Se acabó. Sí otro hombre me vuelve a decir: “Eres mi maestra, gracias por enseñarme tanto”, les juro que voy a dar clases a la universidad.

Déjenme ver sí entendí; nosotras hacemos la investigación, vamos a terapia, tenemos círculos de mujeres, lloramos (aunque nos llamen emocionales como defecto), leemos, nos informamos, ¿Y ustedes pasan de mujer en mujer mientras se nutren de nosotras y se salen con la suya como sí nada?

Nosotras sabemos la historia de la otra. Sabemos quién repite patrones, quién es la “amiga nunca novia”, quién usa su cuerpo para ser “amada”, quién es “la empoderada”. Sabemos quién es sumisa y soporta al infiel, pero sobre todo sabemos el por qué. Todas hemos estado en alguna categoría, por decirlo de alguna manera. No justificamos, pero ya no señalamos; sabemos el miedo y dolor que conlleva creer en una misma. Y ¿por qué lo sabemos? Porque estamos destinadas a agradarles a ustedes. En ser las maestras, las complacientes, las geishas. Las madres.

Han saciado su sed con nuestro cuerpo, mente y alma. Han abusado de nuestro miedo ante su fuerza. Todo lo que se puede ver y palpar es orden patriarcal: Nuestro padre o alguna figura masculina, que es disciplina y después, todos sus derivados; la escuela con un director, la religión con un Dios, el gobierno con un presidente. Todos diciéndonos qué hacer y cuál es el castigo sí no lo hacemos. Todos, en su mayoría, hombres o leyes hechas por ellos.

Ustedes gobiernan el mundo. Nuestro mundo.

La mayoría de nosotras amándolos y justificándolos con instinto de madre. Ella es la única que ama incondicionalmente. La que no espera nada a cambio. Para todos los demás mortales, el amor debe ser reciproco. Nada de maestras, nada de: “gracias querida, abriste un portal del amor para que yo lo experimente con otras”, no señores, eso no es justo. Nos usan y desechan como si fuéramos ilimitadas. Una tras otra.

Están conscientes que el amor romántico ha sido la narrativa de nuestra vida por años y lo usan en nuestra contra. ¿Cuántas veces hemos visto a mujeres aguantando todo por sostener la mentira del amor?

Hablaré un momento en primera persona; dejé el alcohol porque para amar, primero debía amarme a mí. Sanar. Todos podemos juzgar a un adicto, pero nadie sabe, el doloroso vacío que el calor de la abstinencia le hace sentir a un ser que ha tapado sus emociones con alguna droga todos los días. Sentía todo y sentía nada. Lloraba en posición fetal rogando por un mezcal. Hasta que un día dejé de llorar y llegó un hombre que me dijo quería las mismas cosas que yo; le agregó hijos, algo que nunca había imaginado para mí.

En la primera cita dije; soy alcohólica seca. Me dijo que lo respetaba, lo admiraba y que cada vez que estuviéramos juntos me preguntaría sí podía tomar alcohol frente a mí. Me dijo que no tomaba diario y que no le gustaba la fiesta. No hondaré más porque ya adivinaron que, no sólo era falso, sino que Marcela cayó redonda.

No observó, no fue astuta, no fue asertiva. Sí, la mujer debe saber todo. Qué pendeja la que se deja ver la cara. Pero que zorra la que no se la deja ver. Somos las putas o las santas. No hay nada en medio. La responsabilidad afectiva es nuestra y sí no funciona la relación, también es nuestra culpa por habernos quedado. Esperen, ¿acaso no es ese el discurso cuando un hombre golpea o mata a una mujer? “¿Cómo ella no se fue? ¿Cómo ella no fue más lista?” Ella, ella, ella.

