Basado en hechos reales.

Te metiste a bañar; estabas completamente emocionada por tu nuevo día de clases. Un nuevo comienzo, sin prejuicios, sin miradas llenas de odio. Sería como una obra de teatro donde jugarías el rol principal. Sí, por primera vez en tu vida podrías ser lo que tanto habías querido: bonita.

Ya sabías como atraer las miradas masculinas. La navidad pasada habías logrado bajar unos miserables dos kilos, pero lo tuyo, era la labia. Ya bastante habías sufrido con lo que te gritaban en primaria y secundaria. Gorda, obesa, aguada, mantecosa… todavía podías oír las palabras. Pero no, ahora no. Te subiste un poco más la falda.

La primera vez que tuviste sexo lo entendiste; tenías quince años. Fue un vecino tuyo del que todas estaban enamoradas y tú lo habías conquistado, o al menos, eso habías creído. Una fiesta, una simple borrachera… él duró apenas unos segundos. No usaron condón, se vino dentro de ti y te dijo: ¿A dónde te llevo? Mi novia me está marcando y tengo que irme.

No, eso no era el amor que habías imaginado. No, eso no. Lloraste amargamente toda la noche, juraste vengarte de ella, de todas las que de verdad fueran amadas, de todas las mujeres que fueran felices. Te viste al espejo. Tus ojos verdes tenían marchitados la edad de la inocencia, tu maquillaje se había corrido. Ya no viste a la niña obesa sino a la mujer, a una mujer un poco prognata, no bella, pero si inteligente. Nadie más se burlaría de ti. Ni hombre, ni mujer.

La belleza está adentro, pero tú ni eso tenías ya, la habías perdido en su totalidad.

Pasaste preparatoria inadvertida, un fantasma, todos ignoraban tu presencia. Te alimentabas de la energía de los hombres sin personalidad. Dos abortos, pero ¿Quién iba a enseñarte de moral? con tu sexo sabías que los tendrías comiendo de tu mano; al principio fue por diversión, después fue algo insano.

Las mujeres fueron las siguientes, el vacío fue cada vez mayor, porque el rechazo fue inminente. En la edad donde todos se están encontrando, el alcohol puede ser engañoso. Los besos se te daban, pero cuando llegabas a tu recámara, cuando estabas con tu soledad, nadie estaba a tu lado, nadie quería ser tu pareja, nadie quería pasar un Domingo contigo. Ya estabas quemada.

Primer día de clases en tu escuela nueva. Dicen tu nombre:

“Mariana Acosta”

“Presente” dices casi susurrando. Sientes el corazón a punto de estallar de tu gran escote. Las miradas de los hombres te penetran, lo has logrado una vez más.

Llevas un mes en ese ambiente, amigas y amigos nuevos, desgraciadamente no has podido evitarlo; ya te has acostado con varios.

Un compañero de otro salón, uno del tuyo, a varias mujeres te les has insinuado… todo en nombre del amor.

Escondiendo tu gordura entre tus faldas, hay una de todas que te llama la atención, parece perfecta, parece feliz, es bonita, parece la novia de ese tu primer amor. La odias desde el fondo de tu corazón.

Tú no sabes que ha pasado en su vida, tú no sabes si ha sufrido, no te interesa escuchar su historia, y un día, desarmada, te acercas a ella diciéndole que quieres ser su amiga. Ella te sonríe y te dice que desea lo mismo también. Le dices que siempre has tenido problemas de obesidad, que por favor te ayude, que te de un consejo. Ella te escucha y te abraza, te dice que eres bella. Sonríes siniestramente. No conoces la amistad. No conoces el amor.

Pasan las semanas y una noche, en una reunión, te presenta a su novio. Un hombre muy inseguro y no muy interesante pero con dinero. Te cuenta como se conocieron y tu emocionada le dices “que bella historia de amor”. Tú no conoces de esas historias, nadie te ha tratado de conquistar, nunca te han dado flores, desconoces las declaraciones de amor y la pregunta ¿quieres ser mi novia?

Te preguntas: ¿Por qué ella sí y yo no?

En esa reunión tú estabas con un hombre mayor, tendría unos cincuenta años. Este hombre cincuentero le había tirado la onda antes a la niña bonita en tu cara, eso había incrementado tu odio y ahora tenía que ser tuyo. Lo fue.

Viste de lejos que la pareja se peleó, y desde el balcón, viste como ella se fue en un taxi.

Desde ahí supiste qué hacer. Él debía ser tuyo, no importaba que pasara después; si a ella la verías diario, si romperías una relación una vez más, si lastimabas a una mujer que te brindó su amistad.

Que ganaras un poquito de autoestima y algo de placer era lo único que importaba.

Despertaste en el motel, él se estaba yendo sin ti. Te dejó dinero para el taxi, ni siquiera te llevó a tu casa. Le urgía irse para hablarle a su novia.

Una vez más te dejaban sola.

Llegaste a tu casa cruda y usada como un objeto. Te miraste al espejo mientras de desnudabas y no te gustó lo que viste. Tu carne blanca y flácida no se comparaban en fealdad con tu alma usada y desgastada.

Tapaste tu boca con la mano derecha y con la izquierda tu cuerpo. Lo que justificabas con ninfomanía no era más que una excusa para buscar a quien amar, a quien abrazar… para encontrar a alguien que te amara como eras…

Sonó tu teléfono. Viste que era un mensaje de la niña de tu salón.

“Sé que te acostaste con mi novio”

Ya sabía la verdad, no había escapatoria, todos lo sabrían, una vez más estabas quemada, nadie más te tomaría en serio. Le contestaste de forma irónica riéndote de ella…

“Pobre de ti”

¿Qué más te quedaba? Pobre mujer sin alma, sin amigos, sin amor, sin Dios, sin nada.

Te echaste a la cama en posición fetal y decidiste que de ahora en adelante tratarías amarte a ti misma y dejarías de hacer daño a los demás, ¡Pero que difícil sería amar algo tan monstruoso!

Lloraste y con un eco desgarrador se oyó “Te perdonó Mariana Acosta”

 

 

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