decisiones. De soltar. Ahora quiero el compromiso. Darlo y que me lo den. Llegó la hora.

Hace un par de años, al mudarme por primera vez sola, empacaba sin nadie que me ayudara y me puse a llorar. Le llamé a mi mejor amiga que vive en París, mexicana, sola, sin su familia, sin amigos cercanos y le dije: “Amiga, tengo mucho miedo” y ella me contestó: “Ser una mujer empoderada da miedo”. Ella, la mujer más fuerte que conozco, sin miedos, sin ataduras, siendo libre.

Pam, pam, pam; ¿De que sirve ser una mujer independiente, tener trabajo, dinero, fortaleza para dejar el alcohol, la carne… de qué sirve ser una mujer que sabe lo que quiere? A los hombres les gustan débiles, que los necesiten, que no los hostiguen. Quieren mujeres que lloren porque no se pueden comprar un vestido. Quieren cazar, ser protectores, dadores.

Y decido no ser juiciosa. Dar trabajo, dar espacios, dar comidas, dar amor. No basta. Aún tengo miedo, tengo que soltar. Nada es mío.

Recuerdo que de pequeña, no tendría más de seis años, vi en el patio de la escuela, a un niño que corría tras una niña llorando que huía de él. Fui tras él, le di una patada en la entrepierna y cayó en el piso. Ya en la dirección, el director preguntó qué había pasado. La niña dijo que jugaba con él y llegué a pegarle al niño sin razón alguna. Mi cara fue como el meme de Pikachu con la boca abierta. Estaba sin palabras. (Las musas no me dictaron lo del Pikachu, fue una licencia que me tomé).

Pam, pam, pam; Primer traición de mi género. Todas van a querer estar en el lado ganador. Y ahora que lo escribo pienso que así he sido toda mi vida, pateo en la entrepierna si veo a alguien que hace llorar a una niña. Yo defiendo, soy maternal, matriarca, la fuerte, la indomable.

Mentira musas, alguien fuerte no hubiera sucumbido al alcoholismo. Mi terapeuta dice que me hundía en el alcohol, hasta tocar fondo para ser esa niña y que alguien más me cuidara. Sólo me permito ser cuidada inconsciente porque así me quito mi careta de “fuerte”.

Me vulnero ahora con la voz. He cambiado mi manera de abrir mi corazón. Ya no lo hago en estado etílico. Lo hago con el alma herida y grito: ¡No me abandones!

Pam, pam, pam; Quiero ser pilar por las que no pueden sostenerse. Quiero dar la patada en la entrepierna siempre que pueda ir tras el agresor.

Ahora sé, que mi fortaleza es el amor. Necesito ayudar o me asfixio. No porque me hace sentir bondadosa, todo lo contrario, siento que nací para ayudar. Pero tengo que amarme primero, soltar mis miedos.

¡No puedo soltar, musas! Muero, lo estoy sintiendo.

Y me contestan: “Todo ese amor que le gritas a una pareja, que supliques que te den, que haces todo para ser amada, ¿que pasaría si se lo dieras a varias almas?”

Pam, pam, pam; Lo que más quiero en la vida, es una familia. Una manada mía, propia, creada por mí. Con un compañero, que me tome de la mano y me diga, te acompaño. Que veamos el atardecer y agradezcamos al universo estar juntos. Quería hijos. Quería el sueño de amor romántico. Despertar abrazada de alguien que me diga “Te amo” y nunca tener miedo de ser abandonada.

A veces siento que no alcanza, que doy euros y me regresan pesos. No siento lealtad a los que he dado todo. Una vez más estoy en la dirección siendo castigada por el director por la niña que defendí. Miedo, abandono, traición.

Pam, pam, pam; No. No vale de nada señalar a los demás, ¿qué tienes, lectora o lector, para dar?

Hubo una escritora en el siglo XIX, francesa, que usaba de seudónimo George Sand. Esta mujer, con papá aristocrático, se casó, pero se divorció después para perseguir su sueño de ser escritora en 1830.

Se vestía de hombre para entrar a lugares a los cuales no podía entrar como mujer. Tuvo amantes muy controversiales cuando ya estaba divorciada, como Musset, un escritor también, y el mismísimo Chopin.

Sus amigos eran el compositor Liszt, los escritores Victor Hugo y Julio Verne.

Escribió de todo, pero sus libros más controversiales y más famosos fueron los de sus amores. Fue excelente madre, nunca se separó de sus hijos y fue, sobre todo, una mujer que dejó huella y tocó a muchísimas mujeres, que en su época se sentían reprimidas, solas y confundidas.

Pam, pam, pam… Adiós a la idea de un amor de película, de hijos, de familia, mi manada son las mujeres que necesitan un hogar. Quiero darles mi plataforma, mis espacios, escritos o hablados, mis redes sociales. Quiero que tengan esa mamá. Quiero dejar de sentir miedo para poder cobijar con amor y compasión a quién se acerque a mí. Tengo mucho amor que dar. Tengo que darlo. Se desborda, se acumula, me hace llorar.

¡Quiero ser madre! Quiero ser refugio para muchas, quiero ser como Sand, que hoy podemos decir su verdadero nombre: Amantine Lucile Aurore Dupin.

Obvio se llama Amantine, suena a amor.

Para ser mujeres que dejan huella se necesita valor, coraje y no tener miedo a estar solas por ser diferentes, no tener miedo de romper esquemas, de voltear cabezas.

No aspiro a ser tan grande como mi querida George Sand, pero sí hacer algo con mi voz.

Pam, pam, pam; las musas se quejan: “Marcela, no es tu voz, eres un canal.”

Y tienen razón. El ego nunca debe ganar ante mi misión (impuesta por mí) en este pequeño fragmento de vida de lo que soy en comparación de lo que ha estado la humanidad. Si mi existencia es un segundo, que cuente cada uno.

Tengo miedo, estoy rota, no me abandones.

Si has reído, llorado, suspirado, anhelado, recordado algo mientras me escuchabas o leías, mi misión será cumplida.

Siempre tendré el recuerdo que un día, en mi mayor confusión y soledad, quise convertirme en alguien diferente.

De viejita reiré que me atreví a sacar un blog y que escribía, mientras varias mujeres lo leían.

 

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