Llegó una pandemia y con eso, dos meses y medio de infierno para mi alma alcohólica; pude ver la mentira más grande de mi pareja al tomar alcohol diario frente a mí, con su hermano y dos amigos en la misma casa. Todos los días, todo el día. Lloraba desde la tarde por querer beber. Sobre todo, ante la tristeza de lo ya conocido. Lo quise entender, porque soy alcohólica, porque soy la mamá que da amor incondicional, pero no soy madre, quiero una devuelta a mi “sacrificio”, quiero ser amada, al parecer de una forma enferma.

Al mismo tiempo peleaba una batalla en redes sociales por las palabras de mi ex pareja comediante y sus colegas; pero él parecía tener amnesia. Pocos saben que también tuvo a la madre más devota: Yo.

Le lavaba la ropa, vivía en los diferentes departamentos que yo pagaba. Lo aconsejaba, limpiaba sus lágrimas, iba a todos sus shows a aplaudirle, era su mayor fan, al grado de recomendarle que hiciera un podcast con su amigo. Oí el primer episodio, le di notas, ideas. Fui, en sus propias palabras, su maestra.

Era mucho más grande que él y me tardé más de medio año en tomar la decisión de ser su pareja y la tomamos juntos porque los dos sabíamos lo que teníamos; una conexión brutal con el arte, la creatividad y la depresión. Además de una gran química sexual que eso nubla la visión. Él me enseñó también, lo que un chico puede ofrecer, volver a sentirte viva.

Ahí empezaron los insultos con mi edad; vieja, dejada, tía, señora y tenía treinta y un años. ¿qué me espera ahora que tendré treinta y siete? ¿Mejor me mato antes de envejecer? Soporté insultos durante meses en redes sociales patrocinado por el machismo de mi gremio, pero nadie sabe que el comediante que orquestó eso, meses atrás se llamaba así mismo mi rémora y que no quería despegarse de mi lado, pero al ser yo su “madre”, me castigaba yéndose de la casa o buscando a otras. Me castigaba haciéndose la víctima, niño lastimado por su mamá loca en casa.

Estaba en una situación diferente y a la vez tan similar, pero esta vez tenía que hacerme responsable; lo único que tenían en común ellos dos, era yo. Y llega la revelación que me hace hasta ahora, no tomar alcohol. Yo fui madre de mis hermanos, pues crecimos sin ella. Nadie quiere ese rol de niña, esa responsabilidad.

Se crece sin saber amar o ser amada de verdad. No se madura. Una quiere ser cuidada también y lo entrega todo para que la cuiden, para que la amen. Hasta tomar alcohol al grado de tener blackouts. El abandono del ser amado, del hijo, del hermano, es la perdida del todo.

Lo escribo y me doy asco de cómo pude amar y ser amada de forma tan nociva; pero todos estamos rotos, el valiente aquí es el que puede ver el cáncer que lo mata lentamente y decide hacer una operación para extraerlo. Requiere coraje, llanto, miedo. Sin alcohol, sin anestesia.

¿Saben cómo llegué a la raíz más profunda de mi asquerosidad? ¡Yendo a terapia! Esto no es magia. Pero la mujer debe hacerlo. Ella, ella, ella. ¿Dónde está la justicia? No, no hay. Ellos siguen igual.

Todavía hay hombres que se atreven a decir “¿Por qué se enojan cuando pedimos que nos expliquen de feminismo?” ¡Porque estamos hartas! Hartas de ser perfectas para que nos escuchen, para que nos tomen en serio, para que decidan amarnos, en el sentido amplio de la palabra amar. Hartas que no quieran hacer el trabajo emocional que requiere desentrañar lo más oscuro del alma para ser mejores. Hartas que nos usen de terapeutas, madres, amigas, hermanas, nos quiten información, sabiduría y huyan cuando se cansan de nosotras ¿Y saben que se nos dice la sociedad cuándo te deja un hombre? “Dale tiempo, él va a regresar”.

¿Qué? ¿Él va a regresar después de estar en la fiesta porque él sí puede disfrutar su sexualidad? ¿Es un gran partido sólo porque es hombre aunque no tenga un centavo, no sea abra emocionalmente o viva con su padre?

