Has pensado alguna vez, ¿por qué a mí? En este escenario fastuoso llamado vida, nos toca hacerla de víctimas o victimarios.

Es muy fácil ser víctima, lo amo, es mi rol favorito. En la obra en la que actúo que se llama Marce la grandiosa, hice casting y me quedé con el papel. ¿Lágrimas? Claro que sí. ¿Chantaje emocional? Tráiganme mis huellas de dolor, porque yo soy muy del método. ¿Lluvia mientras me bajo de un coche en movimiento? No se diga más. Me tomó treinta y cuatro años, hace uno y medio, darme cuenta. Fue cuando mi terapeuta (ya saben, esa gente que le pagas para que te digan cosas malas sobre ti misma), me dijo, oye y.. ¿no será que no todos están contra ti? A lo mejor como fuiste víctima en varias circunstancias de tu infancia, de las cuales no tenías manera de defenderte, pues sigues vibrando esa actitud de indefensa y eso atrae a gente con ganas de aplastarte, pero sólo porque buscas la excusa para sentirte mal contigo misma.

La odio.

En pocas palabras, escojo malas personas o pésimas decisiones para poder regodearme en mi dolor. Sí, damas y caballeros, soy una codependiente al dolor. Mis últimos cuatro años han sido los más dolorosos, pero también los más hermosos. Me enamoré, me rompieron el corazón, me lo volvieron a romper y me lo volvieron a romper. Me quería morir, (obvio ya había sufrido por amor), pero por primera vez en mi vida, me di tiempo de sanar, de darle su duelo y de buscar ayuda pues el tequila ya no hacía efecto. También más gente conoció mi trabajo, conocí el feminismo, coprotagonicé dos temporadas de una serie, dejé el alcohol y me volví a enamorar. Perdón que ande de presumida, soy Leo. Pero, recuerden, el dolor. Mi niña interior, está acostumbrada a eso. Dolor. Es como cocaína para ella.

Pero, a ver, ya pasé todas las materias, tengo un doctorado para salir de las situaciones que me jodan la vida. Ya sé poner limites. Decir un grande y certero no, eso me lastima. Y si la persona, jefe o compañero no entienden, es muy sencillo, me abro de la ecuación. Me alejo de esa gente o de esas cosas que me van a dar dolor, porque en el fondo, quiero lastimarme. Ese es mi talón de Aquiles.

Cuando dejé de tomar, lloré tres meses seguidos, y si no tenía tiempo de llorar, en la regadera mamita, para que rinda el tiempo y se disuelvan mis lágrimas con el agua puerca de la ciudad de México. No es necesario que nadie me vea, ya no lloro para chantajear a nadie, puedo hacerlo solita. Sin espectadores. ¿Dónde está mi pinche Oscar? Ni Meryl Streep, amigos. No es cierto, Meryl puede interpretar hasta mi clítoris si se lo propone.

Me dejó de doler el alcohol, se me antojaba, claro, pero ya no había dolor. Hasta tengo una botella de tequila en mi casa para los invitados. Mentira, la tengo por si algún día recaigo y no pensar en ir al Oxxo, porque la caminada me haría arrepentirme y si voy a volver a tomar, no quiero pensármelo mucho. Me desvié. ¿Recuerdan que les dije que me volví a enamorar? Amo estar enamorada, pues al principio esa persona, en tu cabeza, es perfecta, todo es bello, descubres sexo con alguien nuevo, sus brazos son tu lugar favorito y puedes, sobre todo, sufrir si te lo propones.

Pero esta relación tenía algo que nunca había desarrollado del todo: Amor propio, ya saben, eso que nadie te enseña a tener. De hecho, lo que me ayuda con alcohol, es mi amor propio. Me dice cosas como; “¿Neta? Acuérdate como valimos madres la última vez. Ya vas a cumplir el año. En verdad, vas a tirar todo el esfuerzo a la basura? No tomaste en Bacalar, ni en Tulum en esa fiesta increíble, no tomaste en tu cumpleaños y vas a tomar este día tan equis?”

Sí, mi amor propio me habla como si fuera mi comadre.

Y es cuando me alejo de todo y me voy a mi cuarto a llorar, pues no tomar es una deuda que tengo conmigo misma. No se le acerca ni a la deuda externa. Así que lloro y lloro mucho, pero ya no para sentir placer con el dolor, lo hago para desahogarme. Antes hubiera ido a una iglesia a hincarme y llorar frente a un cura para que piense que soy una víctima, me arrope con un chal y me diga que soy la pobre hija de Dios más indefensa.

