En una de mis mayores depresiones, mi madre me pidió que fuéramos por un café. Nos sentamos y sin rodeos me dijo: “Cuando me enteré que estaba embarazada de ti a mis veinte años, no lo podía creer, así que quise abortar. Y no solo lo pensé, lo hice. El doctor ya me aplicaba inyecciones, ya estaba todo el procedimiento, y un día, mientras veía la televisión, había un programa de cómo se formaban los bebés. Le marqué al doctor y le dije que quería tener a mi bebé.”

No sé si mi mamá trataba de deprimirme más, pero lo logró.

Las ventajas de ser madre y de tener madre, pues son evidentes, el más importante es el poder dar vida a alguien. Bla, bla, bla…

¿Y por qué nadie habla de lo malo? Simplemente porque no se puede hablar mal de tu madre, es pecado. Punto.

¡Pues yo hablaré mal! ¡Al fin que seguro me iré al infierno de todas formas!

Para empezar, ser madre no está tan chido. Estoy en una edad en la que mis amigas #SinQueHaceradas ya empiezan a tener hijos. Les cambia todo, el cuerpo no les vuelve a quedar igual. Las que hacen ejercicio o son un poco anoréxicas medio se componen, pero la panza jamás, jamás vuelve a ponerse igual. Aparecen estrías, varices, celulitis. O sea, te pones toda fea para que dieciocho años después, tu puberto hijo te mande a freír espárragos mientras te azota la puerta.

No incluyamos el hecho que durante nueve meses no puedes fumar ni tomar alcohol. Ni empecemos a hablar de eso porque de solo pensarlo hace que quiera coserme las trompas de Falopio.

Adiós vida amorosa. Tengo pocas amigas casadas con hijos, la mayoría son madres solteras, así que tienen más mérito por así decirlo. No quieren saber nada de hombres, y las que quieren a alguien, no tienen el tiempo. Las que están casadas, tienen miedo que los maridos las engañen pues ya no se ven tan sexies como antes o ni pelan al esposo porque ya están enamoradas de otra persona: Su hijo.

Claro, por el amor a un hijo vale la pena.

¡Pues no es cierto!

Mantener a un hijo es una joda, todo es carísimo, y los glotones son como contenedores de basura. Mis hermanitos de catorce, doce y nueve, parecen aspiradoras humanas. Comen más de lo que yo como en una semana.

Así que el mito de que ser madre es lo más maravilloso del mundo, es mentira.

Si las madres nos dijeran “Chinga tu madre” cuando realmente lo sienten, nadie le hablaría a sus mamacitas. Y créanme, seguro nos quieren decir eso seguido. Una vez de pequeña, en el día de las madres, le regalé a mi mamá una plancha. Seguro quiso gritarme: Chinga tu madre. Pero el asunto es que ya la había chingado con esa plancha.

Ahora, no todo lo malo somos los hijos. A las madres a veces dan ganas de tirarlas a un barranco.

¿Qué tal cuando nos avergüenzan? Elegí un restaurante para decirle a mi madre que había perdido mi virginidad. Yo tenía veinte años. Me vio sorprendida y con pena gritó: ¿A penas?

Sí madre, gracias por insinuar que soy fea y que nadie quería acostarse conmigo.

O como cuando tienes padres divorciados y hablan uno mal del otro. Claro, tu madre te va a decir que ella no habla mal de tu nefasto padre, pero las madres a veces dejan traumas irreversibles. Aun así, a sus ojos, ellas no pueden hacerte ningún daño porque te dieron la vida. Saliste de su vagina así que no hay error alguno que ella pueda cometer.

Las madres son perfectas actrices, saben cómo hacer drama, de qué lado llorar como si tuvieran enfrente una cámara y se saben los mejores textos para que te sientas una basura.

“¿Recuerdas como de niña querías el Súper Nintendo y yo trabajé como mula para poder comprártelo? ¿Recuerdas como no comí semanas con tal de que tuvieras una infancia feliz?”

“Sí madre, sí recuerdo…”

Pero, el Súper Nintendo te lo compró tu abuelo en navidad… ¡No importa y ni discutas! Porque las madres también sufren de amnesia, así que párale a tu tren y dile por enésima vez gracias por haber dejado de comer una semana y haberte comprado ese aparato.

Son excelentes mentirosas. Una vez me contó un amigo que su madre le dijo que él no tenía papá porque este se había ahogado tratando de salvar a unas personas en el mar. Después mi amigo se enteró que si tenía padre, solo que este lo había abandonado. Las madres a veces inventan las mentiras más bellas.

Ellas saben todos tus secretos: Por cual novio lloraste más, si probaste las drogas, si llegaste peda, si fajaste en la fiesta, hasta si tuviste sexo. Son como una especie de adivinas, y cuando no adivinan, espían.

Sherlock Holmes se quedó pendejo al lado de ellas. Hablan con tus amigas, tus parejas, tus maestros. Leen tus diarios, tu celular (si es que te toca una madre tecnológica), buscan en tus cajones, en tus notas, huelen tus calzones… Son salidas del F.B.I.

Si las madres de México fueran las policías de este país, no habría un solo criminal suelto.

Tu mamacita te recuerda  a cada rato que ella es tu madre y que ya la entenderás cuando tú lo seas, cosa que a los hijos nos vale un reverendo pepino, pero en el fondo nos da miedo que tenga razón.

Después del café y de la confesión de que casi me aborta, mi madre ya me había contado que durante su embarazo se cayó de una tarima de más de metro y medio, que cuando nací casi me ahoga bañándome… conclusión, entendí porque quedé medio pendeja, pero su resumen fue: “Si estas viva, es porque algo veniste hacer en este mundo. Tú tienes algo importante que hacer aquí.”

¡Ah gracias madre negligente!

Claro que voy a ser importante, seguro voy a dar a luz al próximo Einstein. Porque seamos realistas, no creo que yo sea la reencarnación de Charlotte Brönte, pero mi hijo aún está a tiempo de ser alguien histórico.

Y lo entendí, para nuestras madres, nosotros cambiamos mundos, somos perfectos, la salvación de sus sueños. Somos la validación que su vida no fue en vano. Porque sus hijos somos un pedazo de ellas, y si nosotros somos los próximos Einstein, ellas lo serán también.

Así que la abracé por comprarme ese Súper Nintendo, por no abortarme, por bañarme, cambiarme el pañal, no dejar que me ahogara. La abracé porque por mi culpa cambió su cuerpo, tiene estrías recordándole que estuve ahí dentro, por enseñarme a caminar, a hablar.

La abracé porque el día que ella me falte, nadie va a poder tomar su lugar.

 

NOTA: A todas las madres; solteras, divorciadas, casadas, jóvenes, viejas, pobres, con dinero, no importa, todas son iguales. Son histéricamente especiales.

 

@marcelecuona

 

Marsw5