Chicos, a veces sí que tienen suerte que una se fije en ustedes. Tienen suerte que nos han reprimido por años; desde como vestir, qué hacer con nuestro cuerpo y cómo comportarnos.

Suerte que la mayoría de las mujeres tienen miedo a hablar. Suerte que cuando expresamos algo que no les gusta, nos llaman locas. Prefiero ser una loca que no haber vivido empatía en lo absoluto, pues eso, es estar muerto.

Y nunca olvidemos cómo debemos estar físicamente para sus estándares de belleza; delgadas, grandes senos, definido trasero, labios grandes, pelo largo, todas iguales, todas para su satisfacción.

No importa cuál es cuál, todas somos objetos.

Tienen suerte que no nos damos cuenta que las redes sociales son la prueba máxima de cómo nos lava el cerebro el patriarcado: Qué tristeza que no podemos mostrar nuestra mente en redes sociales, pues ahí sería una apuesta equitativa. Ustedes tienen gratis pornografía entregada diario por nosotras en sus redes. De nada.

Aparte, la mayoría de las mujeres sin poder llegar a ese nivel de exigencia visual, deprimidas por no alcanzar su mirada.

Todavía tienen el descaro de llamarnos maestras; nos acosan, insultan, violan, difaman. Nos usan, son cogen. Somos parte de su consumo, siempre lo hemos sido. En un mundo capitalista, uno de los tres negocios más rentables, la trata de personas. Los empleados: mujeres y niños. ¿El cliente? Los hombres. Entonces ya paremos con “No es pelea entre hombres y mujeres, es de buenos contra malos”, sus justificaciones baratas de “matan a más hombres que a mujeres” y “yo no soy un mentiroso patológico”, háganse responsables de sus actos que años hemos tenido que soportar.

Háganse responsables de su ahora.

La maldad y crueldad no tienen género, pero parece que los hombres quieren cambiar esa regla.

Basta de ser sus maestras, suficiente de darles sin que lo merezcan. Damos consejos, sabiduría, amor, cariño, nuestro cuerpo; todo aprendido a base de golpes y lágrimas para sobrevivir en este mundo hostil hecho por y para el hombre.

¿Saben su suerte mayor? ¿Su lotería? La competencia entre nosotras. Tienen una estrella en la frente pues desde niñas nos dicen que nuestra mayor virtud es la belleza, ser unas princesas. La mejor, se gana un príncipe.

Hace poco alguien escribió un insulto sobre mí en mi canal de YouTube; y pensé, “Claro, no sonrío en la entrevista, me veo estirada, parezco enojada” y dije no; porque mientras grababa el programa sólo pensaba “Ábrete a aprender de tus compañeras, da puntos válidos, no divagues (porque hasta por eso me han insultado), sé certera, profesional” y aún así, se me insulta porque no soy cómo la gente quiere que sea; dulce, cariñosa, que me ría de todo. Perdón sí no tengo ganas de reírme cuando hablamos sobre cómo debemos comportarnos ante la mirada masculina.

Ojalá esa exigencia la tuvieran con los hombres comediantes y su contenido. Porque yo los veo siendo ellos mismos; borrachos, sin nada profundo que decir y el público aplaude enardecido.

Lo mismo recibo cuando acepto cualquier trabajo; sí se me escapa sentarme con alguien misógino, (créanme que investigo antes de sentarme con algún hombre en algún programa, pero por lo regular, todos lo son) y me entero después de alguna denuncia o varias, tengo que justificarme o quitar videos de mi canal. Aún así, el ataque es a la feminista, no al hombre.

Estamos hartas. Estoy harta.