Que. Me. Den. El. Oscar. Ya.

Para salir del papel de víctima hay algo básico; estás ahí, porque quieres. Me refiero a cosas banales, no empiecen. Si alguien sufre de pobreza extrema por más que trabaje, si alguien tiene cáncer, si alguien nace con algún padecimiento médico, no se lo buscaron. Lo aclaro para que no me vayan a atacar ni con el pensamiento, me llegue la mala vibra, me sienta una víctima y me duerma mientras lloro.

Cuando, por fin, comienzo a ser feliz, grabo serie, programa, novio fabuloso en Playa del Carmen, viene, como si lo hubiera mandado a hacer para el segundo acto de la función, algo, que a nosotros, las víctimas o las víctimas en rehabilitación, nos encanta y que no habíamos contemplado nunca: Una pandemia.

¡Qué oportunidad para regresar a mi papel! Yo, desde mi privilegio, tomé un avión antes que todo estallara y me vine con mi novio a Playa del Carmen. ¿Qué podía pasar mal? Todo. Porque nadie está preparado (a menos que vayas a prisión) a estar encerrado, (también los animales en zoológicos o en rastros están encerrados sin su consentimiento, disculpen, también soy vegetariana, pues somos sus victimarios).

Gracias a la pandemia, iba a tener una luna de miel con mi novio, pues gracias a la distancia, vivíamos una situación idónea, te veo poco, pero seguido y no me doy cuenta de tu vida de todos los días. Era la primera vez que pasaríamos tanto tiempo juntos. De hecho, cuando mi novio me propuso relación a distancia, me dijo que sería muy romántico. Nos extrañaríamos mucho y nos veríamos con gusto. ¿Se enteraron que con la pandemia subieron un cuarenta por ciento los divorcios en China? No, porque me acabo de inventar la cifra, pero sí fueron muchos. En Suiza se aceptaron los divorcios por videoconferencia, ¿el amor no aguanta el encierro? La respuesta es no.

Entonces, viendo mi escenario, y a los actores secundarios, están mi novio, su hermano que vive con él y sus vecinos que son una pareja. Yo soy la protagonista, obvio.

Todo iba perfecto, hasta que, me di cuenta, que en esta casa se toma diario alcohol. Diario. Llámenle como quieran, desde vino hasta tequila, de ese tequila con sabor a nirvana que cada que lavo los vasos me dan ganas de lamerlo. Cuando yo venía de vez en cuando, lo veía, soy víctima, pero no ciega. ¿La magnitud del consumo? Podía soportarlo. Pero encerrada semanas, se me empezó a antojar. No me malinterpreten, no los juzgo. De mis trece hasta los treinta y cuatro años, esta casa hubiera sido mi paraíso de pandemia. Pero casi, apunto de cumplir el año de no tomar, me encierro en una casa donde, desde las dos de la tarde, hay copas de vino.

¡Vaya universo! Bien jugado.

Además de temas de la limpieza (la mayoría de las mujeres me van a entender pues al parecer todas somos Esperancitas en este momento), tener tanta gente en la casa cuando valoro mi soledad, limpiar diario lo de los demás (sí, feminismo, te he fallado), venía el problema más fuerte; si esto fuera la obra de teatro de Marce, la grandiosa, ahora es el clímax. ¿Quién va a ceder, mi novio o yo?

Amor propio: “Marcela, tranquila, todo está bajo control. Él no entiende tu enfermedad, ellos no tienen porque entenderla, es tuya y de nadie más. No es tu casa, ni tu zona de confort…” pero fue interrumpido por alguien conocido.