Harta que haga lo que haga, se me insulta, cuestiona o califica. Malo sí tomo alcohol, malo sí lo dejo, malo sí ahora fumo marihuana, malo sí no acepto un trabajo dónde no me pagan completo, malo sí no hago reír, mal sí comparto y me vulnero, mal cómo hablo, cómo me veo, cómo me expreso. La presión de ser la novia perfecta e ir a la apertura de la panadería de mi novio en otra ciudad veinticuatro horas porque estoy en la grabación de mi serie siendo coprotagonista, pero mal pedirle que no tome alcohol frente a mí. Malo apoyarlo, mal pedirle que venga a verme, pues sólo vino tres veces en un año y pagado por mí.

Mal darlo todo, porque también es nuestra culpa. La intensa, la loca, la que no entiende.

Así que se acabó el amor incondicional. Se acabó el amor de madre, cómo me dijo mi terapeuta: Para eso, mejor ten un hijo.

Es momento que las mujeres sepamos que no podemos estar en un proceso de aprendizaje y empoderamiento con hombres que no quieren darnos nada. Se acabó el recreo. ¿Se imaginan que pasaría sí estuviéramos con hombres a nuestro nivel? Dejemos el narcisismo a un lado. Me refiero a un ser humano con el mismo nivel que no tengamos que “cuidar o corregir.”

Con errores, claro, pero dispuesto a ser honesto, responsable de su inteligencia emocional, no en la espera de la próxima novia conejillo de indias terapeuta que siga.

A las mujeres que me piden consejos amorosos; no tengo idea, pero creo que ya es momento que a los hombres les cueste más trabajo merecer nuestro amor, pidamos el mismo nivel intelectual, filosófico y psicológico que pedimos a nuestras amigas, a nosotras mismas. ¿Cuál es el miedo? ¿Quedarnos solas? ¿Ya no creer en el amor?

Prefiero estar sola que evadir, con el cuerpo de otros, mi vacío existencial. Me tengo a mí, despierto y agradezco todos los días estar viva, sin una gota de alcohol, bajo el techo que yo pago, sin crédito alguno, más que mío.

El amor y respeto deben ser trabajados de manera individual para ser compartidos.

Harta estoy, enojada, con cansancio en mis huesos, fastidiada del discurso rutinario que somos las histéricas, las malas, las que provocan, las que entregan su corazón por pendejas, las que deben ser listas, pero no tanto o los espantas. Flacas, pero no sin curvas, pero no gordas, con dinero, pero no tanto para no lastimar su masculinidad. Harta de ser insultada. Harta de saber que soy mi peor enemiga, que yo me lastimo más que nadie y que trato de restaurarme después del golpe de la adultez, en el que todos estamos improvisando y aún así, no haber tenido la compasión de mis ex parejas que me vieron luchar con mi alcoholismo. Uno, me quiso destruir en redes sociales y el otro, presencialmente.

Harta de haberles dado todo como una madre masoquista. Harta que denunciar acosos sexuales o verbales, de forma directa sin pelos en la lengua y me cuesten lágrimas por las cosas que me escribe la gente después. Harta de exigir equidad en mis pagos y mi trabajo y se me silencie como sí fuera un títere. Harta.

¿Dónde está la justicia?¿Dónde está mi premio?

¿Dónde está el premio de todas las mujeres que hemos aguantado con sumisión su manipulación?

Harta que las mujeres nos peleemos entre nosotras por agradarle a los hombres. Pero bueno, yo no voy a juzgar eso mujeres, porque peco de lo mismo y ya bastante tenemos con el mundo juzgándonos todo el tiempo. Nunca más pediré disculpas por mi comportamiento errático según la mirada masculina, ni por expresar mis emociones, ni por ser yo misma, harta estoy, pero tranquilos, mañana seguro escribiré sobre el amor.

¿Maestras? Claro, pero desde ahora… para, con y de nosotras mismas.

Y sí un hombre se atreve a escribirme “no todos son iguales” y la muy conocida “las mujeres también son malas”, puede abrir su blog, escribir un post, expresar sus emociones, haciéndose responsable de lo malo que conlleva vulnerarse e ir a joder a alguien más, porque la maestra ha abandonado el chat.

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INSTAGRAM: marce_lecuona