Víctima: “Con que, aquí estamos de nuevo. Estás con gente que no respeta tu enfermedad. Ya se los comentaste y aún así, toman diario frente a ti. Debiste quedarte en tu casa, con tu gato. Dejaste todo de nuevo por un hombre, pagas renta de un departamento en el que ni estás. Tonta, siempre vas atrás del glande. No aprendes, nunca vas a tener una relación en la que un hombre te de tu lugar. Sufre, llora, pues en cuanto te vayas de aquí, sabes que lo tienes que terminar, pues es su estilo de vida y él no lo va a cambiar por ti. ¿Te has dado cuenta que casi no tienen tiempo a solas? No le interesas, no te ama, no te desea. ¿Quién te desearía? Tienes treinta y cinco años y nunca te has casado, has estado cerca pero por culpa de tus papás tienes miedo al compromiso. Esas dos personas sí que te destrozaron. No te enseñaron una pizca de amor de pareja. Es más, ahora que lo pienso, tu novio tiene comportamientos que tu padre tenía con tu mamá cuando estaban juntos. Esos patrones machistas. ¿Cómo no pudiste escoger bien después de haber sido novia de Voldemort durante tres años? Te pensaba más sabia.”

El razonamiento de la víctima tiene un punto. Para la gente que no entiende al alcohólico seco, piensen esto; mujeres, estar encerradas con Brad Pitt, desnudo en un cuarto, sin poderlo tocar. Hombres, la misma situación, es Brad Pitt, no me jodan. Y todavía mi novio me dice: “Me siento culpable de haberte invitado y la pases tan mal”. Hice como que no le entendí por su mal español. La víctima estaba ganando y lo peor, no puedo tomar un avión y largarme. Estoy en mi peor pesadilla, en una casa con la cava más deliciosa del mundo, acento francés y comida hecha diaria por un chef. ¿Por qué no podía ser feliz con eso y ya? ¿Por qué no fluir y llevarme bien con todos? Ser la mujer amena y linda que sé ser. Entre otras cosas, ¡Soy comediante! Debería ser, en teoría, la mejor de las compañías. Todo lo contrario, la gente aquí ya se esconde para tomar y yo, con mi carota, me encierro en mi mundo, no convivo o no diario, para no caer en la tentación.

Lloro, lloro diario en la mañana, en la tarde, en la noche, por mis demonios, por la gente que no tiene que comer, por no disfrutar mi privilegio, por miedo a perder mi relación, por haber tomado una mala decisión, pero sobre todo, por mí.

¿Dónde está el maldito Oscar?

Ya va a acabar la obra, quédense al final. He hablado de esto con los miembros de la casa, porque creo que la palabra, la comunicación, la conexión con otro ser, es la clave para ser entendido. Fracasé. Lo único que ha sucedido, es que me he aislado más.

Víctima: “Ese hombre no te ama, si te amara, no tomaría diario. Serían un equipo…”

No dejé a la víctima terminar. Subí a la azotea, puse mi música favorita y viendo el atardecer, pues que creen, claro ¡Volví a llorar! Ya soy como Brendan Fraser en El Diablo con el Diablo, ¿ese pelirrojo que llora por todo? Y en ese atardecer, no me permití ser víctima, yo tomé la decisión consciente de venir aquí sabiendo en el fondo de mi ser, que ver alcohol diario era una posibilidad, pues ya lo había presenciado veces anteriores que había venido. Sí, me gustaría ser más comprendida, pero me entiendo yo. Esta deuda es mía y no, no puedo ser esa Marcela alegre y permisiva sólo para no caer mal. Soy ya esta amargada que no soporta que pasen sobre mí. Y pasar sobre mí, es primero conmigo. Haga lo que haga la gente, yo soy responsable de mi integridad, esa nadie la puede romper más que yo.

No sé nada, estoy como toda la humanidad. Cuando termine esto nadie podrá ser igual. No sé si habrá más muertes, si la gente merezca otra oportunidad pues hemos sido una basura con la madre tierra, no sé si voy a tomarme esa copa de vino en algún momento o seré yoda y levitaré el resto de mis días, no sé si van a terminar mis ahorros o si tenga que irme a vivir con mi madre después de esto (Uy, ahí sí, mi víctima tendría un festín). No tengo idea si mi relación podrá con la presión del encierro o si voy a morir sola en algún asilo de Italia. ¿Qué creían? Que la vida de esta histriónica actriz va acabar en algún lugar sin contexto dramático? Ilusos. Jugando cartas en italiano con la señora Víctima siendo mi rival. Yo le ganó la partida casi siempre.

Estaré vieja, recordando la pandemia y como salí de esto más fuerte.

Claro, lo voy a recordar llorando.

Víctima: “Si sales, ¿qué tal que mueres?”

 

Fin de obra.

Aplausos.

 

TWITTER: @marcelecuona

INSTAGRAM: marce_lecuona